VII EN EL SÉPTIMO CIELO (PASO DEL PONTO EUXINO)

Desmentir las alarmas acudiendo
al combate y ser feliz con lo que
el enemigo maquina.
ALMUTANABBI


Las cigüeñas no mienten. Y su vuelo va seguro a poblado. Además Nerdo recuerda su símbolo, que es el del viajero. Sobre todo del que se mueve por la fuerza invencible del destino y de la rotación de los astros que determina el clima. Algo contra lo que no se puede luchar, todo lo más huir y conservar la vida en ese trayecto de fuga.

Todo camino a alguna parte se hace por etapas. Cada una lleva su número. Habiendo una etapa final. Nerdo llamaba a esa terminal, a la de llegada, el séptimo cielo, ya que el espacio tiene siete direcciones: dos contrarias por cada dimensión, más el centro. La proyección de este orden espacial de seis elementos dinámicos y uno estático coincide con los días de la semana y con las notas musicales o con los colores del arcoiris, por ejemplo, amén de los pecados capitales. Geométricamente se representa el siete con a unión de un triángulo y un cuadrado. Muchas veces se había simbolizado por un cuadrado a sí mismo, y a una amada, que dejó atrás, la representaba por el triángulo. La superposición por la cópula daba, es evidente, el séptimo cielo también.

Nerdo había reducido a símbolos a sus compañeros. Camarga era al línea recta, Salivilla un círculo, Mondraga una línea quebrada y Fárica un trapecio. Nada debe extrañar.

Lo del cielo prefería no pensarlo mucho. Pero sabía que tenía que cruzar lo que llamaba, en un sentido metafórico, el Ponto Euxino, como otros podrían llamarle Mar Rojo. Daba igual, pues ambos significaban un paso decisivo en la huida de un perseguidor que pretende destruir. Tal vez históricamente el paso del Ponto Euxino coincidió con el cruce del Mar rojo. Pero para pasar ambos era necesario encontrar agua, un gran contenido de agua, o bien un inmenso río, un lago o un mar. Ya que el tránsito de las aguas significa la salvación, una vez concluido. Pero nada loe hacía sospechar la existencia de agua salvadora. Ni la vegetación cambiaba, ni el aire era distinto. Instalados en aquel lugar al que llegaron por a noche, trataban de reponerse primeramente, para luego proyectar la ruta. El líquido salvador era necesario que apareciera.

El poblado pequeño. Tenía un solo bar o tasca. Les había atendido un señor tuerto y les indicó la casa vieja para que pasaran la noche. Las bestias podían meterlas en un corralón grande que estaba en la parte trasera. En un alto de la vivienda había paja y les vendía cebada. Agua, del pozo.

Cuando instalaron a los animales, fueron al local del tuerto a cenar algo más decente y preparado que lo habitual.

Había poca gente. Un grupo de hombres mayores jugaba a las cartas en un rincón de la sala y otros discutían arrimados al mostrador. Al entrar callaron y los miraron. El tuerto los miró con melosa sonrisa y agasajo servil de ventero inexperto. Que pasaran a una habitación de dentro y que su mujer había preparado la comida. Guiso de garbanzos y bacalao.

Pasaron y se sentaron a la mesa. Hablaban poco. Sólo lo necesario y de rutina en una situación así. Cuando se les sirvió el plato del pescado, Nerdo tuvo el interés de saber de dónde lo habían cogido. Que del lago o del río, les dijo la mujer del tuerto. Y que no lo habían cogido sino comprado al hermano de El Tinta, un pescador, y que se dedicaba además al transbordo, en armadía, por el lago. Que eso era cerca del pueblo, allí mismo.

Inmediatamente Camarga miró a Salivilla que desplegó un mapa. Efectivamente, el poblado era ribereño a un lago, en su parte sur, y cercano a un río en su parte oeste, y que en esa dirección deberían seguir y sortear los dos obstáculos.

El tuerto les trajo al hermano de El Tinta, el transbordador. Podía pasarlos hasta la otra parte del lago, la oeste; pero deberían hacer noche en una isla que estaba a mitad de camino. Allí tenía cobertizos suficientes para las caballerías y que no había cuidado. Como suele pasar en estos casos pidió demasiado dinero, que a Camarga no importó, dando la mitad en adelanto. Que iría su hermano, El Tinta, para ayudarle a guiar la balsa y en las demás faenas. Les daba lo mismo. Querían cruzar el lago. Necesitaban adelantar su viaje, y bordeándolo, según vio Salivilla en los mapas, era mucho más el recorrido y el tiempo que precisaba. Se trataba de incendiar etapas.

A Camarga le pareció discreto el hermano de El Tinta; pero ambicioso, ya que cobró como cinco veces más lo que hubiese costado el servicio. Época de ansia de dinero, época terrible. Sólo los miserables desean tanto dinero. Todo en este tipo de sociedades impulsa al egoísmo, y todo lo que no sea productivo de inmediato conduce a un encogimiento de hombros. El dinero es la más grande de la mentiras. Camarga eleva su pensamiento de trajinero disfrazado al fino y radical intelectual que dicen que es. Es la mentira por excelencia que avala un Estado y sus medradores, lo que detentan la riqueza, para su uso exclusivo y en propiedad, dejando las migajas para el gran resto. Pero el dinero también es el miedo: un necio triunfalismo necio y absurdo, un emblemático engaño permanente, un recóndito deseo insatisfecho y un colectivo complejo de inferioridad. El dinero da valor al débil mental, a los débiles mentales que imponen sus caprichosos deseos a la gran mayoría, que son sus esclavos, y no hay peor enemigo de la libertad que el ilota contento con un juguete. Porque el dinero se consolida y fortalece no tanto por el despotismo de los tiranos sino por la cobardía y el miedo de los sometidos. Creer en el dinero es la prueba más patente del miedo a la libertad que corroe Camarga coita a esta sociedad. Más que miedo a la libertad, existe pánico, terror, susto, temor, pavor. Espanto. Pero no se ve, está bien escondido ese estado real. Si se les quitara el dinero, que es la cobertura de lo que tapa y oculta. Desaparecido el dinero, esa gran mentira, y los privilegios y falsas seguridades que tapa a tanto cochambroso, aparecerían las gentes como son y lo que son: pobretes desvalidos que lo único que tenían era capital. Sus consideraciones son intemporales y Camarga piensa en algo grato, lo prefiere.

En las utopías, para variar, y en sus preferida, esa Nueva Atlántida que leyó de joven. Porque la utopía más preclara es la utopía científica que entiende la ciencia como el bienestar total de todas las personas. Para ello es deseable una comunidad de hombres buenos e inteligentes, ambos términos significan lo mismo, para erigirse en directores de ese fin, o de ese estado. Necesita pensar esto como consuelo o refugio de la maldición del practicismo cotidiano. Pero es el practicismo del zampabollos, de llenar la andorga, de trepar por encima de los demás. El auténtico conocimiento es el que nos da beneficios que mejoran las condiciones materiales de nuestra vida y la de los otros. El dinero, mera especulación. Mera imagen especulante en el espejo de la mentira, igual que una puta, útil para el placer; pero infructuosa. Hombre religioso, entiende que si alguna vez hubo pecado original, su superación será obra de la técnica, la ciencia práctica, la que usa de la naturaleza sin esquilmarla y la utiliza en beneficio de la humanidad, es tanto como la caridad total. Pero esto lo impide el Dinero.

Ensimismado, había dejado guiarse a donde se quedaban. El dueño del bar les había dado linternas parar alumbrarse e instalarse para el sueño. Unas cuantas camas viejas, la mitad sin colchones. En ellas se echaron.

Poco a poco la oscuridad se fue compenetrando con un silencio totales. No sabía nadar. No saber nadar y caerse al agua debe ser como estar siempre en una noche negra y callada como aquella. Fárica no había tenido oportunidad de soltarse en la natación, ni aun de la más elemental. Intuía que los demás tampoco tenían mucha idea y menos práctica de esa habilidad. Puede que Salivilla supiera, por eso de saber leer y escribir, manejar los mapas; porque también sabía marcar la derrota de barcos, según había oído alguna vez. Se enteró que la mayoría de los buenos marinos no nadan. Y le costaba mucho dormirse con ese pensamiento de que pudiera caerse al agua en el trayecto del día siguiente. Pero todo lo que acontece como no deseable tiene solución. Se ataría a la balsa por la cintura, y corto. Esta sencilla decisión fue suficiente para que al rato se durmiera.

Encendió la luz. Miraba un mapa, asaltado por la duda nocturna que era conveniente despejar. Efectivamente, el enorme lago tenía forma de formidable corazón. Fue consultando otros mapas, con detalles, sobre el recorrido. Calculaba que en dos días cruzarían sin la menor dificultad. No podía dejar de reconocerle que en todo el camino no hubiesen aparecido indicaciones de la ruta idónea que deberían seguir. Iban guiados por corazonadas más que por conocimiento del camino. Ya sabía que lo importante era no ser atrapados, resistir en la huida, en este mal trago hasta ver la luz en la oscuridad, ese faro que les guiara a puerto seguro, y nunca mejor traída esa frase hecha que en una víspera de navegación.

Mondraga angustiado. Siempre anda angustiado; pero lo disimula. Una trampa, puede ser una trampa para ahogarlos en las aguas que desconocían. Si tenía que morir prefería hacerlo en tierra firme y no en un líquido, aunque fuese vino. Era héroe terrestre y jamás pensó en los argonautas como modelos ni en los mancos de las miles de batallas gloriosas que vieron los siglos y verán los venideros, y menos acuáticas. También solía lavarse poco, y más en los últimos tiempos, ya que todo andariego que se precie tiene que oler a sudor y a gañán de camino. En qué aventura andaba metido, simple descargador de muelle. La amenaza le vino cuando recibía un saco al hombro. Le vio, dándole tiempo justo a montar en aquella mula, tirarse al campo, hasta que encontró a Camarga. Le contó todo. No era muy comprensible para él, aunque pasaba de ser un listillo entre los compañeros de faenas. Aquello –o esto lo superaba. Pero ahora se trataba de descansar y de dormir lo mejor posible. Ni el momento ni el lugar se prestaban a andar adivinando el misterio. Pensaba mejor durante el día. La noche le traía recuerdos del cansancio por el trabajo hecho descargando camiones, o cargándolos, que para todo estaba en su oficio. Pretender vivir una vida vulgar, de currante simple y acabar siendo un héroe que tiene simpares aventuras. Su paradoja.

Nerdo no duerme. Tenemos en él al héroe luchador con toda su teoría de símbolos y representaciones contra la mentira y la hipocresía. Un símbolo es algo muy distinto a todo eso, aunque algunos pretendan llamar mentirosos e hipócritas a los simbolistas. Los que tan hacen son unos molleras hueca, infrahombres que no llegaron al dominio de lo representado, a ese alto nivel de las conciencias más despiertas. Lo máximo que debe asombrar de este tipo –Nerdo es que en la soledad y, a menudo, desamparado, rodeado de circunstancias adversas y aun mortales, pueda triunfar, como es su caso. Es maravilloso que pueda, tras luchas y angustias sin cuento, convencer, despertar a los demás y asociarlos a su plan de fuga, a su intento, no conocido todavía, de paso del Ponto Euxino. Es admirable, en grado extremo, que Nerdo y su grupo, pocos siempre en comparación a su poderosos enemigo, puedan escapar siempre, imponiéndose en un mundo donde los más se refugian en la mentira, defendiéndola a sangre y fuego. Aquí se ve la valentía de los héroes. El héroe es valiente porque tiene fe en su idea de la huida, de paso de las aguas salvadoras; la evidencia de esa idea le comunica una fuerza sobrehumana; es el verdadero fuerte, porque tiene la fortaleza, esa verdadera virtud del alma, que es cuadrada. Los otros, ese adversario, son, en realidad, los débiles, porque nada les sostiene en su vida interior, porque su mentira es vacío y nulidad; y no dispone más que de la fuerza, en último término, de la suprema debilidad, flaqueza de as flaquezas. Se rodean de baluartes amenazantes porque saben que el héroe no tiene miedo. Todo eso lleva de ventaja.

Pero hay que andarse con cuidado. Ese Mondraga no le ofrece confianza, aunque huya de lo mismo, porque, tal vez, probará a corromperle, a ver si puede hacer uno de los suyos. Porque, aunque es espabilado, las seducciones del enemigo acerca de que hay que vivir y sacar del mundo lo que se pueda, machacar con aquello de que el que no se meta a redentor, aunque sea de uno mismo, pierde el tiempo. Son tentadoras consideraciones para alguien con menos escrúpulos y compromisos con lo que importa a los símbolos. La figura del traidor le asediaba. Por eso Mondraga era una línea quebrada, siniestra, no guiada por la rectitud y lo vertical hacia los cielos. Habría que estar en guardia ante el paso de las aguas.

La noche total les sobrevoló, sumergiéndolos en sus sueños. Alrededor del poblado se cernía la amenaza, la opresión que los ahuyentaba. Todo era silencio y oscuro. Pero es durante la noche cuando se fraguan las desgracias y el enemigo más feroz maquina la destrucción. La noche es la madre del día si se considera que viene tras ella. Madre también de la muerte porque ambas son de igual naturaleza, según cuentan sabios hombres de diversas culturas. Madre del sueño porque el sueño es hermano de la muerte y acoge a los héroes por la noche, de la burla, el lamento, la venganza, la madre de la vejez y la discordia porque son sombrías y funestas como las horas nocturnas. También es madre del engaño y de la cópula, que se practican durante la noche. A lo largo de las noches los cuerpos cambian y se regeneran para la huida. Peligrosa y necesaria, hay que sortearla en esa contradicción absoluta e irrenunciable. Todo lo grandioso es paradójico, y, sobre todas las cosas, los fenómenos de la naturaleza. Y ese cambio absoluto de la luz solar y su falta es el más inmenso de ello: vivificador y destructor a una tiempo y su viceversa. No es extraño que el sol sea un muerto viviente todas las mañanas. En la de este día ya se anunciaba con un nebuloso y lejano clarear en la parte opuesta del lago. Después irrumpió alegre con la luz.

Un tipo moreno y con los pelos negros y ensortijados era El Tinta, opuesto a la definición de su hermano. Por la conversación que mantenían, mientras preparaban el embarque, en la balsa, se observó que era extrovertido y hablador. Aparecieron otros rasgos: gran aficionado a la fornicación y a la caza, aunque debía de aplicarse más al arte de la pesca para ganar el sustento. Durante parte de su vida, que no pasaba de los cuarenta años, se había dedicado a la venta ambulante con una furgoneta. Desde el principio dio a entender que no se creía que eran arrieros; pero no le importaba mucho lo que hacían, ni que pretendían queriendo atravesar las aguas.

Camarga decidió, ya que la armadía no era demasiado grande ni tan fuerte, dejar parte de las bestias en aquel poblado. Se las entregaron al tuerto del bar, que las aceptó gustoso.

La balsa estaba construida con grandes tablones de buena madera. Era rectangular y segura. Alrededor llevaba una baranda sólidamente sujeta, para evitar que mediante un descuido pudiera alguien caer al agua.

Embarcaron en una especie de muelle rudimentario, en donde atracaban también otras barcazas y barquichuelas. Desde allí se podía ver la desembocadura del río, uno de los dos que alimentaban el lago, y enfrente la enorme superficie de agua tranquila y brevemente rutilante por pequeñas olas, que por la mañana tenía un cándido e infantil misterio. El Tinta aseguró sobre la tranquilidad del trayecto ya que resultaba raro un oleaje bravo en aquel sitio, nunca se había conocido.

Aparte de unos grandes remos sujetos a la baranda, contaba la armadía con un motor fuera borda que se usaría según la necesidad del momento. Desde luego la lentitud estaba asegurada en esa travesía. Pero el hermano de EL Tinta prometió dejarlos al anochecer en la isla, para continuar al día siguiente hasta arribar al otro lado del lago.

Con la luz del día Camarga tuvo la impresión de ver más claro. No le parecía acertado aislarse y con una sóla vía de escape: la balsa. Un gran riesgo el que corrían si en enemigo decidía hacer un ataque. Pero eran héroes y no había nada que temer. Consultó a los demás que plantearon los mismos temores. Donde estaba el cuerpo estaría el peligro, pensaron todos tras elucubraciones simbolistas de Nerdo, las insatisfacciones de Mondraga, las simplezas de Fárica.

Tras un frugal desayuno en el bar y la despedida del tuerto y la gorda de su mujer, ladrados por algunos perrillos del lugar, montaron en la balsa que les cruzaría al otro lado del Ponto, al que Nerdo prefería llamar Euxino. De esta manera arribarían al séptimo cielo, aunque a Mondraga lo mismo le daba que fuese el séptimo que el doceavo. Lo importante era que fuese cielo, o parte. Si tal fuera no habría a que sujetarse.

No escapó a la consideración de nuestro héroe de lo simbólico que la armadía fuese rectangular. Eso daba firmeza al viaje, que, como una puerta, se abría a lo inesperado. Estaba en lo cierto.

Pero la idea que simboliza el Ponto Euxino la tenían todos en sus sentimientos y deseos, la de pensar que aquella superficie de agua era el Ponto Euxino, lo que quería decir que al otro lado estaba la feliz salvación, la patria verdadera de los héroes tras las peripecias de días aciagos y penalidades sin número, sufrimientos, luchas, escapes, huidas y todo lo que rodea a esos significados.

La superficie de las aguas dan calma si están tersas, si están quietas. Bañan los espíritus de esa tranquilidad tirante que tienen. Lo mecen.

Todos prestos al viaje, encomendándose a los más favorables dioses y deseándose lo mejor, la balsa se adentró en el lago. En las aguas estaba echada la suerte.

Poco a poco, y con el motor puesto, se fueron alejando del pequeño muelle. Sólo los perrillos del poblado miraban partir a los fugitivos que representaban ser fugitivos.

Al verse rodeado de agua en aquella construcción de madera, que le daba la impresión de inestable, Fárica sintió un inicial miedo que trató de disimular. Camarga, que lo miró, se dio cuenta y se le cercó, poniéndole la mano en el hombro y tratando de tranquilizarle y le recordó la heroicidad de lo ya pasado. Los otros trataron de hacer lo mismo. Enterado El Tinta de los temores de Fárica en medio del agua y siendo respondido que era porque no sabía nadar, rió y vino a decir que tampoco tenía idea de cómo mantenerse a flote, con su sólo cuerpo, en aquellas aguas. A Fárica le extrañó tanto que lo atribuyó a un raro intento de darle ánimos. Que no pretendía eso. Más era lo que, respecto de ese asunto, le quería decir: su hermano tampoco, y en el pueblo que ya se había alejado lo suficiente como para entreverlo sólo, no conocía a nadie que supiera nadar, a excepción del tuerto del bar. Precisamente el saber nadar no le había sido beneficioso. Llegó a la edad de veintitantos años al poblado, de fuera. Enamoró a la hija del anterior dueño del bar y se casó con ella, sucediendo en las faenas al suegro. Un día de verano se zambulló en las aguas del lago, tirándose de cabeza. No se supo explicar. El hecho es que al salir tenía sangre en un ojo, le manaba en abundancia, máxime con la escandalera del agua, que la abundaba. Llevado a un médico resultó que se lo había vaciado. Y quedó tuerto, como lo conocieron.

Esta historia calmó un poco a Fárica en su fobia al agua, y le distrajo con la gracia retrechera que El Tinta tuvo para narrar la historia, que hizo con todo cúmulo de detalles y chascarrillos, virtud que suelen tener algunas gentes de pueblo, de las que van quedando pocas. Incluso asomó la sonrisa a la cara de Fárica, cuando los demás rieron con las cosas de El Tinta.

Entre otras cosas, entre miedos a no saber nadar, anécdotas de tuertos casados de braguetazo con la hija de un dueño del bar, no se dieron cuenta que se habían alejado lo suficiente como para perder el pueblo, el muelle y los perrillos ladradores, de sus vistas. Todo era agua ya, y deslizamiento sobre ella, y mirarla mucho como a una novia recién, que tranquilizaba el espíritu de todos, sosegaba.

Era ya mediodía y estaba alto el sol. El vacío absoluto de la superficie, más unánime que nunca. Todos se habían sentado en el suelo de la armadía y estaban en silencio. Sólo El Tinta y su hermano gobernaban el rumbo de la embarcación. Fue entonces cuando Salivilla, levantándose, les preguntó como se guiaban. EL Tinta le señaló una brújula situada cerca de su puesto, en la baranda. Pero que de tanto hacer aquella travesía durante todo el año, la sabían ya de memoria, y pocas veces se habían desviado de la ruta. Tal tenían educada su costumbre y tino.

Comieron algo, pasado un tiempo, y el hermano de El Tinta aseguró que llegarían a buena hora a la isla. Como habían previsto todo, dieron un pienso de cebada a los animales que llevaban, que no se habían asustado cuando se hicieron al agua. Fue entonces cuando Fárica cayó en la cuenta de que las mulas, por naturaleza, sabían nadar, como todas las bestias de carga, y que en caso de que lo necesitara, montaría en una. Nadie pensó en aquella posibilidad; pero era la solución a ese miedo, un seguridad ante él. Con este descubrimiento, la cara del fugitivo Fárica, que parecía arriero, cambió de color y de semblante.

Acabada la comida, volvieron a sus puestos de silencio y reflexión, mirando el panorama tan desierto. Fue entonces cuando Camarga vio lejana una inmensa mole, sin forma precisa, como una gran pelota negra y brillante que flotaba en el lago. Extrañó este fenómeno. Sobre todo a los mejores y únicos conocedores de las tranquilas aguas, El Tinta y su hermano. Miraban el suceso sorprendidos. Camarga temía lo peor, pues nada sabían de las argucias y triquiñuelas del enemigo en el agua. No se conocía un grupo que hubiese emprendido la huida por los mares, ríos o lagos. Pero como responsable de aquellos fugitivos disfrazados de arrieros, se cuidó mucho de transmitir esos temores. Pero también les recorrió un pánico por el espinazo abajo, hasta sus partes nobles, y se les agazapó detrás de la cabeza. Pararon la balsa El Tinta y su hermano. Aquello les recordaba cierta creencia sobre un extraño animal habitante del lago. Ya se sabe, es la costumbre común. Creer en los monstruos de lagos.

Parados, miraban el extraño fenómeno que parecía moverse hacia la parte opuesta a donde iban. Se oía un raro sonido, como el de un enorme motor en funcionamiento forzado, dando la sensación de ser muy usado o tener una avería bastante seria. Poco a poco la mole semiesférica se alejó del alcance de sus vistas.

Inmediatamente se puso en marcha la armadía, redoblando la velocidad. Ya deberían llevar recorrida las dos terceras partes del viaje a la isla. Deseando estaban de llegar.

Como Mondraga era un mal pensado, dio en columbrar que aquella extraña cosa negra y redonda, aparecida, y que, aparentemente, iba en dirección contraria a la isla, realmente daba un rodea para esperarles en la isla. Vamos, como los lobos, que dan rodeos para mejor sorprender a sus víctimas.

Fárica fue el primero en verla flotar. Una rama que tranquilamente se dejaba llevar por alguna de la suaves corrientes del lago. Avisó a los demás que fueron a la parte donde mejor se veía. Estaba verde, por las hojas. Se acercó poco a poco, como viniendo al encuentro de la embarcación. Camarga la recogió con una de las varas que se usaban para arrear a las bestias. Procedía de la isla, casi seguro, afirmó el hermano de El Tinta. Eso indicaba que, de un momento a otro, aparecería en el horizonte la deseada tierra rodeada de aguas.

La verdad es que nunca había estado en una isla. Debía de ser una extraña sensación la de habitarla. Siempre había imaginado que se hundiría el día menos pensado. Incluso podría decir que era un sueño que se había repetido muchas veces en su vida. Salivilla, gran aficionado al arte geógrafo, nunca había pisado una isla, entendida en su sentido estricto. Era un geógrafo aficionado de tipo teórico, y no había sentido la inquietud de la geografía práctica. Pero ahora sus pies pisarían una isla, después de tanto tiempo como había viajado hasta allí. Como no hizo en lo que llevaba de vida. Un viaje de huida, claro; pero, al fin y al cabo, un viaje.

El Tinta anunció la aparición en medio del lago. Camarga sacó los catalejos y oteó sin lograr ver nada ni a nadie. Estaba deshabitada casi siempre, según apostilló el hermano de El Tinta. A todos plació esta circunstancia, ya que mientras menos gentes les vieran en aquellos parajes, mejor, y sabían un tópico aquella expresión y deseo de unos fugitivos.

Se acercaron poco a poco hasta atracar en una especie de rudimentario muelle, que los gobernantes de la balsa debían de conocer muy bien por la forma de sortear unos escollos que se oponían a que llegasen en línea recta. Atracaron, y el hermano de El Tinta bajó para amarrar la embarcación. Luego puso el pie en tierra el resto del grupo, menos Mondraga y Fárica que desataron las mulas para que estiraran las patas un poco, y, de paso, mordisquearan la pobre vegetación que había. Más que isla era islote, la verdad sea dicha. Cuando todos estaban en tierra, El Tinta indicó una camino hacia unas chozas en las que pasarían el sueño nocturno.

No hacía frío en aquella estación; pero siempre apetece de noche una fogata, además viene muy bien para alumbrar el entorno en que se acampa. Lo propio hicieron y se prepararon la cena. Fue casual que poco después de llegar, el sol se ocultara. Les dio tiempo para organizarse. Eran cuatro cobertizos hechos con materiales traídos de fuera del islote. Según contaron los hermanos, allí pasaban temporadas veraniegas algunas gentes de la ciudad; pero que desde hacía unos años nadie aparecía por allá.

Se podía hundir. Sí. Cuando estuviesen en el mejor de los sueños. Se quitó del pensamiento la fobia y consultó los mapas. Como ya había verificado, la isla no estaba registrada. Así que hizo un dibujo pequeñito y circular y puso el nombre de la isla debajo, con un bolígrafo negro y su clara letra escolar. Se acostó el último, cuando los otros llevaban más de una hora en lo óptimo de los sueños, pensó. Antes alimentó profusamente la fogata. Se fue a uno de los cobertizos o chozas. Una isla puede ser el perfecto refugio del amenazador asalto de mar del enemigo, de sus olas implacables, refugio del náufrago con quien claramente se identificaba ahora. Pero, en medio de las aguas, una isla es un claro lugar de aislamiento (valga anacoluto), de soledad y de muerte. Tembló y se echó el capote, cubriéndose, casi, la cabeza. La muerte es una isla. Algunas veces había pensado que las personas son como islas que navegan. Fue una imagen que cultivó en su juventud, en los poemas que escribía. Un encuentro amoroso era arribar un náufrago a una isla. Porque las personas también puede ser náufragos, claro, en su mundo poético particular. Pero prefería atribuir la imagen de la isla a la mujer, en este caso de la clave amorosa, y la del náufrago al hombre. También compaginaba o recordaba con salvadora teoría que atribuye la pasividad a lo femenino y la actividad, aunque fuese la angustiosa actividad de un naufragado a la deriva, a lo masculino.

Camarga tampoco durmió aislado. Era emocionante como para tener el insomnio que sufría gustoso. Lo peor sería al día siguiente. Trataría de echar un sueñecito en la balsa, mientras alcanzaban la otra orilla. Islas hay en el tiempo en las que vivir querría. Cualquiera época pasada de su vida. Ni la cruel situación irracional de huir sin orden ni concierto, al buen tuntún, a la buena de Dios o del demonio, tirados por los caminos del mundo y sin un lugar de fin para su peregrinación. Volviendo a las islas, recordó la creencia de que junto a una isla que se llamaría bienaventurada o de gozo y descanso, se suponía la existencia de otra isla maldita, en la que se producen apariciones infernales, encantamientos, tormentas y peligros. Seguramente que el polo opuesto a aquel lugar tranquilo, en medio de aquellas aguas, era la inmensa mole negra que habían visto durante el día. Pero la isla bienaventurada es confundida con el paraíso terrenal. En muchas culturas el viaje a una isla es el viaje al edén. Sin embargo su peregrinación, en huida, es todo menos eso, distinta de la búsqueda del lugar paradisíaco, sino de un exilio para salvar el pellejo y recobrarse, cuando la amenaza desapareciera, tratar de organizar la vida allí donde se les indicara que estaba la subsistencia asegurada. El Mitra y La Cañon no daban señales, no les enviaban mensajes. Creyó que El Tinta sería uno de ellos, un fugado más; pero se equivocó, pues era inconcebible que a estas alturas no se hubiese dado a conocer. De todas formas mañana saldrían de dudas. Si continuaba con ellos es que estaba en la misma historia, sino desaparecería, dedicándose, posiblemente, a la venta ambulante, a la pesca o al trasiego de gentes y mercancías por aquel extraño lago. De todas maneras El Tinta resultaba un tipo escurridizo y de fiar, a pesar de lo primero. No había preguntado indiscreciones como otros hubiesen hecho en su lugar. El hermano aparecía como un apéndice de El Tinta, como un fámulo mudo y servicial. No en vano eran gemelos. Ya se sabe que en ese tipo de parejas uno manda y el otro obedece gustoso, cuando están juntos. Era inevitable. Según había oído comentar, a pocos kilómetros había una ciudad. Podría conseguir allí algún libro ya que hacía tiempo que no leía. Y se encontraba extraño, raro, como perdiéndose en otra persona que lo suplantaba, perdía su identidad, si no encontraba algo en que abismarse leyendo para encontrarse. No le importan lo que fuera. Con tal que no le diesen, o se hiciese, de un tratado de matemáticas. En gran parte su mentalidad se había configurado con la lectura y en la lectura. Y desde esa ubicación veía el mundo y se reconocía a sí mismo en el mundo. Ver algo o alguien era referirse a un libro. Por supuesto que literatura en su más amplio abanico: desde filosofía hasta historia, pasando por novelas y teatro. Le daba igual. Cuando salió corriendo precipitadamente de su casa releía el Anábasis, de Jenofonte, y tuvo que tirarlo para poder ser más ágil en su carrera de huida. Niel libro que tenía entre sus manos pudo llevar para el camino. Tal como la muerte, que lo arrebata todo. Le dolía la cadera. Más le reconcomía en su interior la cojera cómica que contrajo en esta huida. Dos veces había tenido que fugarse para no ser destruido. Había pensado siempre en escribir libros; pero nunca terminaba de leer. Y le habían dicho que para escribir bien había que leer mucho y bueno. Y en eso estaba. Aparte, ya sabía que para escribir lo único que se necesitaba es tener que decir algo. Podría escribir una especie de diario de un fugitivo. Recordó lo más importante para no escribir. Los héroes no lo hacen, no lo han hecho jamás.. Se escribe sobre los héroes. Tanto de los que huyen del enemigo como de los que no. Refrescaba en la alta noche, Debía ser efecto del agua que los rodeaba por todas partes. Eran más islas que nunca, y estaban más indefensos y femeninos. Cierto que el héroe apenas duerme; pero la carne es débil. No importa que adversario como león rugiente esté dispuesto a devorar.

Amaneció pronto para todos y embarcaron de nuevo. Mondraga estaba seguro de que habían desembarcado nueve mulas. Fárica defendió esa cifra y Salivilla juró también. Pues sólo había ocho. Buscaron rápidos en el escueto margen del islote; pero no encontraron ninguna. O habían contado mal o habían desaparecido. Poco importaba ya. Convenía ponerse en marcha. Más les valía que hubiese desaparecido una de las bestias de carga que uno de ellos. Que era un consuelo ese pensamiento no se puede poner en duda.

El Tinta puso el motor a pleno rendimiento. Con su hermano impulsaba con energía la balsa. Parecían intuir que debían de poner agua por medio cuanto antes. No podían estar más tiempo en el lugar. Los cuatro fugitivos agradecían esta forma de actuar sin expresarlo claramente; pero, en sus gestos, El Tinta lo adivinaba, o creían que lo adivinaba. Ocurre, a veces, en las vidas, que aparece alguien que ayuda, que ofrece su hombro providencial, una especie de destino rige a ese tipo de gentes que hace su aparición en momentos aciagos y redimen del ahogo o de la destrucción. El Tinta y su hermano los encarnaban o estaban jugando, en esos momentos, ese papel, representando la acción en este desarrollo que no tiene vuelta de hoja.

El cielo azul y sin un asomo de nubes, salvo esos algodones rosicleres que tienen todos los amaneceres, y que desaparecen cuando el sol está rotundo en el cielo. Adelante el agua se presenta como la salvación, atrás el olvido y la amenaza. Bautismo o diluvio eran sus lecturas.

Mondraga preparó algo para comer, de desayuno. Sirvió ración de cebada para las bestias de carga. Comieron, menos Camarga que estaba ensimismado en sus pensamientos. Tal vez tramando un destino, una ruta cuando arribasen al otro lado. A veces entraba en aquellos trances, y había que dejarlo. Ayunaba en absoluto y apenas dormía, aunque nunca faltaba a sus obligaciones. Fárica no lo entendía por mucho que se esforzaba en hacerlo. En su iletrado cerebro no cabía aquel comportamiento. Se rascó la cabeza en conocida resolución.

Puede que una misma isla sea a la vez bienaventurada y maldita. El islote de noche acogedor y de día destructivo y dañino. Por eso, tal vez, haya desaparecido una de las mulas. Porque todos no se iban a equivocar en la cuenta. No lo hizo; pero del trato conocía a los animales que se quedaron en el poblado y los que se llevaron, y, desde luego, Camarga se estremecía cerciorándose de que una se había volatilizado (de las mulas) al amanecer; posiblemente, según la teoría expuesta de isla perversa de día, benéfica de noche.

Tardarían menos tiempo en llegar a la orilla. Sería suficientemente de noche como para alcanzar una casa abandonada que El Tinta conocía, en la que hacer la parada de noche. Posiblemente tendría que separarse de ellos hasta que el destino los encontrara otra vez, quizás de vuelta o en otras circunstancias, pues recorría muchas poblaciones cuando le daba por lo de la venta ambulante.

Apareció otra vez; pero no se asustaron tanto. Era idéntica al día anterior, aquella enorme mole flotante y negra. Al contrario que antes, iba navegando en dirección contraria, como ellos, a poniente, como huyendo del sol. Iba más cerca y pudieron mirar mejor su negro azabache y su brillo metálico. Aunque contenían el aliento y el miedo les atenazaba, pensaron que pasaría lo que anteriormente. Desaparecería en el horizonte, Sólo que ahora iban en la misma dirección. Pero la suerte estaba jugada y no era momento de volverse atrás. Los héroes deben ser consecuentes con el sentido de su huida. Al menos eso le habían enseñado siempre, y esa enseñanza, en todo momento, le había resultado provechosa a todos los que en el mundo han sido. Y convenía que siguiese siendo para los que son y los que serán.

Por esta parte fueron viendo, en lontananza, barcas y barquichuelas de los muchos pescadores de la ribera. Aunque no era muy rica la cantidad y variedad de peces que existían en aquellas aguas, al estar esta parte de la costa cerca de una ciudad, que, aunque no muy grande, sí era importante en toda la comarca y aun en la región. Una ciudad esplendorosa en cuento a su configuración. Antigua y con edificios de gran interés y calidad, así como por su originalidad, muy valiosos. En su escudo rezaba el lema de muy noble, leal y antigua ciudad. Además, sus administradores, desde antiguo, habían construido un canal desde el lago hasta la población, y habían inundado una parte, algo así como un cuarto de la extensión del total, creando canales por las calles, de manera que para ir de unas casas a las otras, en aquella zona, era necesario el uso de unas peculiares embarcaciones que se crearon para ese uso, y que son únicas allí por su pintoresquismo. Algo parecido a Venecia o a los canales ciudadanos de algunas poblaciones de los Países bajos. Esto hacía de ella algo maravilloso de ser vivido. Les iba a encantar por el arte que rezumaba por todos sus poros, amén de humedad sana.

Hasta estuvieron a punto con una de aquellas barcazas de pescador. Los que iban en ella, dedicados a sus faenas, eran conocidos de El Tinta, que lo saludaron a gritos entre amistosos y echándole en cara su intención de echarlos a pique.

Llegó un momento en el que, a lo lejos, columbraron la costa. Desperdigadas alrededor había algunas casa y más vegetación que en la parte de donde venían. El Tinta explicó que se habían desviado algo de la ruta exacta a donde querían recalar, por eso bordearon un poco la orilla. Efectivamente, los árboles eran más frondosos y abundantes, siendo los más corrientes los chopos y los álamos. En la lejanía también abundaban las casa blancas. Se notaba cerca una población importante.

Llegaron a la parte donde deberían desembarcar. Como era buena hora todavía, El Tinta les acompañó a la casa abandonada a poco espacio de allí. Después se volvió con su hermano, que se quedó cuidando la armadía.

Acamparían en aquel sitio esa noche que estaba ya amenazando. También lo hizo un grupo de gitanos que ya no viajaban como en otros tiempos, con sus carromatos, sus burros y sus bestias. Ahora iban con furgonetas y autobuses desvencijados, cuando no con casamatas portátiles por autos, los que vulgarmente llaman caravanas.

Encendieron su fogata. Prepararon las mulas para pasar la noche, dispusieron la cena. Se acercó uno de los gitanos más viejos. Que si aquellos animales eran suyos. Que se los cambiaban por una furgoneta. Sorprendidos, dijeron que lo pensarían y se lo dirían al día siguiente. Santimpali y buenas noches, dijo el calé.

Amaneció con la decisión hecha. Los cuatro montaron en aquel trasto sus pertenencias, dejándoles a los nómadas que huyen del hambre y buscando su libertad perdida, las mulas mondas y lirondas, bueno, no tanto, con sus jáquimas y aparejos, sus adornos y arreos, como es propio vender un animal de carga. Porque una vez que no se tiene, no se necesitan esos materiales, que son ya como propios de las bestias.

Así que dejaron de ser arrieros a la antigua y se modernizaron, aunque aquella furgoneta era una viejo chisme comprado a precio de saldo de segunda o cuarta mano.

Camarga conducía y a su lado se situó Fárica. Mondraga y Salivilla se arrellanaron atrás, en el antiguo espacio de carga. Salivilla desplegó un mapa para ver la ruta y la guía. Quedó mudo por dos minutos:

“Ni os extrañéis o arméis la zapatiesta por el recibo de estas tardías, in extremis, notas explicativas de la manera más insólita. Siempre será para vuestro bienestar y el de nuestras cosas.

“Por supuesto que el mero hecho de que podáis leer este escrito hace suponer que os encontráis estupendamente, y con los ojos abiertos, y, pues es así, gozáis de aliento todavía. Nos alegramos con vosotros. Jamás pase por nuestro magín el olvidar vuestra guía y cuidado en la huida.

“Precisamente de la conducta a seguir en vuestra ruta se trata. Estáis en zona segura. Lo que no quiere decir que olvidéis la guardia y vigilancia, ya que cuando se está en abierta o cerrada retirada se puede caer en desbandada, que es donde el enemigo se ceba y hace sus víctimas más fáciles y atroces. El descanso en la alerta, en la atalaya de vuestra vida, sólo puede cesar en caso de que lo decidáis todos. Y no es que creamos en papanatismos numerarios o democráticos, ya que tan nefasta es la imposición de uno como la de muchos. Lo importante es no imponer nada. También cesará la vigilancia y el cuidado si las claras cincunstancias así lo aconsejan, con tal nitidez que hasta el más lerdo caiga en esa cuenta.

“Mirad, a escasos kilómetros de donde ahora viajáis, existe una pequeña ciudad que seguro tenéis registrada en vuestros mapas, bella y artística, con una especie de barrio veneciano por sus canales. Es, esa población, una especie de bisagra entre tres comarcas naturales. Se os espera. Al llegar no preguntéis a nadie, evitad que os pregunten también, comportándoos con naturalidad y normalidad, ojos avizores como águilas. Buscad así un palacio de estilo modernista situado en el mismo centro, y llamad, no por la puerta principal, sino por una de servicio que rápidamente adivinaréis en cuanto conozcáis el lugar. Se os abrirá.

“Es conveniente que deis un rodeo y no entréis por el este de la ciudad, sino por la parte poniente; para ello debéis rodearla.

“Por lo demás quede decir que pasado unos segundos esta escritura se borrará del margen de este mapa. EL MITRA LA CAÑON”.

Recuperado, avisó a los demás. Camarga cumplió lo que le indicaron y pasada media hora estaba sumergido en el tráfico de una de las principales calles. Como era día de ajetreo, los autos abundaban y la entrada fue difícil. Pero con paciencia y habilidad consiguieron adentrarse hasta el corazón. Aparcaron como pudieron la furgoneta y se preocuparon en buscar el palacete modernista indicado. Estaban casi al borde de un canal de la zona inundada con aguas del lago, cuando Fárica llamó la atención sobre un edificio muy esplendoroso que hacía esquina. Camarga, que había estudiado y tenía idea de las artes y estilos, aseguró que era del modernista, y estaba en el centro. Para asegurarse buscaron en toda la manzana algo de características similares, y en los aledaños. Nada se le parecía. Debía de ser allí con toda seguridad. Buscaron la parte principal, y, por esa habilidad intuitiva que tienen los necesitados, dedujeron que la puerta de servicio, la entrada salvadora, sería una que quedaba a unos cuarenta metros de la central, y en la misma acera. Enfrente de ella Camarga golpeó con el llamador de bronce. Y la puerta se abrió.

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