TESTIMONIOS EXPURGABLES

La repetición al infinito de un ansia de fuga.
JULIO CORTÁZAR


PÁGINAS DE DIARIO
Por Caricato


Día 23

Continuamos en la carretera. Siempre en la carretera. Hasta esta tarde que tomamos un respiro aquí, en el bar, a las afueras de una de las ciudades que pasamos.

Me he quitado la gafas y he pensado que las tengo viejas, e incluso me vienen pequeñas para una cara tan grande como la mia. Y no es que las comprara disminuidas en comparación, es que la cara parece haber crecido, haberse hinchado y engordado en los últimos meses, por este agobio.

Escribo en este, mi cuaderno, que tanto amo. Recibe mi escritura pasivo, abierto de par en par, como la mejor de las amantes y como deseo al mundo y a la vida, que tanto se me cierran y tanto me golpean en las narices con sus duras puertas de bronce, de hierro, de pedernal. Ya que todo lo dura con que las expresen me parecerá nada a su realidad. Dejar correr mi lápiz por esta superficie lisa, suave, dura e inmaculada es uno de los pocos goces que no me han arrebatado. Tal vez sea un loco, tal vez, en el uso y en las costumbres de los hombres que me rodean, sea un anormal, un obseso escribidor que emborrono cuadernos blancos y encuentro en ello el único de los placeres que se me puede permitir sin comprarlo, sin prostituir ni prostituirme, una de las dedicaciones más auténticas que quedan. Poco importa que casi siempre acabe escribiendo sobre el mero hecho de escribir aquí, su consuelo y sus orgasmos. Reiterativo soy porque para mí dar esas vueltas es tan divertido como un carrusel que gira y gira, siempre lo mismo. Pero el mundo cambia a su alrededor, mientras que el carrusel es eterno. La inmortalidad. Su búsqueda.

Me pongo en mi lugar. Soy el jefe, y un jefe no tiene miedos, menos a la mortalidad. Debo reponerme y no dejar que mi sensibilidad me hunda. Esto no debe leerlo nadie.

Día 27

Dormimos en el campo. Encima de unas mantas. La amé con la pasión del que está próximo a morir. Fue una hermosa noche. Los demás no notaron lo nuestro. No me corté y fui todo lo sinvergüenza que hay que ser con una amante. Bebí hasta lo último de la copa del amor. Estos actos son necesarios para todo el que manda.

Día 29

Apenas hemos comido. Parados en esta carretera, en uno de los bordes amplios, trato de anotarlo mientras los demás se alejan entre las encinas para despejarse o hacer sus necesidades. Tal vez alguno no vuelva, y Dios quiera que no sea por una fatalidad, sino porque no quiere.

Hace días que se me terminó el chocolate y la naranjada. Bien es cierto que no podían ser eternos, aunque sean las únicas cosas que pude arrebatar en mi huida. Son como aquel vaso de cinc desportillado que nos recuerda la infancia.

Creo que el paraíso es la infancia. En ella fui Adán y Eva a un tiempo. Llegamos a una edad en la que fatalmente pecamos –llamémosle así, en la que comemos no sé que fruta prohibida, movidos por una horrible serpiente, y nos vemos arrojados a la vida y sus portazos. Tal vez esa terrible serpiente sea el tiempo, el que nos arroja del paraíso de la infancia.

Parece que todos vuelven y agusa mete prisas. Dejo de escribir en este preciso momento. Le llamo la atención. Aquí sigo mandando.

Día 2

Releo los días pasados. La inmortalidad. No es creíble la mortalidad. Porque, ¿no estuve yo otra vez escribiendo y leyendo esto mismo y en otros tiempos repetidos, tal como éste? Nadie me puede decir que no, de manera tajante. Pero, a veces, me asalta la idea, como un relámpago, de que sí, de que efectivamente, yo repito situaciones que ya he vivido hace muchísimo tiempo, y a las que regreso. O hay un momento que el tiempo no sirve como medida. Tan poca y mala memoria...

Día 7

Porque releyendo veo que esto no es un diario de la fuga. Son reflexiones un poco como las que un animal, atado a una noria, haría, en caso de que el animal reflexionase. No hago lo que debo, esto es, exponer la fiel crónica de los sucesos de estos días con la mayor objetividad posible en mí. Bien que lo intento; pero desvarío, tal vez en mi deseo de llegar a captar todo eso desde otro ángulo. En el fondo pienso que no sirve de nada. Ya son testigos de nuestros hechos reales las cosas que nos miran. Seguro que nuestra estela y nuestras voces quedarán registradas, de alguna manera, en el aire, y tal vez algún día puedan ser rescatadas, revividas por alguna máquina o aparato que esté por inventar. Me ha afectado el haber leído en un periódico, cogido en una de las gasolineras, ese artículo sobre la parasicología, que habla de que se ha pretendido haber captado en video un fantasma, visualmente, y no sólo haber registrado sus voces en un magnetófono. Realmente reconozco la falta de firmeza en mi personalidad. Pero que no se note entre estos tres. Un líder no debe mostrar sus vías de agua, su debilidad.

Día 8

Huimos campo a través, abandonando el auto en plena carretera. Ocurren sucesos lamentablemente extraños. Somos, tal vez, presa de unas alucinaciones incoherentes. Nos siguen aros que ruedan tras el coche, formados por las varillas metálicas de las antenas de televisión, sesenta (o así ) negros nos rinden pleitesía. Demasiado para una persona como yo, incapacitada de explicar los acontecimientos normales que ocurren, aún me veo más impotente para narrar o exponer lo maravilloso. Me siento así conminado a contar mis agobios personales, entreverados de pensamientos sobre ellos y su entorno. Mal fui elegido cronista. Como consuelo, tal vez, me digo, otros sepan leer en estas notas algo más de lo que escuetamente dicen. Mi horror, mi miedo, y el de mis compañeros, es imposible de transmitir por escrito. Creo que las impolutas páginas de este cuaderno se degradarían si lo supiese exponer.

Día 11

Mal día. Ese número no me gusta. Por eso, en estos momentos, decido dejar de escribir lo que toca hoy, o lo que se me ocurre. Además, debo de tener la linterna apagada. Lo dejo. Mejor me dedicaré a ella y al amor por esta noche. Con desesperación. Pero sigo siendo el jefe de esta partida de desesperados en huida.

Día 14

Tal vez los dos últimos orgasmos que nos definan en las entrañas lo que son, en su intríngulis, sean el primero que tuvimos y el último que tendremos. Fue una noche total. Ya puedo morir tranquilo, y no es que lo quiera. Noche gloriosa la de hace dos, la del doce.

Día 15

Tal vez escriba tanto porque soy un tipo muy salido. Me debato entre el placer y la realidad. Como veo, gana el primero a la hora de expresarlo aquí; pero me derrota la segunda. La realidad del placer me arrastra en mi angustia de fugitivo, eso, un huido. Las condiciones del mundo exterior y el paso de nosotros por ellas, es lo que debe contarse aquí. Y no lo cuento. Queda bien claro que soy el jefe. Hoy lo demostraré decidiendo robar el vehículo. Nos iremos en él a esa ciudad donde debemos encontrarnos con La Cañon. Mi decisión fue radical y todos obedecieron, porque ha de haber alguien que mande siempre. Y ese soy yo, Caricato, que los tengo bien puestos.

Día 17

Finalmente entre estas cuatro paredes, a salvo como los demás. Considero innecesario este diario sobre el que reflexiono. Anoche, pese a la tranquilidad del lugar, no fue tan fantástica como la del día doce. En aquella oscuridad tuviste vida y fogosidad enorme, como una hembra auténtica. Y me atrapaste. Todavía lame el vivo recuerdo de tus caricias mi cuerpo. Pero no me encuentro, aunque me busque tan desesperadamente. Tal vez algún día me encuentre conmigo. Y eso ocurrirá de sopetón, así de pronto, de bruces. Quizás, no acostumbrado, como estoy, a encontrarme, tan perdido. Sigo siendo uno de los jefes. Aunque todos dicen que aquí no los hay.


EL VUELO Y SU ESPÍRITU
Por Afanasol


Pregunto si, a veces, no queremos encontrar algo en los aires. Con nosotros mismos, tal vez. En desplazamientos, que preveo futuros, por esos espacios no se busca; pero nadie dice que no se encuentre.

Tengo la intuición, si es que esta cualidad existe, de que el vuelo nos salvará. Nos preservará la vida en algún momento. Tal vez actúo impulsado por ese movimiento y no por el deseo de volar, con todo lo que significa. La verdad es que no veo, ahora, cómo el vuelo puede salvar; y en mi caso; pero el futuro dirá. El tiempo vuela, dicen, y traerá el desentrañamiento de la vida intuida.

Mi deseo es hacer y captar el espíritu del vuelo y del aire, una especie de metafísica o teología elevada, sutil. Previamente he de considerar todas estas cosas. Es la esclavitud de los que somos llamados intelectuales. Me río yo de todo eso.

Pensamientos sobre volar, su sicología. Hacerlo por necesidad perentoria. Igual que el marino posee porte determinado, actitud ante la vida, hombre que vuela, que vive en el aire, ha de, forzosamente, disponer cierta manera de pensar, que diferirá del que habita tierras o del que frecuenta aguas. Indudable.

El éxtasis quizás sea estado que está emparentado con este tipo de vida. En éxtasis muchos místicos levitan. El que levita conoce, sabe del vivir aéreo, sustento total de su ser corpóreo. Sí, se ha de destacar, como primero, la característica o tendencia a lo sublime sin interrupción en habitantes de los aires. Todo conlleva altura de miras, pensamientos elevados y lo sentimientos, pulsiones, derivados. Difícilmente persona mezquina se dispondrá alegre al vuelo. Antes al contrario: jamás despegará sus pies del suelo, ni aun para saltar charco o vadear arroyo. Es oficio de volandero, altruísta y generoso. De él están excluidos tacaños, roñosos, ruines, miserables, manicortos, cucos, enanos mentales, limitados, liliputienses y chapuzas. Empresa de almas grandes y arrolladoras.

Desde alto se ve el panorama de las cosas, del mundo, con grandilocuencia que apabulla, con lucidez que deslumbra. Se aclaran las ideas y todo fantasma que entorpece y empequeñiza el pensamiento, desaparece por ensalmo de la gracia del vuelo. Nadie que haya reflexionado en esa situación sobre lo que ve, que interiorice su conocimiento, volverá a hacer mal, salvo contados casos excepcionales, y los que vuelen en los aviones. Para toda canalla, para todo criminal, puede suponer una terapia realizar vuelo, visión panorámica de todo lo que esté a sus pies. Esa acción redimiría y sacaría de egoísmos particulares.

Constructor de aparatos aerostáticos por necesidad espiritual de vuelo, intento expresar mis conclusiones en esta especie de memorandum previo al primero de ellos, que no sé muy bien a quien dirijo. Poco importa, ya que leer mis conclusiones pasado un tiempo debe ser mi propio gozo. Lo espero.

El vuelo es liberación. La libertad y su deseo es algo que siempre ha emocionado a todo ser generoso. Entre ellos me cuento. La libertad no es un concepto político ni social, ni incluso individual. Es concepto vital, está en la vida, en la vida total, en la propia biología.

El vuelo y su sensación placentera de movimiento, en medio más sutil que el agua, y con la libertad de la fuerza de gravitación. Volar es elevarse, subirse, aspirar, y guarda estrecha relación con el nivel, tanto en lo moral como en otros valores de superioridad, de poder y fuerza que son los de la libertad, los de sentirse y ser libres.

Mito de Ícaro, la elevación y caída. De todas las metáforas, la de la altura, elevación, profundidad, nada las explica. Pero explican todo, en grave paradoja. Dan respuesta a todo lo que interesa, explican toda la vida, en gran parte dedicada al vuelo, a la altura, a los cielos, a conquistar sol que es necesario como vida. Dedicando a esta empresa los mejores años, los más conspicuos medios, la formación y la inteligencia toda.

Envidiamos la suerte de los pájaros y prestamos alas a lo que amamos: el amor alado, la libertad y la victoria, la bondad, la paz y todos los buenos sentimientos y pasiones, porque sabemos por instinto que, en la esfera de la felicidad, nuestros cuerpos gozarán de facultad de atravesar espacios aéreos como pájaro en aire.

De los cuatro elementos, el aire se considera activo y masculino. En muchas culturas se da la prioridad al aire como origen de la vida, de todas la cosas, como su fundamento. La concentración de éste produce ignición, de la que proceden y derivan todas las formas de vida. Se asocia el aire con tres factores, esencialmente: El hálito vital, creador, y, en consecuencia, la palabra. Porque vuela, se mueve en el aire y es lo que nos hace hombres, lo que nos diferencia de los brutos. El viento de tempestad, ligado en muchas mitologías a idea de creación; finalmente espacio como ámbito de movimiento y de producción de procesos vitales. La luz, el vuelo, la ligereza, así como también el perfume y el olor, son elementos en conexión con lo que significa en general aire. El viento es una especie de materia superada, adelgazada, como materia misma de nuestra libertad.

No podría dejar de hablar de las alas, en su relación con el vuelo y el aire. Como elementos antiguos conocidos de los vuelos y su relación con el elemento aéreo. Las alas son espiritualidad, imaginación, pensamiento. Símbolos de la inteligencia. Aparecen en algunos animales fabulosos, expresando sublimación específica del animal. La forma y condición de las alas expone, consecuentemente, calidad de las fuerzas espirituales. Las alas de los animales nocturnos corresponden a imaginación perversa, las alas de Ícaro equivalen a radical insuficiencia de función. En ciertas religiones son el significado de luz del sol de justicia, que ilumina siempre inteligencias de justos. Las alas entendidas como potestad de movimiento, de la unidad de este sentido con el anterior se deduce que estos atributos corresponden sintéticamente a la posibilidad de avance en la luz o evolución espiritual. Las alas se refieren al elemento superior, activo y masculino; los animales no alados conciernen al principio pasivo y femenino. En muchas culturas, y en alguna historia del vuelo, los santos y perfectos viajan por los aires con diversos instrumentos, bien calzados alados o aparatos voladores, cuando no por su propia fuerza espiritual y personal.

El hombre es animal sin alas, el vuelo le es imposible. Desde tiempo inmemorial, y en toda cultura, deseo de vuelo ha estado presente. Seguro que porque el hombre, en otra vida anterior desconocida e imaginada, estaba alado. La pérdida de esas alas, fue pérdida de paraísos, de libertades. Tal vez Lucifer, que tiene alas, sea un se r procedente del primigenio que, por diferentes motivos, mantuvo alas; pero perdió otros elementos que nosotros tenemos. Porque cuenta una vieja leyenda que los ángeles, supuestos alados, tomaron dos bandos: unos se rebelaron contra Dios y otros se mantuvieron a su lado. Hubo importante número de ellos que permanecieron indecisos. Cuando terminó la lucha, Dios condenó a esos ángeles indecisos a decidir su bando en la Tierra, sin alas, por supuesto. Por lo tanto, para recuperar ese estado de ser primitivo, lo primero que habría que hacer es recuperar el vuelo, y después decidir que bando tomar. La leyenda supone unas posiciones maniqueas simples; pero es eso lo que menos interesa. Es el hecho, el suceso terrible de la pérdida de las alas, el arrebato de la facultad de volar que estoy empeñado en recuperar. Ser nuevo ángel. No es otro mi deseo. Porque volar nos acerca a la eternidad, nos redime de nuestras condenas y miserias, nos despierta a ese ser maravilloso que fuimos alguna vez y que anhelamos en lo más profundo. Porque todo hombre ha soñado alguna vez que vuela y le era grato; pero, recordando la caída, la mayoría despertó bruscamente con su vuelo terminado drásticamente, fatalmente. Hay que volar despiertos, utilizar las facultades que nos quedaron, y quizás de las que Lucifer carece, para recuperar alas y usarlas, siendo grandes y libres. Ese es especial empeño, deseo total y absoluto, ansia desmedida.

No sé si se tendrá tiempo y se podrá. Ante el aparato preparado con meses de trabajo, años de dedicación en soledad, creemos redimirnos en el aire, en los aires, los vientos, cumpliendo vocación, llamada.


CARTA A LA CAÑON
Por Mondraga


Mi deseada señora:

No sé si esta carta le llegará algún día. Si le llega, o no te llega, permíteme tutearte, que sepas que te deseo más que a nada. En el sentido que un hombre desea y quiere a una mujer, a una hembra.

No te conozco, por lo que te extrañará más esas ganas que tengo de montarte, de fornicar contigo hasta la muerte toda.

Pensarás que soy un animal, alguien despreciable, un obseso. Si me conocieras tal vez no dirías lo mismo; pero así, en seco, y por esta torpe carta, lo que verás en mí será un brutote que tiene ganas de fornicio y puta. Te equivocarías. Y perdóname. Nada malo hay en confesarte mi feroz hambre de tu sexo. Es lo que soy, terriblemente sincero; quizás eso me haya hecho brusco, en mis palabras, grosero y torpe. Llevas razón.

En esta situación en que me veo. Con estos hombres de huida, arriero forzado. Apartado de lugares habitados en las correrías, y con una amenaza terrible en los talones, como sabes. No tengo hembra que arrimarme a la entrepierna, no las vemos siquiera. Y lo necesito como al aire. Las mulas no sofocan mis ansias, como es natural entre gente trajinera. No te escandalices. No seas ignorante ni hipocritona.

Tú eres la única mujer que visita mi imaginación y te dedico todas las bellezas y dones que anhelo en ella. Tú me convienes, señora de mis comezones. No me hace falta consentimiento ni cortejo alguno. Sólo, y hasta que te tenga entre mis brazos y esté tan dentro de ti, una atenta y encendida contemplación, mi apetencia.

Te tomo, como podría tomar a una mujer cualquiera, te prefiero joven y bella, y te alojo en mi cabeza. No te oigo hablar, y da lo mismo. En todo caso, traduzco los rumores de tu boca en un lenguaje en clave donde tu deseo e impaciencia se ajustan a las más preciosas melodías, a las más desenfrenadas de las músicas.

En las horas más tristes de mi recreación solitaria me parece imprescindible la colaboración de tu persona, y no me doy por vencido. Tu recuerdo, tal como te deseo, me conduce de la mano a uno de esos rincones infantiles en que me aguarda, sonriendo malicioso, tu fantasma condescendiente y trémulo. Me masturbo, sí, como un consuelo por la falta de tu flor.

Tal vez me vislumbres procaz y otro tanto pornográfico, o un grosero elemento de los que huimos. En estos cuerpos perdidos, en estos campos quisiera verte, no sólo para que me comprendieras, sino para tenerte y ponerte bien.

En todo caso, perdona mis ínfulas; pero eres la más apropiada para dedicarte esta carta, es una forma de proyectar, desfogar mis ganas.

A mí tachan de macho bien puesto y no me faltan hembras, gachís, a las que arrimarme. Aquí no se ve nada parecido.

Tenéis fama, las mujeres, de resistir más el loco deseo de sexo, enseñadas, como estáis, por los avatares de la opresión, que decís, a la que os sometemos, a utilizar vuestros encantos para replicar al poder del hombre en otros aspectos de la vida. Así, entre nosotros se dan violadores, obsesos y usamos de la prostitución. No existen esos usos y presuntas anomalías entre vosotras. Por algo debe ser. Esto lo he leído en una de las revistas que encontré en una de las acampadas. Vieja y amarillenta; Pero que me entretiene en estas andanzas. No soy muy leído y no tengo mucha cultura. Cierto es que esta carta me la han corregido y arreglado un poco, dadas mis pretensiones contigo. Aunque me han quitado algunas expresiones que, estoy seguro, te encandilarían. A ti y a toda real hembra. Porque allí donde esté o exista una hembra placentera lo huelo y, siempre que puedo, voy por ella. Raras son las que huyen de mis encantos, que expongo cruda y naturalmente,

Te hablaría de mis dotes. Tengo fama de buen fornicador, para que te hagas una idea. El que me ha corregido dice que daré la impresión de ser un donjuán. No lo entiendo bien, ya que me suena a libros y teatro, más bien.

No es que sea gran cosa. No llego al metro setenta; pero casi. Ni delgado ni flaco. Tengo una barba más bien espesa por mis andanzas de ahora; pero normalmente me afeito. Sí tengo unas anchas espaldas, algo que apreciáis las mujeres en mucho para estas cosas del toma y daca. No sé que os infundirán. Aunque tengo una cara más bien ruda, alguien me ha hecho observar lo interesante de mi mirada de ojos verdes. Moreno, soy muy moreno. Y belludo, muy belludo.

Verás que soy primario en el, sexo directo y elemental. Poco sé de juegos de salón, como dice mi corrector de estilo; pero el uso me ha hecho un encantador hombre con las señoras.

Sé que eres la que guía, la que vela por nuestro camino y de la que esperamos la salvación, y esto es uno de los motivos sobrados para desearte tanto y para que no me tomes mal y lo entiendas. Serás la primera mujer que vea, después de este calvario de huida, y te necesitaré entonces más que ahora. Si no accedes a mis deseos todo estará perdido para mí, y esta fuga no tendrá gran sentido, y todo se perderá.

No sé cómo decirlo. Tal vez si estuviera contigo fuese más fácil, ya que tengo fama de expresarme bien de viva voz. Aquí no sé, no me gusta como queda. Lo mismo yo me busco en ti, en tu cuerpo quiero encontrar lo que no tengo, lo que creo que me falta. Bueno, tal vez busque el vacío para llenarlo. Mi corrector me dice que esto último es una grosería. No sé, intento decirlo con todo mi corazón.

Te meto en esta carta una florecilla preciosa que encontré. Tu flor quiero tener para olerla y lamer sus pétalos y acariciarla toda.

Es casi todo. Aunque estaría bordeándote hasta el fin del viaje de huida que me angustia. Es un refugio perfecto, no creas. Luego estarías tú como lo más seguro a lo que agarrarse. Y hundirme en tu gruta hasta encontrar la felicidad perdida, si es que la tuve alguna vez, fuera del orgasmo, que es tan momentáneo que apenas se tiene, se disipa enseguida como un pompa de jabón.

Te desea ardientemente: Mondraga

P.D. Anhélame, abierta como flor en primavera.


CARTA AL APRENDIZ DE PELUQUERO
Por Telesforo


Mi querido hijo:

Sabes que no te lo digo en el sentido real, otro te engendró. No tuvo a bien la naturaleza darme vástagos, que así se dice. Bien me hubiera gustado que lo fueses.

Desde este desconocido lugar te escribo. Poco importa donde esté. Lo que sí creo que te importará, es saber que estoy bien y deseando verte, deseando incorporarme a mi trabajo en la barbería, y tú como mi ayudante.

Ya llevabas dos años conmigo cuando tuve que partir, sin darte explicaciones, y por motivos que nunca comprenderías. Lo que sí me ocurrió es que me quedé con un cierto resquemor por dejarte solo de aquella forma tan rápida, tan apresurada y tan poco usual de ausentarme. Pero las necesidades mandan y cuando uno tiene que salvar la vida o la integridad física no convienen despidos lentos ni explicaciones largas.

Ya te digo que llevabas casi dos años conmigo por la cierta tranquilidad que me da el tener el negocio en tus manos. Dos años de aprendizaje de este duro oficio de peluquero, barbero o como lo llamen, es lo mínimo que se puede pedir. Quedo tranquilo por tu buen hacer; pero no te creas que lo sabes todo, porque cuando uno domina el oficio, el día de mañana puede surgir el más tonto de los problemas que da al traste con todo engreimiento y vanidad.

Añoro ese lugar en esa calle estrecha, en el que estarás trabajando al recibo de ésta, ya que sé que el cartero hará el reparto antes de las doce del mediodía. Ese sitio, en esa calle Bodegones, con sus tascas, a donde escaparse para dar un trago de ese vino tinto y peleón que calienta la cabeza. A estas horas estaría ya situado en mi estado final, permanente durante la jornada. Etílico arreglo mejor barbas y pelos. Ni los pagados de sí que quiern pelados rimbombantes, ni los vejetes arrugados que se acercarían a afeitarse, serían víctimas inocentes de mis tijeras ni de mi navaja.

Pero quiero dejar la añoranza, que tanto daño me hace, y meterme en el meollo de esta carta, en lo que realmente quiero decirte. Sé que casi no podré, porque soy proclive al desvarío, a deshilar las conversaciones con cualquiera, cosa a la que me acostumbré con el trato del cliente y la ayuda del buen vino de la tierra, que, como digo -¬¬¬y tú sabes- me encanta trasegar. El vino ayuda a desvariar los temas y las conversaciones, es un buen instrumento para que aflore un pensamiento que tenemos en la cabeza, que a cualquiera puede parecer un río revuelto; pero que quien lo conoce sabe entender, y entiende. Sobre todo si está en la misma situación que estás tú, esto es, un poco piripi por lo alegre de esa, aquella, calle Bodegones. ¡Y otra vez la añoranza! Te digo la verdad, que me encuentro sentimental y lloroso, ahora, cuando te cuento todo esto, cuando, en este rato de sosiego, lo recuerdo más vivo. Me estremezco con lo dejado atrás, que no sé si recuperaré. Esperemos que sí.

Pero volvamos a lo que me interesa, a las enseñanzas para ti, aunque sea de esta manera poco habitual de adiestrar un maestro a un aprendiz de peluquero, a distancia y a ciegas, y mediante cartas que no se sabe si llegarán a tus manos. Pero, hijo, es el riesgo que corremos, tú con la formación para el futuro y el buen trato de mi clientela en el presente, y yo con la pérdida de energías, escritos y medios en tratar de adoctrinarte en el buen arte de la peluquería, sin saber si te llegarán o caerán en manos desaprensivas mis cartas, que venguen en tu persona lo que pretenden hacer conmigo, si me cogen. Pero no temas que estás a salvo de ese peligro tan terrible. Tú no puedes ser víctima de mis trabajos y faenas en este mundo.

Trata con alegría a los que vayan a pelarse, a afeitarse o a requerir cualquier servicio en nuestro local. Sé que estás solo; así que toma a algún chaval de buena familia y disposición, para que te vaya ayudando a enjabonar barbas y a poner y quitar mandiles, a sacudirlos y a barrer el suelo, o a irte a por los periódicos atrasados del casino de los señores o cualquier recado. No conviene dejar, en ningún momento, solitario el negocio. A todo cliente le preguntarás, cortésmente, si quiere conversación, y si te dice que sí, tú responderás, con la más delicada diplomacia, si a favor o en contra. Pero si la desea en contra no te pongas nunca muy enemigo suyo; déjalo más bien con ganas de continuar la charla en próximos servicios. Te aseguro que eso da inmejorables resultados, sobre todo en personas apasionadas y dadas al debate o a la diatriba, Tú trátale con todo respeto, pues lo cortés no quita lo valiente, como ya te he dicho muchas veces. Si el cliente pide la conversación a favor, ten cuidado. No creas que es más sencillo, sobre todo si te es antipático el sujeto en cuestión. Trata de ironizar entonces; pero poco. En manera alguna seas generoso con el charlatán, de forma que, aunque entienda que estás con él, no crea que las tiene todas consigo. Conviene hacerse un poco el despistado, pretextando la dedicación y la atención que te merece el trabajo que le estás haciendo, ya que suelen ser, esos sujetos, vanidosos y egoístas, También es conveniente que no te esfuerces mucho con ellos, en quedarlos bien arreglados. No se lo merecen. Sé que hay temas que te resultarán un poco duro de apoyar, de estar a favor, sobre todo si se habla de política. No le des importancia, hijo, yo estoy poco interesado por esa cosa, y demasiado por la libertad. Ambos sabemos que poco tendrán que ver una cosa con la otra, la política con la libertad; aunque haya políticos que crean lo contrario. Es más, que se erijan como libertadores o guardadores de la libertad. Para tu bien, conformidad y buena guía, conviene que hables de fútbol y otras lindeces de juegos, de melones en verano, que ahí se crían bien, del tiempo hacia final de otoño, y de cosas así, no muy comprometedoras y que en esos lugares se hacen para aparentar que se es persona. Pero el negocio lo merece, ya que da de vivir en estos achuchados tiempos en la mayor libertad que existe en rincón de este mundo.
Un abrazo


LA LÍNEA CURVA EN LA MÍSTICA Y LA ERÓTICA (Apuntes)
Por Nerdo


Bien es cierto que una línea recta vertical nos simbolizaría el anhelo de la unión del místico, y una línea recta horizontal el deseo erótico: pero, ¿podrían ser sustituidas por líneas curvas? ¿Indicarían lo mismo? Tal vez sí.

El místico y el libertino se conectan. Al espíritu humano le aterrorizan los movimientos eróticos. La santa se aparta con horror del voluptuoso: ignora la unidad de pasiones inconfesables de éste último y las suyas propias. Las posibilidades se señalan con una curva que se cierra en elipse o en circunferencia que los encierra. Se refiere con esto a las posibilidades de la santa y el voluptuoso en un único universo. Tanto el uno como el otro quieren superar su separación y quieren continuarse, afirmarse en la vida, tranfigurarse en otra vida, aspiran a la Unidad.

La línea curva nos asegura en su recorrido una meta, que puede ser exactamente la misma que la que nos indica la línea recta, sólo que ésta última nos lleva más rápidos. Pero ni en el camino místico a la Unidad, ni en el recorrido del deseo erótico hasta su cumbre, interesa llegar lo más rápido posible; dar un gran rodeo, mientras más grandioso y enorme, tanto mejor, mayor conocimiento y goce en la meta se tendrá. Así, pues, la línea curva, como simbolismo del camino, interesa en la mística tanto como en la erótica, en sus metas aparentemente distintas y distantes, y en el fondo una y la misma: superar la escisión que nos corroe la conciencia y todo lo que está a su otro lado también.

Pero el logro supremo de esa curvatura es el maravilloso círculo, que sin afán peyorativo llamaría vicios, o mejor, eterno. No es este lugar para analizar el simbolismo circular, tanto en la mística como en el erotismo: el aura de los santos y su representación, o los círculos unidos representando la unión de los sexos, o los propios sexos, podrían ser breves ejemplos.

El círculo representa lo cósmico, la inteligencia infinita de la que emanan todas las cosas y con la que la mente, o el ser del hombre, puede estar armonizada. No en vano la representación mental más inmediata del cosmos es el círculo. No hablaré de las dos serpientes que se muerden las colas, formando un redondel, ni del sentido redondo de una plaza de toros, donde se juegan las vidas toro y torero. Círculo mágico.

Por supuesto que el círculo es el sol, y lo que es más importante, el cielo y la perfección o también la eternidad. Existe una implicación profunda, sicológica, en este significado del círculo como perfección.

El círculo está también referido al tiempo, ya que desde tiempo antiguo la representación del año afecta forma circular. El círculo puro, la circunferencia pura remiten a la idea del eterno retorno de las cosas, la suprema mística del cosmos circular y de la erótica.

Tanto el círculo, la circunferencia como esfera nos dan agrado y tranquilidad, nos retrotraen al seno materno, a esa unidad perdida que quieren conquistar los místicos y los voluptuosos de otra manera y por curvados derroteros y recorridos. Unidad y rotundo , es todo uno y lo mismo.

La esfera, lo único uno, el infinito, e igual a sí mismo, con los atributos de la homogeneidad y la univocidad. Emblemáticamente, la esfera se identifica con el globo, que, por similitud con los cuerpos celestes, se considera alegoría del mundo. Pero existe aún otro significado en la esfera, más profundo si cabe, equivalente a infinito, referido al hombre en el estado paradisíaco (pues tanto ese estado lo buscan el místico como el erotizado). Ahí se le juzga andrógino y esférico, por ser imagen la esfera de la totalidad y de la perfección. Cierta vez, mirando El Jardín de las Delicias, de El Bosco, interpreté que es posible que tengan ese sentido las esferas transparentes que alojan a las parejas de amantes. Es algo que traigo a ejemplo por serme muy vivo su recuerdo.

Quedarían incompletas estas notas si se incorporara lo que significa girar y sus prácticas por la mística. Un giro siempre es un movimiento curvo. Todo movimiento en el espacio real es curvo y lo ideal recto. Y, así, son también giros los ritos de los amantes o de los erotizados, tal como un rito de trance sufí, en el que los danzarines tratan de imitar y ponerse en contacto espiritual con el circular recorrido de los astros.

Son curvados los cuerpos de los amantes y se estremece con pliegues curvados el cuerpo del santo que entra en éxtasis.

Si representásemos en un papel, gráficamente, el recorrido, desde su inicio a su fin, un acto erótico y un acto místico, sería una curva que tendría en su parte más alta un orgasmo y la unión suprema, la contemplación. La línea partiría de abajo, iría en alza hasta una cumbre, y desde allí comenzaría el declive.

Sé que ahora me simboliza un cuadrado, y que, por lo tanto, mi camino en este mundo, hasta alcanzar la perfección, es largo. La perfección es el círculo, o la circunferencia, o la esfera, según se prefiera. Algo siempre curvo. No se trata aquí de aquilatar exactamente. Todos me entenderán. Joven todavía, tengo posibilidades de lograrlo y que me salga redondo. No conozco a nadie a quien pudiera significar el círculo. Tal vez Camarga esté redondeándose en esa línea, aunque no me da la impronta total, todavía.

Me busco en el círculo; pero no me encuentro. Seguiré en ese camino que no es recto. Quizá algún día me lleve una sorpresa. De momento, cuando siento que estoy en estado o en trance de alcanzar lo curvo, doy la vuelta, doy vueltas en una especie de danza, tanto si es en el amor apetecible con hembra placentera, como si entro en el proceso místico. Cada vez más difíciles por ajetreos que me aquejan.

Esta persecución, este estar perenne en vilo. Siempre propuse huir en línea curva, a imitación de los procesos y usos de los místicos y de los voluptuosos. Poco caso se me ha hecho. Así nos va, de momento. Aún no ha llegado la derrota. Por si acaso, en el último trance trazaré un círculo de tiza a mi alrededor, para ganar el paraíso, blanco e inmaculado, de esa extraña manera conjurado por mí.

Cuando se acaricia un cuerpo, en el desorden de la orgía, se camina por la curva y por la línea curvada. Al igual que el místico en esas noches en vela, sin sueño, su mente fragua líneas mentales que le llevan al círculo, que le eleva por los cielos, por las moradas. Esas moradas son redondas, ya que el Diablo reside en los rincones, esquinado como es, esas habitaciones místicas.

Se considere como se considere, hay que asociar a la línea curva, hacer pasar por el aro, tanto a la mística como al erotismo. Otra línea no se puede aplicar. Y siguiendo las teorías que siempre he defendido de asignar a las personas, animales y cosas, ideas, costumbres y pensamientos, alguna simbolización geométrica. Y si Dios, lo sumo abstracto y concreto, desconocido y transcendente, se simboliza por un triángulo equilátero en su secreto total, ideas, teorías y prácticas como la mística y la erótica, han de definirse, en su representación, por algún elemento ideal de la geometría. Porque esta ciencia excelsa y terriblemente difícil de la geometría, como la simbólica, con la que trato de hallar una tercera vía de dificilísimo acceso, son ciencias absolutamente especulativas, en las que busco, año tras año, día tras día, hora tras hora, y no me hallo, en las que me pierdo y no me encuentro, mientras el tiempo pasa, no sabiendo, ciertamente si lo pierdo o lo gano, esperando que a la vuelta de algún recodo o tras recorrer, no se sabe bien, una mística circunferencia, dar con mi verdad. En eso estaré lo que me queda de vida, sin desmayo. Y no es que vea pronta la calavera, como decían los antiguos en castiza y rotunda expresión.

En el siguiente capítulo he de pergeñar, a vuelapluma, el valor de las esferas u los cuerpos de la mujer y del hombre, y dejar de tanto especular conmigo.


GUÍA DEL DANDY POBRE (Fragmento)
Por Baruch


Todos los movimientos del alma se reflejan en la cara. El hombre bello que quiere conservar su belleza, debe aplicarse a evitar todas las impresiones que afean, todos los movimientos violentos que, renovándose con cierta frecuencia, imprimirían necesariamente a las facciones una expresión correspondiente a los sentimientos que la han producido. ¿Cuáles son las fisonomías que encantan? ¿No son, sobre todo, las que expresan la afabilidad, la dulzura, la benevolencia, la gracia, la bondad y un cierto distanciamiento en el porte de índole aristocrática?

Para observar la lozanía y belleza es preciso también ser feliz en la posición en que uno se encuentra.

Lo esencial es hacer las cuentas con cuidado y no gastar más de lo que se puede, a fin de no contraer deudas y sufrir sus malas consecuencias. El gusto, la gracia, la elegancia, la distinción en el vestirse, compensan, a menudo, con gran ventaja, la riqueza de las telas y tejidos, el brillo de los accesorios, ese lujo exagerado que suele distinguir a la gente advenediza.

Por lo tanto, el primer cuidado del dandy que quiera ser apuesto, es organizar su existencia de modo que aleje todas las preocupaciones desagradables. Así es que aconsejaré que tenga un orden estricto en sus gastos, y cualquiera que sean sus tentaciones, le suplico que no se deje llevar por prodigalidades ruinosas.

La completa tranquilidad de espíritu es la primera condición para observar salud y apostura.

Penetrémonos de esto : que la felicidad es el objetivo de la vida, puesto que es el de todas nuestras aspiraciones; que esta vida es relativamente muy corta y que, por tanto, no hay que emplearla en torturarse y crearse desgracias a menudo quiméricas, dando demasiada importancia a las pequeñas miserias de la existencia...

Gozar de la hora presente, sin consumirse en quejas inútiles y en deseos irrealizables, tal es la verdadera filosofía.

Hay que desechar de nuestro corazón todas las malas inclinaciones que nos devoran, que contraen dolorosamente al organismo; reprimir toda disposición a la misantropía, a la impaciencia, a la cólera, a la amargura, a la envidia, en una palabra, a todas las pasiones bajas que, generalmente, se reflejan en la cara y en el cuerpo; y hacer un llamamiento, por el contrario, a los sentimientos generosos que lo dilatan y alegran.

Es preciso, no sólo hacer el bien, sino igualmente perdonar el mal. Sin querer prohibir de nuestras conversaciones las críticas, que son la pimienta, ni ese espíritu de observación un poco malicioso que nos hace observar el lado malo de nuestros semejantes, y que dé cierto picante a la fisonomía, no poner en esas críticas cierta acrimonia, y, sobre todo, no se debe ir hasta la maldad. El espíritu de maldad es el más fácil de todos, y hay muchas personas que no tienen reparos, por decir una gracia, en empañar una reputación, en causar un perjuicio irreparable.

Nuestro dandy debe mostrarse siempre afable, ameno; es lo que constituye la bondad del corazón, la distinción de la aristocrática elegancia.

Si es nervioso, irascible, deberá dominar sus nervios, refrenarlos, teniendo en cuenta que nada altera la serenidad, la pureza de las líneas, como la irritación, el mal humor constante.

Deberá, por idéntico motivo, combatir el fastidio con agradables lecturas, televisión, vídeo y cine; pero como en todas sus ocupaciones, no irá nunca hasta el cansancio. Si la vista se fija demasiado en una cosa, se irrita, se congestiona. Para calmar esa irritación o la sequedad del globo del ojo, causada ya por el velar, ya por el mirar durante tiempo, un movimiento natural nos impele a frotar con los dedos, y esta fricción, repetida a menudo, es perjudicial para los párpados, y no olvidemos que es, sobre todo por la pureza de los párpados, por lo que se reconoce la juventud.

No obstante, es indispensable leer, ver la tele, video o cine, para estar al corriente del movimiento intelectual. Por muy apuesto que uno sea, si es ignorante y tonto, no merece aquel nombre, pues entendemos por hombre bello al que seduce, cautiva por la inteligencia y el corazón tanto como por la mirada. Solamente que hay que evitar leer de noche, sobre todo en la cama, lo que congestiona la cabeza y la córnea del ojo. No hay que creer por eso que queremos hacer de nuestro dandy un bachiller, un marisabidillo, el imponerle lecturas científicas o fastidiosas, ni menos un trabajo serio que pueda fatigarlo. De ningún modo.

La misión del apuesto dandy no es trabajar. Lo mismo que bellas flores no están en la creación sino para agradar y agradarse; son objetos de arte, y el arte es y debe permanecer inútil, si se quiere llamar inútil a lo que proporciona los placeres más elevados y más vivos.

El hombre apuesto, que es obra maestra de la creación, y que ejerce sobre la civilización su acción resplandeciente, que goza, ya lo hemos demostrado, de todos los refinamientos y de todos los lujos, tiene una influencia mucho más extensa, mucho más alta que los desgraciados trabajadores que pasan su existencia en un trabajo eminentemente útil, sin duda, pero servil y mecánico.

¿Cómo deberán hacer su educación literaria, artística y científica? No tenemos necesidad de indicarles ningún método. La mayor parte de los dandys, sobre todo los que tiene el deseo de agradar, tiene el ingenio prodigiosamente sutil. La sociedad de personas inteligentes basta a veces tan sólo para instruirlos; pero hay también revistas cuyo objeto precisamente es condensar el movimiento intelectual y artístico; la lectura de algunos números les tendrá al corriente de ese movimiento.

Además del trato con personajes visibles, literatos o sabios, aconsejaremos que se reúnan de preferencia con personas amables y buenas, que no puedan causarles ninguna decepción. Deberán de cuidar de descubrir en sus amigos, del mismo modo que en las obras literarias o artísticas, lo bueno, el lado bueno, y cerrar los ojos todo lo posible sobre los defectos; en una palabra, se guardará de buscar lo que suele llamarse el punto negro, propio de caracteres quisquillosos y descontentadizos. La tolerancia y la bondad son las dos grandes virtudes. Será mejor decir: es toda la moral.

Por último, vamos a abordar, no sin temor, una cuestión muy delicada, muy escabrosa: la cuestión del sentimiento. No os enamoréis, pues para conservar la lozanía no hay que amar, llorar y reír más que a medias, pues todo eso desfigura horriblemente. ¿No sabéis que la palabra pasión viene del latín passio, que significa sufrimiento? Amar es sufrir. Así que refocilad con toda hembra placentera por el mero gozo corporal, siempre más joven ella que vosotros, y no le deis mayor importancia que a una ducha. Nos os importen solteras, comprometidas, casadas, divorciadas y viudas, con tal de que no os metan en líos ni os aquieten el ánimo. Pasad por sus vidas como si las usarais.

Todos los dandys saben esto por experiencia; así es que no les decimos nada nuevo. Queremos dar sólamente algunos consejos útiles, fruto de nuestra experiencia personal, e iniciarlos en los secretos de la verdadera elegancia.

Los hombres delgados encuentran fácilmente el modo de rellenar los ángulos demasiados agudos, buscando redondeces allí donde la naturaleza se ha mostrado parca. Los que se desesperan de estar demasiado gruesos saben también disimular sus carnes; pero esto último es mucho más difícil.

Las personas quisquillosas, los moralistas intratables, os aficionados a criticar, harán sin duda a esta guía un cargo especial: le acusarán de desarrollar en los varones ese gusto por la coquetería y el lujo tan funesto, según dicen, a las buenas costumbres y tan ruinoso a las familias y personas. Esto es para pobres.


EL MAPA ES EL TERRITORIO
Por Salivilla

Del hombre nace la voluntad creadora
que constituye y reconstruye el mundo.
ELISEO RECLUS


Cada fenómeno puede ser experimentado de dos modos. Estos dos modos no son arbitrarios, sino ligados al fenómeno y determinados por la naturaleza del mismo o por dos de sus propiedades: exterioridad-interioridad.

La calle puede ser observada a través del cristal de una ventana, de modo que sus ruidos nos lleguen amortiguados, los movimientos se vuelven fantasmales y toda ella, pese a la transparencia del vidrio rígido y frío, aparezca como un latente ser, del otro lado.

O se puede abrir la puerta: se sale del aislamiento, se profundiza en el ser-de-fuera, se toma parte y sus pulsaciones son vividas con destino pleno. En su permanente cambio, los tonos y las velocidades de los ruidos envuelven al hombre, ascienden vertiginosamente y caen de pronto paralizados. Los movimientos también lo envuelven en un juego de rayas y líneas verticales y horizontales que, por el movimiento mismo, tienden hacia diversas direcciones.

Del mismo modo, el mapa se refleja en la superficie de la conciencia; pero permanece más allá de la superficie y, una vez terminado el estímulo, desaparece sin dejar rastros. También aquí hay cierto cristal transparente; pero rígido, fijo, que hace imposible la relación directa. También aquí existe la posibilidad de penetrar en el mapa, participar en él y vivir sus pulsaciones con sentido pleno.

Y aunque no se tenga en cuenta su valor científico, que depende de un minucioso examen, el análisis de los elementos cartográficos es un puente hacia la pulsión interior del mapa.

Tal vez el espacio extenso sobre la Tierra sea un incidente en el tiempo, que varía con este, por lo tanto nunca se puede hacer una cartografía perfecta.

La cartografía ha evolucionado enormemente en el transcurso de los últimos decenios. No obstante, sólo recientemente ha sido liberada de la servidumbre, que implicaban sus tradicionales aplicaciones. Esto la ubica dentro de una categoría que exige un examen prolijo de los medios de los cuales se vale, así como de sus objetivos. Si este análisis sería imposible, tanto para el geógrafo como para el público, recorrer las etapas siguientes.

Las investigaciones que sirvan de base a la nueva ciencia cartográfica ( siempre nueva porque el mundo varía, cambia) tiene dos metas y responden a dos tipos de requerimientos:
1.- Los requerimientos de la ciencia en general, que nacen del impulso del saber, desligado de las necesidades prácticas: La ciencia pura, y
2.- Requerimientos con respecto al equilibrio de las fuerzas investigadoras, que se pueden clasificar como intuición y cálculo. Es la llamada ciencia práctica.

Dichas investigaciones deben ser realizadas con espíritu verdaderamente sistemático, según un esquema claro, ya que por encontrarnos en sus comienzos se nos presentan como un nebuloso laberinto cuyo desarrollo posterior es imposible prever.

La primera pregunta oscura se refiere, naturalmente, a los elementos cartográficos, que son el material de la construcción de cada mapa y variarán, por lo tanto, según cada tipo de género de mapa.

Se deben distinguir los elementos básicos, es decir, aquellos sin los cuales un género cartográfico no podría existir.

Los demás elementos serán denominados elementos secundarios.

En ambos casos es necesario llevar a cabo clasificaciones orgánicas.

Este libro trata de los elementos básicos utilizados en la etapa más primaria de toda obra cartográfica, sin los cuales no se puede ni siquiera iniciar, y que constituyen además la base del arte gráfico, independiente de otros.

Hablaremos, pues, del ideal, en primer lugar, del cuadrante.

El proceso ideal de toda investigación consiste:
1.- En el minucioso examen de cada fenómeno por separado.
2.- En la oposición de los fenómenos entre sí: interacción y comparación; y
3.- En las conclusiones generales deducibles de las etapas anteriores.

Mi objeto en este libro se limita solamente a los dos primeros puntos. Para lo tercero el material no alcanza y no se deba tampoco improvisar,

El examen deberá ser fatigosamente claro y avanzar minuciosamente. Ni la más pequeña alteración, propiedades y efectos de cada elemento debe escapar a la mirada atenta. Sólo este camino de análisis microscópico nos conducirá a una amplia síntesis, que finalmente, y muy por encima de los límites cartográficos, se extenderá hasta la unidad de lo humano y lo divino.

Esta es la meta prevista; pero aún muy lejana.

Los límites del presente trabajo están dados no sólo por mi carencia de fuerzas, sino también de espacio. Por ello, consiste solamente en una introducción de carácter general y puramente de principio, dirigiendo la atención hacia los elementos gráficos básicos:
1.- En abstracto, es decir, aislados de la forma real de la superficie que los rodea, y
2.- Sobre la superficie material. Efecto de las propiedades básicas de ésta.

Pero lo anterior se tratará apenas en el marco de una investigación fugaz, como intento de establecer un método específico para las investigaciones de a ciencia cartográfica y de probarlo en su aplicación.

Llegados aquí conviene aclarar que el título responde al deseo de la realidad de todo cartógrafo o geógrafo suficientemente concienciado. Es un ansia utópica el de hacer el mapa total y completo, el mapa que abarque todo el territorio. Pero no se ha de dejar de intentar, poniendo las bases de la ciencia, probando rodeos y usos de otras disciplinas para explicar e implicar métodos útiles para nuestro fin. Toda derrota de antemano es destructiva, el territorio está aún por explorar.


CARTA CONTRA MONDRAGA
Por Camarga


Compañero de fuga:

En primer lugar quiero quedarte claro que inteligencia conlleva bondad y viceversa, esto es, para ser bueno, hay que ser inteligente. Y esto lo admite el realmente inteligente, desde Sócrates hasta el que esto te escribe. Todo lo demás no son sino estupideces para defender a los tontos o para defenderse entre ellos. Porque es sabido que los tontos se unen para dominar. Y así dominan, siendo en la historia de la humanidad un continuo camino de insensateces, un calvario, y lo que se encuentra de bueno ha sido aportado por gentes inteligentes, que, en cimentada consecuencia, han hecho el bien. Pero siempre, de una forma u otra, por los miles de laberintos con que los tontos embadurnan el mundo, han terminados masacrados por esos mismos estúpidos de siempre y sus instituciones representativas, y que, en última instancia, se defienden a sangre y fuego y a punta de fusil, tanto si distinguimos como democráticos o sus hermanas autoritarias, unas como otras a su servicio. Sobre todo el poder de lo que llaman Estado, que basa en la iniquidad y la sinrazón, en la barbarie y la fuerza, sobre todo de las armas. Como eso está archidemostrado, no pasaré a hacerlo. Que cada uno, y tú especialmente, se aplique el cuento.

Imaginemos el gobierno de una sociedad organizada, que no jerarquizada, en manos de personas inteligentes. Lo esperado es que lo hiciesen bien, porque esa inteligencia facilitaría la solución de problemas. Platón lo supo ver en su República; pero no lo explicó adecuadamente ni como se debe, además está en un libro y no en la realidad.

Tú, mi compañero a la fuerza en esta inexplicable huida, eres corto de entendimiento, y es por lo que eres tan nefasto, tan malo, eres torpe contigo y causas mal entre los que te mueves, entre el común de la gente que te rodea. Todo el mal que hago se debe a mis carencias de inteligencia suprema de las cosas, pese a que me dan fama de inteligente. Sí, puedo decir que jamás hice mal a nadie, de una manera consciente al menos. Conocer esto, que se me haga inteligible, es fundamental para planearme un comportamiento, que es lo que tengo pretendido con esta misiva que dirijo a ti, contra ti, por creerte demasiado peligroso. Los tontos no sois de fiar y podéis liarme y liarla en un momento dado, dando la vuelta a la tortilla.

Todo eso después de una larga reflexión y consulta con personas de probada bondad e inteligencia, y que te conocen bien.

Puede que este escrito vaya a parar a cualquier muladar de los que frecuentas, cosa propia de personas como tú, sin haber entendido nada más que soy tu enemigo particular o que te tengo ojeriza.

Hasta aquí te expongo todo lo importante que te quiero decir. Lo demás que sigue, no es sino abundar en lo mismo, o hacer variaciones sobre idéntico tema, como la piedra so el agua, que acaba desgastándose, a ver si tu tontuna crisma cambia de parecer, y así variarás de comportamiento.

Sabrás, quizás intuitivamente, que me guía la mejor intención al hacerlo. Quisiera que la naturaleza te hubiera dotado de mayores luces. De todas formas, todos hemos de vivir, y este escrito no significa nada beligerante contigo, y menos un confabulación contra tu persona.

Sé que pasas por ser un listillo de los que dan el pego y toman carta de naturaleza inteligente. En el maremagnum social en el que has vivido, has sabido moverte sin el mayor de los problemas, siendo un triunfador. Pero sin escrúpulos por los medios utilizados para imponer tu listeza y pasar por persona menos estúpido de lo que eres. Incluso por inteligente. El mal que has ocasionado niega esa presunta inteligencia. También desdice esa cualidad tu conformidad con lo imperante, siendo así que la inteligencia es desobediente, subversiva, peligrosa para los que mandan haciendo tanto daño. La inteligencia, en esas circunstancias, es un exceso inútil, inútil porque lo es para lo establecido, que a todas luces no es el paraíso. La inteligencia es sensible y ética. No es mecánica, como la tuya se manifiesta muchas veces: la inteligencia mecánica es una forma de estupidez. Aparte de que la inteligencia siempre, y sólo, granjea desdichas, según han dicho multitud de hombres inteligentes, a lo largo de la historia, que lo han mostrado por sus obras y por su vida. En fin... No debería seguir, ya que entenderías poco y rechazarás lo que te digo como producto de la verborrea de alguien que ha leído y estudiado con pasión, al que tú acusas de que no ha vivido, y para ti se trata de vivir, por encima de todo y de todos. Es una cierta costumbre de estos tiempos catastróficos , tiempos que están destruyendo la naturaleza y el sistema ecológico del planeta. En ese sentido, la inteligencia es un peligro, subversiva y desobediente con las enormes torpezas que cometen los tontos, por una de las consecuencias de la tontuna: el egoísmo. Nadie inteligente ensucia a sabiendas el medio donde vive para envenenarse. Y te saco un ejemplo muy complejo y general. El hombre, ese hombre hábil, mecánico y listo, con el que te identificas, conseguirá lo que ni la propia naturaleza ha hecho en milenios: destruir la vida en el planeta. Todo por dejarse llevar de las estupideces, de los estúpidos hábiles y mecánicos: por ello, todos los que estamos por salvar la naturaleza, somos un peligro subversivo. Sólo esgrimimos razones inteligentes ante los necios conjurados.

Relee lo escrito y piénsalo. En manera alguna intenta ser palabra revelada; pero sí trata de acertar en explicar por qué causas tanto mal, encontrar explicación a tanta vida malgastada como dices que has vivido. No es una soflama moralista sino un intento por ponerte un espejo delante, para que te conozcas.

Espero haberte puesto claro y nítido todo esto, y grande, aunque apresurado por razones que te imaginarás, para que no te veas feo, sino cual eres, como se te ve en realidad. Pero para mirarte en este espejo has de despojarte de toda parafernalia que te oculta. De no hacerlo nunca te verás como eres, habiéndote engañado durante toda tu vida. Claro que esta mentira, esta tremenda hipocresía contigo, no significa más que una gota insignificante en el inmenso y revuelto mar, o mal, de tu imbecilidad. Pero te lo digo con desahogo. Poco te importa engañarte, ya que por eso engañas.
Atento


DE LO CHABACANO A LO SUBLIME (aparecido en el diario regional Los Ecos )
Por Saxolfeo



Sí, todo arte tiene un material con el que se trabaja, la materia que se transforma, con la que se juega o se lucha, la que lo hace ser, su tangibilidad. En la música esa materia, eso que constituye el ser de la música, es el sonido. Así como en la pintura es la forma y es el color en sus múltiples aspectos, o en la literatura la lengua, cualquier lengua concreta.

Los sonidos los captamos por el oído, y no se trata de exponer aquí como ocurre eso, y como se producen. Damos todos como sucesos que acaecen a nuestro alrededor. El ruido de un bote de plástico al que le da patadas un niño gamberrete en la calle, el lejano sonido de la radio de un vecino o el saxo que toca el otro de un casa cercana, músico de una banda municipal.

Lo mismo que todo color y toda forma no es arte por sí mismo, ni toda conversación o escrito, literatura; los sonidos que habitualmente escuchamos tampoco son música. Aunque la música la constituyen sonidos con una intencionalidad de orden, provenientes de cualquier elemento que produzca esos sonidos.

Esto último no será muy inteligible si no lo expreso ampliamente y pormenorizado. Vamos a ello, entendiendo que lo que digo levantará ronchas en más de una profesional de lo musical, y, a lo peor, en ese saxofonista que tengo por vecino. Pero como trato de que vaya razonado, no tengo el menor temor. Claro que tampoco seré tan bruto como para intentar que los lectores de este diario comulguen con ruedas de molinos. Quizá parezca que expreso lo obvio, cuando se trata de repetir lo que se olvida fácilmente.

Una cosa son los instrumentos musicales, otra los músicos o sus manipuladores, y una tercera la música como arte excelso y sublime. Conviene recordar esto claramente, aunque parezca perogrullada.

Pues bien, los sonidos son los que se producen de lo que llamamos instrumentos. Independiente de ellos existen sonidos que pueden producirse por otras cosas. Verbigracia: de una lata de conservas que golpeamos rítmicamente, o dos piedras de arroyo chocadas. Los que se llaman instrumentos musicales, como otras costumbres y atavismos, son convenciones que el ser humano ha ido aceptando, por el uso, como provocadora de sonidos que originan la música. Parece imposible, a estas alturas o bajuras de la historia, que se pueda creer que la música tenga algo que ver, no todo, con lo que se entiende por instrumentos musicales convencionales. Que la música es un arte que puede producirse independientemente de esos instrumentos, que son precisamente eso: meros instrumentos. Y que en cualquier momento puede provocarse música con otras cosas, tan sublime, o incluso más, que los sonidos procedentes de los excelsos violines o el piano de salón, tan ínclito.

No vengo, ni conviene aquí, a hacer una análisis de la evolución de los instrumentos convencionales al uso, ni irnos a otros ángulos o ámbitos y a otros sonidos de otras culturas, para ver y mostrar que el hombre ordena lo sonoro y logra música de los más inesperado e insospechado, como se puede probar y comprobar fácilmente.

Porque lo importante en la música no es el instrumento, sino el sonido y su ordenación con arreglo a unas normas clásicas o nuevas, y el resultado que llamamos música. De ahí que de un palo y una chapa, cosas viles que pueden estar en cualquier vertedero de basuras, se pueden arrancar sonidos sublimes, música celestial que encanta a las gentes. Es lo que siempre ha creído, en una especie de panteísmo, que llamaría musical, que de lo vil y primitivo, surge lo absoluto y noble. Del estiércol surge la rosa. El sonido de una violín puede ser lo más desagradable que se oíga; pero ese mismo sonido en armonía con otros puede originar lo que llamaríamos música paradisíaca. Así, de lo chabacano se consigue lo sublime, título que he dado a este artículo que escribo a petición de uno de lo redactores de este medio, amigo personal. De entrada diría que yo no tengo pluma, así que no espero que el valor de lo que expongo radique en la manera de expresarlo, sino que estaría contento con que se me entendiese lo que quiero decir, la idea, que es bien sencilla. Repetiré un poco al final las cuatro cosas que he querido expresar, como de resumen. Porque, músico viejo al fin y al cabo, con mis ribetes de bohemio y jazzístico, lo mío es hablar y hablar sobre la música y sus vericuetos, es donde me expreso bien y donde una serie de sucesos que acontecen en el mero hecho de hablar (mi voz, mi tono, mis gestos, mi música) no se pueden expresar ni poner por escrito. Es la limitación que tengo en el dominio d la lengua. Soy músico en directo en vivo.

Bueno, pues terminaré resumiendo, puntualizando, lo que quiero decir cuando expongo que la música surge de lo más primitivo de la materia, en camino hacia lo sublime, hacia el encuentro con la música de las esferas. La música es algo más que el producto ordenado de sonidos provenientes de los que llamamos instrumentos musicales, y que pueden ser convenientemente registrados en una partitura y ser reproducidos a partir de ella. Y no es ese el único medio de lograrla o de registrarla. En eso estamos, todos los que nos movemos en lo que se llama mundo musical, mundo de la creación musical, de acuerdo desde hace muchos años. Por ahí no voy, ni intento convencer a nadie. Lo que me interesa es que esta idea llegue a la gente, a la masa, al común de las personas, es por lo que he escrito esto, y apechugado con publicarlo, aun a costa de hacer el ridículo o de ser malentendido, y que cualquier cantamañanas de un pueblo de esta región, adonde va dirigido este diario, publique alguna carta dirigida al director, tratando de poner sus puntos sobre mis íes, a lo que desarrollo aquí, a su buen entender. Y no es que me vaya a quitar el sueño si eso sucede. Pero ya se sabe, la ignorancia es muy alto atrevimiento.

Trato de exponer algo que va contra la común creencia y contra la ignorancia establecida entre las masas. Así, llamar músico a alguien que toca un instrumento, no me parece conveniente, porque músico, en el sentido de lo que llevo expuesto, sería el creador de música y no el utilizador de un instrumento, que mejor le cuadraría lo de instrumentista, que difiere gran cosa de lo de músico, aunque tenga que ver como reproductor del arte, siendo en esto igual que una casete o un tocadiscos, respetando su ser personal y sin querer ofender sus personas como las cosificara. Pero esos aparatos –casete y tocadiscos- también producen música, o mejor, la reproducen; pero no crean, son, en cierta manera, instrumentos musicales que no suplantan, en ningún caso ni momento, el noble arte de crear, aunque pueden ser usados y ayudar al creador, como puede ayudarlo cualquiera otra cosa más vil o despreciable. Lo mismo que de una melodía inapreciable y populachera, puede surgir la más sublime de las creaciones musicales, como generalmente ha acontecido en lo que se llamaría la historia de la creación musical.

Llamar músico al mero intérprete musical, con los instrumentos convencionales, sería tamaño error como denominar escritor a todo el que escribe, por el simple hecho de escribir, sea cual fuere su intención, suceso que se está dando en estos días en los que abundan los plumíferos y los escribanos de agua, que se atreven a encuadernar las paridas que dicen que es creación literaria –según me informa un amigo, poeta eximio, mas desconocido, por huir del encanallamiento reinante, y no publicar por así haberlo decidido moralmente y para preservar su arte de la ola de ignominia que se cierne sobre él-.

Otra imbricación más para justificar mi título y mi idea de que la creación musical va de los chabacano a lo sublime, trepando hacia la armonía de los astros, esa que escucho y con la que trato de ponerme en contacto desde el vil metal de mi saxo, es el misterio de la creación en general.


CARTA A SU MUJER
Por Agusa


Mi querida esposa:
Heme fugitivo y sin ti. Anoche creí que te veía, en un dispuesto disloque de la mente, entre la oscuridad cerrada del campo. Te echo de menos, y mucho. Es cierto que no se añora más que lo que se pierde. Y no es que te haya perdido, ya que tengo la esperanza de que esto sea momentáneo y rápido. Me refiero a mi fuga.

Estoy bien y entero. Te lo digo con doble intención. Cierto que en los últimos años estaba harto de ti y de tus costumbres, de lo que se te llama ama de casa. Harto de esa poltronería y de esa gordura, de ese afanarse por el hogar, que te fue distanciando más y más de mí. Luego los hijos contribuyeron a que te considerase un elemento más entre el mobiliario. Cierto que no te deseaba. Pero cuando me acostaba contigo, quizás por necesidad y por no tener alguien más deseable a mano y que te sustituyera, por esa facilona comodidad que tenemos los maridos conformistas, satisfacía mi sexo contigo, saciando mi hambre toda, que era mucha más de la que expresaba, sin preocuparme de otra cosa que de liberar mi deseo contigo, mi impulso y hacerlo como quien tiene necesidad de rascarse y se rasca.

Algo tenía que hacer; pero lo dejaba de un día para otro. Te juro que no estuve nunca con ninguna otra mujer, y ya ves que no me faltaban razones para hacerlo. Tampoco tenía problemas para tener otra mujer cerca, bien en el taxi o en otros sitios. Pero me parecía una hipocresía esto del cuerneo, de andar con otras estando casado, comprometido con otra mujer a la que le juré fidelidad. Sé que esto se considera una estupidez hoy en día, por los fascistas inmorales el uso.

Jamás fui de putas; porque en el último momento te prefería. Cierto que no tenemos mucho dinero. Pero no era eso sólo lo que me retraía. Tal vez tú eres la única mujer con la que he estado desde los catorce años, y eso no lo iba a romper con una cualquiera, aparte de que me había hecho tanto a hacerlo contigo que no me veía con otra.

La distancia me ha hecho ver tu falta y lo valioso de tu presencia, de lo que vales para mí. La distancia y esta situación en la que ando, en esta huida sin sentido. Te busco realmente, es lo que me mantiene con fuerzas. Sé que al final de todo esto, tú estarás ahí, en casa y con los brazos abiertos esperándome.

Estarás guapa y te quiero alegre, mi vida. Es lo que mejor te puedo desear. ¡Ah!, escribe si puedes y dile a los niños que vayan a la escuela, y que aprendan. Que su padre sólo llegó a taxista; pero ellos pueden aspirar a mayores cosas. Si la pequeña te pregunta –es un decir- por mí, dile que hago un viaje para llevar a unos señores muy lejos, y que un día volveré, para no viajar más. ¿Vale?

Por lo demás sólo recordarte que te deseo y te quiero más y más. Tarareando nuestro bolero y esas canciones que nos hicieron felices cuando éramos tan jóvenes, con mis caricias, mis besos y mis deseos que te sobrevuelan, me despido.
Más besos y abrazos


CARTA A SU MARIDO
Por la mujer de Agusa


Agusa mio de mi alma:

Tu carta recibí, y yo te prometo –por el fruto de mis entrañas- que no faltaron dos dedos para volverme loca de contenta. Mira: cuando llegué a leer que estás loco por mí, me pensé caer muerta de puro gozo. Que ya sabes tú que dicen que así mata la alegría súbita como el dolor grande. A Talita tu hija y la mia; se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro contento, Creí que era sueño todo lo que leía y que me hablabas y te sentí.

Ya sabes que se dice que hace falta vivir mucho para ver mucho. Y ya no vivo hasta tenerte de nuevo entre mis brazos. Y ardo de deseos y pido picardías que no te cuento para no ponerte malo y más salido que una alcayata. Aunque ahora podía tomar venganza. No soy resentida ni hipócrita, como bien sabes.

Te diré que sí, que en la cama eras como una furia, un animal que se desfogaba de un deseo; pero está tranquilo, que yo me llevaba mi parte. Qué tontos sois los maridos en muchas ocasiones. Y una está hecha ya a casi todo y con poco se conforma.

Si llegas a engañarme con una pelandusca cualquiera lo hubiera notado. No sólo en tu bolsillo, sino en tu cuerpo. De sobras sabes de mi buen olfato y de que me encanta olerte, y sé cada recoveco de tus olores. Mi padre era cazador y de él lo heredé, el sentido del olfato extremado. Soy finísima para eso. Apañado hubiésemos estado. Te habría obligado a cumplir conmigo hasta agotarte total.

Dices de venir; pero ven pronto ya que así no podemos estar. Casi he agotado los ahorros que teníamos. Una de los chicos ha estado enfermo con anginas; pero ya está bien. Parece que ha crecido algo, ya que estuvo unos días, quince, en la cama. Talita preguntaba por ti a diario; pero desde hace días parece que se aburrió y no lo hace. Tampoco le digo. La niña está contenta pese a tu falta.

Intento estar con contento yo también en estas circunstancias; pero comprenderás que no es fácil. Y tu huida destroza a tu familia. Soy presas de un nerviosismo que tengo que disimular. Se han levantado rumores por el vecindario de que me has abandonado, de que te has ido con otra. No veas lo mala que es la gente y lo que se alegra con las desgracias ajenas. El otro día casi me pego, en la pescadería, porque una vieja cotorra y fea rumoreó no sé de que te habías largado, al pedirle al pescadero medio kilo de sardinas, que tanto te gustan. Fue vergonzoso; pero le quedó claro para que le constara. Me enorgullece tu ausencia porque sé que es para tu bien. Poco me importa por donde andas y lo que hagas. Siempre pensaré que no me deshonrarás. Digan lo que digan las chismosas que habitan por aquí. El aburrimiento las vuelve monstruos mentales, enfermos y obsesos. Ya sabes eso de que cuando el demonio no tiene nada que hacer y demás.

Te amo, y quiero verte pronto porque te necesitamos. Ya me demostrarás todo ese cariño, porque así, por carta, no me queda sino el anhelo y los dientes largos. No querría quedarme sin ti en este mundo.
Tu mujer


RELATO DE TERROR
Por Camarga


No conocemos la naturaleza y sus fenómenos, ni nos conocemos. Huimos todavía y toda la vida de ese conocimiento, y vivimos horrorizados, huyéndole. El único miedo que habita en el hombre proviene de lo que ignora, de lo que desconoce, de lo que le es familiar, o que, siéndole, lo sorprende un buen día, o una noche, con su extrañeza, sin esperarlo, de improviso, tan lejano que le parece terrorífico.

Tal vez porque Rosa pretendía sublevarse contra una realidad que le era hostil, cultivaba las lecturas que le evocasen sueños atávicos y poderes maléficos para huir de una sociedad burguesa y aburrida. De esta manera se libraba de los horrores cotidianos para proyectarlos en una dimensión onírica a la que le ayudaban las ingentes lecturas de la subliteratura del género de terror. Que no sólo por diversión o evasión acudía Rosa a estos relatos, cuentos, novelas de ambientes terroríficos. Eso sería banalizar demasiado su afán. Sentía que le llamaban las entrañas, el recuerdo lejano en la memoria de la especie, de ritos, tal vez, totémicos. Era como seguir por vía actual una iniciación imaginaria, remedo ya de las desconocidas iniciaciones de otros tiempos que se pierden en los tiempos y los cosmos.

La civilización de la ciudad, en la que Rosa vive inmersa, cualquier ciudad del país, afincada en el culto a la razón y al progreso, ha extirpado el misterio, el valor de lo numinoso y el arte fantástico. Contra esa rebelión de los sedentarios, dedicados a trabajos mezquinos y a la construcción de sistemas abstractos y gobiernos degradados, se levanta desde las simas profundas, el reino de lo invisible, la provocación de la imaginación. Entre esos restauradores se encontraba, modesta y cotidiana, nuestra mujer, empeñada en crearse un universo mental, en la lucha por la restauración del cielo y del infierno, de la existencia de lo maravilloso, del deseo de aventuras.

Cierto que en su vida cotidiana no lo mostraba. Trabajaba en una peluquería de señoras y el desarrollo de su ser era de lo más normal, bastante mediocre más bien. Ni siquiera en sus relaciones con los demás se salía de una norma absolutamente establecida por la costumbre. De lunes a viernes iba de casa al trabajo y viceversa. Viernes por la noche, sábados y domingos solía pasear, tomar copas, ir al cine u otros espectáculos corrientes y al uso. Había tenido dos novios que dejó.

De la edad de veintiocho años y morena, hermosa, con esa hermosura de esas morenas de ojos negros. Nadie pensaría que aquella chica tenía afición a las lecturas de relatos de terror, que le transformaban el mundo y la vida, su vida interna.

La explicación de cómo Rosa aguantaba una cotidianidad monótona, teniendo esos anhelos descritos, aparte de su alimento de lecturas terroríficas e imaginativas, era el mes de vacaciones tan singular que, año tras año, tomaba. Desde los diecisiete descubrió lo que le daba vida y razón de ser.

Tenía unas tías en la zona norte del país, que vivían en una pequeña ciudad. Aquella región, en contra de la que habitaba corrientemente, era húmeda y verde, famosa por sus brumas y cielos plomizos, sus lluvias pertinaces y sus evocaciones de lo primitivo y ancestral. Además, en aquellas tierras la presencia de lo que llaman civilización no había impregnado hasta los tuétanos los huesos del esqueleto de su cultura, perdurando un cierto ambiente con el que se identificaba. Rosa odia lo urbano, las ciudades grandes, como la suya, que le parecían un caos sin sentido, aparte de responder a la aberrante creación de una maquinaria racional que avasalla y destroza el planeta. Porque tenía su punto de ecologista. Buscaba la manera de retirarse al caserón en el que vivían sus tías en aquella región poco polucionada, y vivir allí retirada, porque estaba segura que en este mundo nada, sino la imaginación, tiene importancia. Había elaborado un pensamiento que era una extraña mezcla donde el culto a épocas históricas pasadas y a una concepción aristocrática de la existencia, se mezclaban con el odio hacia el mito del progreso homogeneizador. O, tal vez, lo uno llevaba a lo otro. Lo que no le impedía declararse materialista, mecanicista y agnóstica, al igual que llevaba sus fantasías hasta linderos más terroríficos. Todo esto lo contrastaba con un amante que tenía en su ciudad, poeta pedestre, y con otro que frecuentaba en las estancias en el caserón de sus tías.

Le ocurrió el último mes, y definitivo, que estuvo allí. Fue en el de septiembre, que era cuando le gustaba tomar las vacaciones. Como siempre, llegó a la vieja casa, y, tras saludar a sus tías, Rosa se dirigió a su cuarto, con su alcoba, en la planta alta de la vivienda. Subió las escaleras de madera y, una vez en la habitación, abrió la ventana para que aireara. Estaba como siempre: la antigua cama de madera, una inmensa cama de matrimonio con casi dos siglos de antigüedad, que lo mismo había sido testigo de partos como de muertes, reinaba en el centro. A ambos lados las altas mesillas de noche con sus mármoles, y el armario, enfrente de la cama.

Hasta que anocheció estuvo instalando la ropa, haciendo la cama, e idealizando el maravilloso mes (uno más) que le esperaba en aquel lugar, sola con sus lecturas y sus mundos, a que tanto ayudaba el ámbito.

Cuando anocheció, bajó a cenar y a estar un rato con las tías, que, sabias de la afición de la sobrina, procuraban molestarle lo mínimo y necesario.

Habiendo cenado, salió a darse un paseo por las calles de la ciudad. El verano fresco que existía en el lugar, todavía perduraba y, por las noches, era relajante y ensoñador darse un paseo. Rosa se encontró con su amante y pasearon, charlaron y, tras tomar algunas copas, cada uno se decidió ir por su lado, quedando en verse en los próximos días.

Entró en la casa, ccrrando el portón, pues ya las tías hacía tiempo que dormían. Se fue a su habitación con el mayor sigilo, con todo cuidado para no despertarlas. Se recreó un rato mirándose al espejo de la habitación, que estaba en una de las puertas del armario. Se desnudó y se metió en la cama. Encendió la luz que daba sobre la cabeza, y se reclinó en el cabezal. En el espejo del armario podía verse y recrearse la vista en su figura leyendo. Se levantó y dispuso la puerta, sobre la que se sostenía el espejo, para no verse. Le ponía nerviosa. Leyó con entusiasmo algunos relatos de misterio mágico, muy cortos e intensos, hasta que sintió ese ligero hormigueo de sueño tan agradable. Apagó la luz y se tendió totalmente. No se había dormido aún , cuando percibió que la cama se movía. Que levitaba, que se levantaba. Su mente, en un principio, permanecía en blanco,. Después reaccionó poco a poco, saliendo de la quietud que le dio el terror. No podía moverse. Intentó encender la luz, bueno, lo pensó; pero sus brazos y su cuerpo no respondían. Los ojos abiertos como platos en la oscuridad del cuarto. Su oído estaba alerta a lo mínimo audible. Así, tensa, inmóvil, presa del más terrible de los terrores inexplicables, de los miedos más angustiantes, sintiendo latir su corazón, percibió como amanecía por la tenue claridad que fue entrando por la ventana, hasta que se hizo lúcida, y la cama, con su cuerpo tendido, se hizo nítida y visible. Todo parecía normal en el cuarto. La cama estaba en su sitio. Todo el tiempo había pasado tan rápido y con ese corte de horror. Poco a poco fue recobrando la tranquilidad y el movimiento. No durmió en toda la noche, que duró segundos.

Bajó rápida la escalera y encontró en la cocina a una de sus tías, que no se extrañó verla en paños menores y con la cara desencajada. La radio daba noticias. Habló de un movimiento sísmico, un terremoto de cierta intensidad, pero breve, en la zona y durante las primeras horas de la madrugada.

Rosa rió, aterrada del error, del azar real.

Al terminar su mes de vacaciones, Rosa no volvió a su trabajo rutinario. Se quedó allí, en aquella casa con sus tías. Cada noche se recreaba unas horas ante el espejo del armario, tendida en la cama, leía relatos de terror, en un intento de fuga.


TRATADO DE AMOR ( Restos)
Por Nerdo

Señora del Silencio
de la dulce jaula de
tu cuerpo
se alzó
en la sensitiva
noche
un
pájaro veloz
E. E. CUMMINGS




Difícil es, y arriesgado, tratar sobre tan evanescente tema y engañoso. Lo último que oí, o que tan vez leí en un diario, es que el amor es una ideología de las mujeres para mantener sujetos y dominados a los hombres. Era una feminista la que tal decía. No , me parece una estupidez la consideración, pese a que me quedan mis dudas. Es chocante. Demasiado claro tras siglos de historia amorosa.

Lo que más me sugiere, lo que más me ha dado que pensar, lo que más me ha estremecido, ha sido la frase: “Cada pájaro vuela a su jaula”, aplicado al amor. Cierto que la he repetido hasta la saciedad a lo largo de mi vida desde que la leí, por vez primera, en una antología de amores imposibles. Por lo que no es raro que aparezca por todo este mundo. Su sentido reiterativo es como son los aletazos torpes de ese pájaro que vuela a cualquier jaula. Como la búsqueda de su porqué.

La jaula es también prisionera de sí misma, aunque no está completa hasta que no tiene un pájaro dentro. Es muy triste ver una jaula vacía, aunque paradójico, en el sentido metafórico que aquí damos a esa frase anteriormente mencionada. De todas formas, cuando llega la noche, la jaula no se ve o sus rejas son apenas perceptibles.

El amor sólo se alimenta de la pérdida, sólo persiguiéndolo, buscándolo. Cada jaula desaparece y así hay que buscar otra hasta el infinito.

Al fin y al cabo, un pájaro en su jaula, no es sino dos soledades juntas. En este sentido no sé qué es peor, si no saber volar para no alcanzar la jaula o no entrar en ella.

Algunos entenderán esa frase del pájaro que vuela a la jaula en su más estricto matiz sexual. Y no van por ahí estas consideraciones, aunque las engloba, claro. Con una determinada mentalidad, no ya madura, sino lógica, uno se da cuanta de la cantidad de tiempo precioso que perdemos estúpidamente por el sexo. Con esto no trato sino ponerlo en su lugar natural. En lo que llaman amor no deja de ocupar un sitial capital, y entre los jóvenes el único, quizás, que se merece. Sólo que el ser tan primario necesita dulcificarse con toda una ideología y galantería, usos e ideas, suspiros, sufrimientos, idealidades, sueños, fantasías y toda la cohorte similar, ya que el sexo a secas y desnudo, espanta a casi todos los humanos, menos a mí, que ya estoy un poco más allá de todo eso, liberado, el fin, del apremiante desgarro de las vísceras. Es crudo hablar así del amor, y un tanto engañoso, porque siempre alguien ilustra con un ejemplo de que no es tan animal ni primitivo: hablar de flechazos y paseos, de ternura y afecto. Los medios propios de introducir el pájaro en la jaula. En cada cultura adornado a su modo, y en cada persona un rito diferente. Aletazos de plumas que vuelan. Sinfonía mental cada vez más sofisticada para no reconocer, tácito, que cada pájaro busca su jaula de principio, y cada jaula desea su pájaro prisionero y arrullador, ardientemente, y que le trine.

Pero no conviene hacer ascos a todo eso, a toda la inmensa parafernalia que se encumbra en lo que llaman amor. Hablemos, breve, de ella y de las cavilaciones de este tratado, que siendo el tema tan escurridizo como un pez no requiere un trato sistemático y fijo, sino a salto de mata, como las correrías de amor de los cuentos medievales u orientales, del arcipreste famoso también y su amor bueno. Para amar, como para vivir, se necesita siempre alguna mentira; pero sobre todo para amar. Los más se conforman con la enorme mentira de la apariencia, del juego espejeante de lo apariencial.

Puede que las gentes que lean esto piensen lo peor sobre mí, y, sobre todo, que imaginan mi posible sufrimiento amoroso. Estarían en un error enorme, desde todos los puntos de vista. No soy más que un médico que diagnostica o un notario que levanta acta.

Cierto que el hombre y la mujer se necesitan, conviene que estén juntos y hayan creado todo eso que un proceso histórico largo llama amor, por cultura, con todos sus usos, ideas y embelecos. Que un hombre sea el espejo donde se mire la mujer y viceversa. Casi nunca terminan encontrándose en sus superficies, o les aterra hacerlo.

Cierto que aspiré a realizar el más elevado de los ideales; pero no hallé la pareja necesaria, el espejo en que mirarme. Tal vez es que perdí todo el tiempo en perfeccionarme, en mamar la leche nutricia de los simbolismos que nos hacen más sabios. Tal vez olvidé lo importante en el logro del amor, que no me interesa saber qué es, no arreglaría nada y acumularía sufrimiento. Escribo mi rebeldía.

Ya sé, ya sé que por mis veleidades estoy condenado a ser un perro guardián o bufón. Por eso huyo, aparte de porque me persiguen. Porque cuando uno no cuanta en su mundo, encuentra un lugar en otro. Es siempre maravilloso hacer cosas nuevas.

Buscamos en el amor el consuelo, conscientes de que somos animales inconsolables. En ese amor que explico antes.

Finalmente trataré del amor desde otra óptica que no sea el amor de la pareja, aunque se le parece, Lo que mantiene a la gente en esta vida es el amor a los otros, y el amor es una vocación, una llamada, a algo que apasione, con dignidad, con autenticidad, con entereza. Lo demás es circunstancial y pasajero: el amor carnal, el dinero, el trabajo, lo otro. Mi vocación, la fuerza por la que me he sentido llamado, ese amor que me vive todavía es la instauración de un imperio de perfección y justicia que no lograré tampoco. Y pensar como lograrlo ha sido mi entretenimiento, más mi fatal error, que sin embargo ha logrado grandes tiempos de dicha que salvan del naufragio total.

Tal vez amamos porque estamos condenados a muerte, y en el camino a ese cadalso nos preguntamos por nosotros y nos miramos, nos agarramos, nos tocamos, nos amamos, o amamos cosas sublimes para no perecer o apostar por una posible solución a esa muerte que se acerca. Amamos para huir de la muerte; pero eso también me suena a consuelo fácil. Tal vez si hubiese sido una mujer no habría escrito esta suerte de despropósitos sobre el amor y sus mundos. Hubiese callado durmiendo a un niño, mi hijo, y sonreiría leyéndolo.


NOTAS VARIAS
Por Caricato


A veces hurgar en algunas cosas es como hacerlo en un avispero. Mientras más lo haces, peor malparado acabas, más aguijonazos recibes. La política, la sociedad, la condición en que vives, la clase, la cultura, son avisperos, sobre todo cuando están llevadas por torpes o idiotas, cuando en ellas mangonean mequetrefes, seres improductivos, como en estos tiempos calamitosos.

Es curioso que sed no tenga plural usado y conocido. Si decimos sedes, como sería algo lógico, suena mal. Suena a asiento, a lo religioso. Y, figurado, podemos tener sed de muchas cosas: de agua, de cerveza, de venganza, de fama, de dinero... Y no es la misma cosa la sed de dinero o de venganza que la sed de agua. Quizás no tenga un plural porque, en puridad, se utiliza sólo la sed de agua, y no se considera en su sentido metafórico aplicable a otras cosas.

Al borde de la muerte, el borde de la muerte.

La eterna esquizofrenia humana: cuerpo y espíritu.

Descubrir la mentira es, al mismo tiempo, encontrar una íntima verdad, puesto que ninguna mentira es simplemente mentira. Igual ocurre con los errores y los aciertos.

A no ser que las coincidencias sean la lógica propia de este mundo.

La mejor manera de someter a la gente es convencerla de que es feliz.

En efecto, el que ama es algo más divino que el que es amado, porque está poseído de un dios.

Los humanos odian a quienes son infelices.

Mis vicios son sólo el fruto de tan forzada y aborrecida soledad.

Ni en la vida, en ninguno de sus aspectos, se puede humillar a nadie. Es peor que la muerte.

Una cosa es cierta: La ciencia es la enemiga del hombre. Esta nueva apocalipsis, como la antigua, corre al galope de cuatro jinetes: la superpoblación, la ciencia, la tecnología y la información. Todos los demás males que nos asaltan no son más que consecuencias de los anteriores. Esta última (la información) quizá sea en realidad el más pernicioso de nuestros jinetes, pues sigue de cerca de los otros tres, y sólo se alimenta de sus ruinas.

Permanecerá en el suelo, dulce, extraviada, serena, con la belleza luminosa de la mujer después del orgasmo.

Estoy contra la pena de muerte y contra la pena de amor.

Antes imperaba el terror, hoy deja paso a la mentira y la estupidez.

A fuerza de días rompió una vieja un hierro con las encías.

Al final no queda sino crear una mujer ideal. Somos los hombres los que ideamos a las mujeres ( ellas siempre idealizan en primer lugar a hombres ricos, en buena posición: un príncipe o así) y no al revés, tal como una Dulcinea a la que hay que ser fiel, porque se es fiel a uno mismo.

Uno de los grandes enemigos de la existencia actual es la seguridad.

El soldado puede contar su éxito en victorias, el mercader en dinero, pero el fugitivo vive rodeado de una bella y cegadora neblina.

La supresión de todo lo que nos humilla, nos explota, nos aliena, nos distancia, nos mutila.

En pleno delirio sexual, cualquiera tiene derecho a compararse a Dios. Lo curioso es que la inevitable decepción posterior no afecte al resto de la vida, que sea momentánea. A veces he pensado que se puede tener una visión postsexual del mundo, visión que sería lo más desesperada posible: el sentimiento de haberlo invertido todo en algo que no vale la pena.

Lo importante es lo que tienes dentro, dentro del bolsillo.

Donde tantas torturas se hicieron en los calabozos en nombre de la tapada cara del bien común.

Me miré al agua y me di miedo. Allá, en el fondo del pozo estaba reflejada mi cara. Lo que es inútil es taponar la luz con las manos.

Uno puede observar admirado que los tontos no se quejan nunca. No tienen motivos.

La desesperación de la crítica es su forma superior como se puede ver por las diversas peripecias.

La ironía es un arma intelectual que puede ser eficaz, sobre todo si va unida a la indiferencia. Claro que la una y la otra no son aplicables a un enemigo total y acechante de continuo. Salvo que se quiera perecer. Aquí la muerte sería ironía e indiferencia a un tiempo.

Es verdad que cuando uno deja de ser joven, deja de desilusionarse. Así, tras años de amor con ella, no me cabe ya la supuesta desilusión con el paso del tiempo. Es más, estoy en la más absoluta de las ilusiones. En ella quisiera estar casi todo el mundo.

Nuestra seguridad depende de que nadie sepa nada que no deba saber. Que nuestro enemigo sólo sea conocido por nosotros.

La lluvia lava el aire.

Es necesario fingir.

A partir del momento en que las ideas dan miedo, estamos en plena decadencia, cuando no en plena fuga.

Aquel crimen se ponía cuesta arriba en su resolución: teníamos al asesino, pero desconocíamos la víctima.

Tuvo cierta satisfacción en ver que muchas veces pasa en la vida lo mismo que en los libros. Por ello esa satisfacción se fue minando con el paso del tiempo y la sospecha, que degeneró en temor enfermizo, de que fuesen una suerte de espejos que reflejasen lo que acontece fuera de ellos, y resultar imposibles de penetrar en su interior, teniéndose que conformar con mirarlos desde fuera.

Todos los días, al despertar del sueño de la noche, tenía una voz ronca, que poco a poco, en el transcurso diario, se le iba aclarando. Pensaba en las terribles pesadillas que tendría, en el sueño monstruoso que acechaba durante la inconsciencia, que le robaba la voz de puros gritos que daría, horrorizado.

Después de todo, un solo pensamiento vale más que el mundo.

Tal vez nos conozcamos porque somos espejos.

Esta huida, como todas, es el justo combate entre la inteligencia humana y la sagacidad de las fieras. Me acecha la terrible sospecha de que podría ser al revés: que la sagacidad de las fieras se usa para huir de la inteligencia humana.

El tejado es la cúspide, la culminación y la cobertura de la cultura actual y de siempre.

La virtud es la madre de todos los vicios, y viceversa.

No existe humor sin amor, ni ironía sin alegría.

Tampoco el ojo puede verse a sí mismo, casi igual que el hombre, que nunca se ve completo sino es por reflejo en otros o en lo otro.

Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura.

Esta conviene, la dama de pensamientos.

No tiene el mundo cándida limpidez de espejo.

Cada estremecimiento terrestre corresponde a un balanceo de los cielos. El sol levante y el sol poniente. Meridianos iniciales. Convergencia y divergencia de las rutas. Marcha de la civilización.

El pueblo es, desgraciadamente, muy ignorante,. Y es mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistemáticos de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin razón, como una de las condiciones más esenciales de su propia potencia.

No miremos, pues, nunca atrás, miremos siempre hacia delante, porque adelante está nuestro sol y nuestra salvación.

Al encontrar a otro, que no es él mismo, se siente, al contrario, restringido; por tanto debe huir, ignorar todo lo que no es él mismo.

Es la esclavitud de los hombres la que pone una barrera a mi libertad.

Un individuo se compone de muchos desconocidos, mirándose en espejos.

Cuando una mujer dice te quiero, dice, realmente: “me interesas”. Y viceversa.



SIN TÍTULO
Anónimo


Si el fugitivo hubiese huido para escapar, pueden presentarse tres casos diferentes: El primero cuando es de probada culpabilidad por propia confesión, por la evidencia del hecho o por suficientes testimonios. El segundo cuando sólamente ha sido acusado. El tercero cuando es promotor y protector de fugas.

En todos estos casos será buscado y citado a comparecer dentro de un plazo determinado. Si por mucho que se le buscase, el huido no aparece, se le castigará con el exterminio; si continúa encenagándose durante un año entero, será condenado como fugitivo y sometido a todas las penas de derecho.

Es necesario señalar que, tanto en el segundo como en el tercer caso, puede ocurrir muy bien que el fugitivo no sea en realidad alguien que tenga que huir; pero de todos modos será condenado por tal como ficción o presunción de derecho.

Se la dirá, refiriéndose a él: El desdichado, acumulando crimen sobre crimen, impulsado por la locura y seducido por el adversario que engañó al primer hombre, temiendo los remedios que se intentaba aplicar a sus heridas para su salvación, y negándose a sufrir un castigo temporal para evitar la huida eterna, se ha burlado de nosotros, que ansiamos, más que nunca curar las heridas que se le infligieron y deseamos, con el mayor cariño, devolverlo a la cárcel para comprobar si huye en las tinieblas o en la luz, os exhortamos aprenderlo y a enviárnoslo debidamente custodiado, comprometiéndonos por este acto a pagar todos los gastos en que debierais incurrir.

Se aplicará tortura al acusado de fuga, que huía, para hacerle confesar su crimen y todas las razones que le han llevado a eso, sus circunstancias y pormenores.

He aquí las normas estrictas que han de tenerse en cuenta para decidir sobre el particular:

Se enviará al suplicio:
1.- Al fugitivo que dé diferentes respuestas acerca de sus circunstancias, negando el hecho principal.
2.- A quien teniendo fama de fugado, y habiéndosele probado su deshonra, tenga un testigo en su contra ( aunque sólo fuese uno) que declare haberle oído decir o hacer algo en contra, ya que tanto ese testigo , como la mala fama del fugitivo, constituyen una semiprueba y son indicios suficientes para aplicarle el tormento.
3.- Si en vez del testigo que acabamos de suponer, se añaden a la difamación de huida otros indicios de peso (o aun uno sólo), se debe, asimismo, de aplicar el tormento rigurosamente.
4.- Aun cuando no existiese difamación, bastará un solo testigo que hubiese visto o escuchado decir algo en contra y uno o varios indicios de peso, para someter al fugitivo al suplicio.

En general, una sóla de las siguientes cosas: un testigo de reconocido saber, mala reputación, un indicio de peso, no basta por sí sólo; pero dos de ellas son necesarias y suficientes para ordenar la aplicación de torturas.

Si embargo, existen excepciones a lo que acabamos de decir, que la mala reputación no basta por sí sóla para la aplicación de torturas:
1.- Cuando la mala reputación va acompañada por malas costumbres, ya que las gentes que a ella se abandonan caen fácilmente, sobre todo en los errores que autorizan su vida criminal. Así ocurre, por ejemplo, con quienes siendo incontinentes y con gran inclinación por las mujeres, se persuaden fácilmente de que la simple fornicación no es pecado de fuga.
2.- Cuando hubiese huido, este indicio, junto con la mala reputación, basta para que se le aplique el tormento.

He aquí la forma de la sentencia de tortura:

Nosotros, considerando cuidadosamente el proceso que se sigue contra ellos, viendo que huyen, cambiando las respuestas, que hay en contra indicios suficientes; a fin de saber la verdad por sus propias bocas, y (dirigiéndose a ellos) de que no sigáis fatigando los oídos de los demás, juzgamos, declaramos y decidimos que tal día y a tal hora, seréis sometido al tormento que os corresponde.

Sólo se someterá al suplicio al fugado cuando se hayan agotado todos los medios de descubrir sus verdad, y de adentrarse en su conocimiento. Los buenos modales, la cortesía, la exhortaciones de algunas personas de bien, y bienintencionadas, la reflexión, las incomodidades de la cárcel, bastan, a menudo, para sacar a los culpables la confesión. Ni siquiera los tormentos son un medio seguro para conocer la verdad. Hay hombres débiles que ante el primer dolor llegan a confesar crímenes que no han cometido, y otros, fuertes y empecinados, que soportan las mayores suplicios. Hay quienes, después de sufrir una tortura, la toleran luego con mayor constancia, porque sus miembros se estiran y resisten mejor; otros, por sus sortilegios, se tornan casi insensibles y morirían en el suplicio antes de confesar. Esos desdichados emplean, para sus maleficios, pasajes de textos, que escritos de extrañas maneras en cuadernos en blanco, entremezclando en ellos nombres desconocidos, círculos, signos particulares, llevándolos en algún lugar oculto de sus cuerpos. No conocemos ningún remedio eficaz contra tales sortilegios; pero habrá que revisar atentamente a los culpables y despojarlos de ellos, antes de someterlos al suplicio.

Cuando haya sido dictada la sentencia de tortura y mientras los verdugos se preparen a ejecutarla, se harán nuevos intentos para hacer confesar al huido su verdad, a reconocerse a sí mismo. Los torturadores desvestirán al torturado con una especie de turbación, precipitación y tristeza capaces de atemorizarlo, y cuando le hayan despojado totalmente de sus ropas, que se dejarán aparte, exhortándole, una vez más, a que se confiese en su interior, a que se reconozca, a que se mire. Se le prometerá la vida si se conoce, a condición de que no sea relapso, en cuyo caso no se puede prometer tal cosa.

Si todo resultara inútil se le someterá al tormento, durante el que se interrogará, primeramente, sobre los cargos menos graves de que ha huido, ya que confesará antes esas faltas más benignas que las mayores.

Si se obstinara en la negativa, se le mostrarán los instrumentos de tortura varias, diciéndosele que tendrá que pasar por todas ellas si persiste en no querer confesar.

Si finalmente no confesara, podrá continuarse con el suplicio durante el segundo y tercer día; pero sólo se incorporará con las torturas, sin repetirlas, ya que esto no puede hacerse si no aparecen indicios, aunque no está prohibido continuar con ellas.

Cuando hubiese soportado el suplicio sin confesar, se le deberá dar libertad mediante una sentencia en la que se indique que, luego de examinarse consecuente y cuidadosamente su proceso, no se han encontrado pruebas legítimas contra él acerca de la huida de la que se le acusaba.

Se emplean habitualmente cinco tipos de torturas.

Como es algo conocido por todos, no se detendrá a analizarlo. Sin embargo no se podrán hacer usos de tormentos desacostumbrados. Algún autor menciona catorce especies de tormentos: llega a agregar –Marsilius_ que él mismo ha imaginado otros, como la privación de sueño, lo que ha sido aprobado por Grillandus y por Locatus. Pero si se permite una opinión, se dirá que eso son rebuscamientos de verdugos más que tratados de búsqueda.

Indudablemente, la aplicación de torturas a los fugados es una loable costumbre, mas se ha de desaprobar enérgicamente a los sanguinarios que no se sabe en virtud de qué vano amor propio, utilizan suplicios tan rebuscados y crueles que los huidos perecen en ellos o pierden algunos de sus miembros. También todos condenamos esos usos con energía ya que la tortura se ha de hacer con alguien vivo y consciente para arrancarle su verdad más íntima, ya que la busca desesperadamente, y no se ha de llegar a extremo de la pérdida de consciencia por el suplicio. Es la tortura instrumento y no fin en sí mismo. Todo lo demás no hace sino desprestigiar nuestra labor encomiable como dignísima, noble y honesta para todo.


EL PAJILLERO
Atribuido al hermano de El Tinta


Es que esta historia no sabría como contarla, la verdad. Tan escabrosa y poco común. Al fin he decidido ser directo y hacerlo con resumen y claridad.

Lo conocí muy de cerca, por estas circunstancias de la existencia que te hacen se, incluso, hermano de alguien sin quererlo uno expresamente.

La historia del más grande onanista que he visto en mi vida. Por lo menos así me lo parece. Lo sé todo sobre él porque fui confidente de sus afanes masturbatorios. Un adalid de esa realización sexual era este hombre, que en la gloria esté, pese a su pecado.

Debería empezar por sus inicios, claro , por el descubrimiento de eso que le supuso en toda su vida un gozo y también un juego divertido, pese a que los demás lo veían como una enfermedad digno de tratamiento y con una preocupación por la rijosidad y contundencia con que la llegó a ejercer, y que, en cierta manera, determinó su vida y hasta su muerte. Fue cuando tenía trece años y en una de las convalecencias por una de esas enfermedades con las que se abandona la niñez y se entra en el vertiginoso mundo de la pubertad, de cara a la adolescencia. Era por la mañana y estaba ya casi restablecido. A la cabecera de la cama había una ventana por la que entraba la fogosa luz primaveral de esta tierra. Debajo de as ropas T sintió algo extraño. Se palpó, estaba recién despierto, con una de sus manos y deseó como si tuviera ganas de orinar, cosa natural al despertarse. Notó su miembro extrañamente hinchado y duro, que ya lo había experimentado otras veces. Se lo tocó más y le gustaba. Continuo frotándolo con lo dedos y se destapó para mirarse. Estaba enrojecido y sentía un extraño, cálido y agradable picorcillo, que se le agarraba, hormigueándole el cuerpo, hasta la nuca. Se lo agarró con toda la mano y lo balanceó, en frotación de arriba abajo, echado bocarriba sobre el lecho. AL rato le fue invadiendo una sensación calurosa y el picor placentero se tornó agudo, tenso y más grato, hasta llegado un momento en el que la tensión subió hasta arderle la cara y el cuerpo tenso, y su mano palpó un líquido emanado de su pene. Cesó pues, cansado, le resultaba poco agradable ya, y estaba emocionado por el sofoco y el enorme bienestar que sintió. Incluso le picaba. Miró atento a su mano manchada y no supo darse explicación al misterio y al gozo. Estaba claro que aquello no eran orines. A partir de ese día repitió la operación siempre que pudo y le vino en gana, y cada vez le resultó más dulce y placentero el momento de la tensión y de expeler aquel flujo. Y no me detendré en más detalles que me contó en muchas ocasiones sobre su iniciación.

Fue pasando el tiempo y T fue progresando en su costumbre masturbatoria, logrando una rara habilidad y prefiriéndola a otros accesos y prácticas sexuales, a los que le era fácil. Aquí conviene que me distancie y exponga mi visión, no vaya a ser que se entienda por regodeo el anotar este extraño exceso, pero trato de se notario meramente, aunque sé que es difícil evadirse. El onanismo es, por principio, un fracaso y un vicio a la vez. Se ha dicho: “El vicio es, por principio, el amor al fracaso”. Generalmente es ante la presencia de otro u otra, en la que la gente se descubre capaz de deseo. Puede desearse también ante la ausencia de otro. El goce solitario lo entiendo como una llamada al otro o la presencia del otro invocada. Pero en este caso he de destacar que no. El descubrimiento y posterior práctica de T no tenía en cuenta eso. Me constaba absolutamente así, aunque resulta raro. T jamás sintió atracción por las mujeres, y menos por los hombres. Ni sus fantasmas eran invocados en sus abundantes momentos de onanismo. Era puro en eso.

Llegado a la edad de veintitantos años, quizás veinticinco, su obsesión fue a más. Era muy hábil en disimular que se masturbaba en lo lugares públicos. Así, en cafés y bares se arrinconaba en las barras, o sentado en veladores y terrazas. Por supuesto en cines y teatros, porque, aunque era oriundo de una pequeña población, vivió gran parte de su vida en grandes ciudades. Lo peor no era eso, por el compromiso en que ponía a los que le acompañábamos. Su indecencia llegó a mayor, su osadía fue tanta que le dio por ver a donde alcanzaba su fuerza eyaculatoria. Era una punto de suerte y otro de una admirable habilidad, el que se masturbase el locales públicos o en la calle, y expeler el semen, generalmente apuntando a otras personas. Gozaba, sobreañadido, aspergiando seminalmente a las gentes. Por supuesto que en los diversos sitios donde vivió tuvo problemas, tanto con todos los vecinos como con los transeúntes, ya que les llovía desde las ventanas su líquido espermático.

Sé que es un poco, quizás demasiado, asqueroso contar estas miserias del advenedizo del sexo cuyo nombre callo. Pero de todo tiene que haber en esta vida, y lo que pretendo con esto es ilustrar a la juventud que se puede encarrilar malamente por estas costumbres, perdiéndose los gozos del sexo con lo otro y las otras. Es mi única pretensión al entrar en rijosos detalles de mal gusto. Pero si eso es así, no vale dar rodeos y argumentos con rebuscadas palabras y narrarlo con veladas razones. Prefiero ir al grano.

Así que T tuvo problemas porque más de una vez escandalizó a señoras, cuando no fue agredido por señores, que lo sorprendieron, o bien en pleno pajeo, o bien expulsando el semen sobre ellos y ellas. Dos veces fue detenido por la policía, siendo la segunda vez condenado con arresto mayor de seis meses. Esto ocurrió el ser cogido por echar la lefa sobre un abrigo de visón de una empingorotada señora. El marido, gordo bigotudo -parece que lo estoy viendo- arremetió contra él, que salió por pies, corriendo, sin poder ocultarse el falo, a la calle. Aunque era más ágil, el grueso señor daba voces de alarma y un guardia de tráfico lo agarró. La pobre señora del visón sufrió un soponcio, viendo su preciosas prenda llena de aquello que quizás nunca vería tan de cerca ni tan en vivo y directo sobre su cuerpo. Nos hizo mucha gracia todo, aunque la edad me ha hecho desaprobarlo absolutamente ya que creo que la ciudadanía tiene derecho a que no se le corra cualquiera encima, y menos inesperadamente. Porque también fui testigo de casos contrarios, esto es, que agradecieron los actos de T. Concretamente recuerdo que cierta vez, en una sala de juegos, un mariquita agradeció sumamente un chorretón de T, que éste emitió desde un rincón, en el que simulaba jugar con una máquina, lo que fingía mejor sus movimientos y gestos.

Sé de la crudeza de lo que cuento, pero la vida de T no es un camino de rosas precisamente, ni estamos para andarnos por las ramas a estas alturas de la historia, como esperan algunos. Sé del cambio de la visión de las cosas en mí. Cuando era joven solía ser más permisivo, y no creí nunca que el paso de los años me atemperaría, como dicen. Y fue verdad, así que con lo que antes me reía, ahora me entristezco, e incluso reconozco que me he vuelto un punto, o dos, más conservador, lo que no quita para que vea la gracia de los desmadres de T y me ría entre mí en no pocas ocasiones. Hay que tener buen humor, que es patrimonio de las gentes inteligentes. La risa de los tontos es triste, dicen. Pero soy consciente de que narro un suceso muy excepcional.

Pero la cumbre de ese cinismo onanista llegó justo hasta el momento de su muerte, hasta el mismo momento de expirar. Y eso sí merece que lo cuente, aunque advierto de que se pueden herir sentimientos. Que nadie lo vea, o lo lea, como irreverente o falto de respeto, ya que aquí el elemento sagrado es mero comparsa. Lo que interesa es dar idea del colmo de vicio a que llegó, hasta donde alcanzó con su práctica. Entiéndase como patología excesiva.

Murió joven. De unos cuarenta y siete años y cuando ya tenía un trabajo regular como viajante de productos de perfumería y droguería en general. Soportó una larga enfermedad. Pero eso no fue obstáculo para que siguiese con su placer solitario cada día, y si me apuran, a cada hora. Lo que desmiente, en gran medida, las opiniones de los médicos en lo referente a sexo y salud.

Sea porque T era católico, y no practicante, como se dice, sea porque sus últimos días entró en un proceso religioso ante la inminencia de la muerte, lo cierto es que pidió que si sentíamos que se moría, llamásemos a un cura. Nadie se extrañó y pensamos que resultaba lo normal en los momentos por los que se pasaba. Yo mismo fui a buscarlo. Por el camino le hablé un poco lo que conocía de T, y le destaqué que era un buen hombre; pero que tenía aquel pequeño defecto, aquella cosa que no podía evitar y en él era lo más natural. Nada dijo el padre que me escuchó atentamente durante el trayecto de la parroquia a la casa. Cuando llegamos, subimos y entramos en la habitación. El médico le daba pocos minutos de vida, aunque había pocas esperanzas. En la cama T estaba con una cara previa a la muerte, digo esto sin haber visto mucha gente en este trance, claro, pero lo supongo. Se fue el sacerdote al moribundo y todos salimos de la habitación, dejándolos solos. Al rato oímos una exclamación increíble y el párroco saliendo, escandalizado por la expresión del rostro y con la sotana visiblemente manchada de nacarinas gotas de semen. Entramos todos, mientras alguien atendía al buen hombre, en orden a limpiarse. Sobre la cama, destapado de las ropas, yacía T. Tenía en su mano derecha el falo, en actitud masturbatoria. Con los ojos cerrados, su cara expresaba placer. Lo tapamos y el médico verificó que estaba muerto. Luego el cura nos contó que mientras le escuchaba en confesión, T se destapó rápido y se corrió sobre él, con una potente ayaculación. Poco después debió morir, en el acto.


MARGITER
Por El Mitra

De un momento a otro temo hallarme frente a
frente y a solas con el enemigo.
J.J. ARREOLA



Había tomado la huida definitiva. Sin nadie que lo guiara. No existíamos, en aquella remota época, ni yo ni mi compañera. Sus perseguidores lo abandonaron en el templo de Poseidón. Nos referimos a su cadáver, porque él había escapado una vez más. Dejó su cuerpo para huir más ligero, ante el asedio de los hoplitas, ser más etéreo y veloz, fugaz de una vez por todas. Presentarse en los cielos platónicos libre y ante su espejo.

Endilgó el mote de Margiter a su más peligroso enemigo, Alejandro El Magno. Se llamó Demóstenes, de sobras conocido como orador y eminente patriota ateniense.

Dicen sus biógrafos que construyó un refugio subterráneo para ejercitarse en el arte oratorio, ya que tenía escasas dotes de la naturaleza para ello, y su logro lo arrancó a fuerza de una poderosa voluntad de conocer y ser, aparte de estar. En ese subterráneo colocó un enorme espejo de cuerpo entero, para verse hablando, para conocerse y perfeccionarse día a día. También se habla de que se afeitaba la mitad de la cabeza para no salir de allí, impelido por la vergüenza de ser visto con tan ridícula catadura. Pero eso poco importa, y conviene retener lo del espejo, su más valiosa sabiduría, ya que Demóstenes aplicó en esto el famoso dicho y consejo de la cultura que vivió, conocerse a sí mismo, aparte de otras utilidades.

Demóstenes pasó gran parte de su vida dedicado a la política, a su polís, en aquellos turbios tiempos en los que los macedonios de turno desarrollaban su poder frente a las ciudades libres de la Hélade, sentando las bases de los imperios personales y autoritarios, sin corazón, que arrasan las historias de los hombres hasta esta edad, como una pesadilla de un monstruo. Otra gran parte de esa existencia las empleó en huir de uno u otro enemigo. De ahí que no es extraño que acabase en el templo de Caluria, dedicado al dios Poseidón, como se sabe, que estaba investido de una peculiar santidad, desde tiempo inmemorial, inviolable refugio de perseguidos. Y esta última persecución lo hizo, le obligó a suicidarse ante los enemigos macedonios.

Hay una extraña y hábil relación entre el espejo de Demóstenes, el enemigo que siempre tuvo (Margiter) y las fugas que estuvo conminado a emprender.

Existe un momento de su vida, quizá el único, que centró y al que estuvo dirigida, en el que las tres cosas confluyeron y se encontraron. Ese momento se conoce por todos como la batalla de Queronea. Los enemigos de la verdad han destacado que allí se probó la cobardía de Demóstenes al huir frente a los vencedores, y que, para hacerlo más ligero, se desprendió de sus armas. Esquines y Foción, sus adversarios absolutos, le reprocharon no haber muerto en el campo de batalla; posiblemente eso hubiese sido mejor para su gloria. Pero hemos de salir al paso rápidamente, aclarando que Demóstenes no era una héroe ni un mártir, sino un fanático de una idea.

Pero hemos de hacer la vindicación de ese fanatismo de la idea en Demóstenes. Es hora de hacerle justicia, al menos por nuestra parte y conociendo, como conocemos, la verdad de su caso insólito.

En Queronea marchó valiente y arengador como un soldado más, defendiendo la libertad de Atenas. Decidido a la lucha, avanzaba al enemigo. En la llanura, el ejército ateniense decidió esperar, con las falanges en vértice, la arremetida de los macedonios. Demóstenes se encontraba en la retaguardia de una de las alas. Testigo fue de la arremetida del enemigo en la vanguardia y como iban cayendo sus compatriotas ante la contundencia del ataque. Estaba aterrorizado. Toda su vida huyendo de asedios, le hacía sentir que lo temido estaba allí. Dejó las filas y corrió. Unos enemigos, percatados de eso, lo persiguieron. Tal vez eran diez, o veinte, eso no se contó y no era momento. Lo cierto es que Demóstenes corría raudo. Se dio cuenta del peso del escudo y de la lanza y los tiró para dar más rapidez a su carrera, recordando al héroe de Marathón. Después soltó el lastre de la espada y del casco. Su carrera era vertiginosa, pues poseía ligeros pies por el ejercicio que desde pequeño hacía para reponerse de una enfermedad del bazo, ya que se lo aconsejó el médico.

Corrió Demóstenes hacia el campamento donde tenía el espejo famoso, ante el que trataba de mejorarse en el arte de la oratoria, así como conocerse mejor para convencer y vencer a los diversos enemigos en el foro y la asamblea. Porque era grande lo había dotado de ruedas y de un vehículo donde lo transportaba. Rápido lo situó en el alto, ante la entrada al campamento y lo enfocó hacia sus perseguidores.

El sol daba de pleno sobre el espejo, reflejándose en dirección hacia la batalla. Era una hora de la tarde cuando rutila en todo su esplendor.

Llegados los macedonios ante el campamento, se pararon, temerosos ante un ataque sorpresivo de los atenienses que huían en desbandada. Siempre temieron los enemigos de Atenas la argucia y genialidad de sus habitantes. Se arracimaron todos frente a la entrada, Entonces Demóstenes enfocó el potente reflector espejeante contra ellos, que se asustaron sobremanera, saliendo cada uno por su lado. Pero fue sólo cuestión de unos minutos. Cuando el grueso de las fuerza se percató de que alguien manejaba el espejo, perdieron el miedo y se arrojaron contra él. Entonces sí, Demóstenes mostró su cobardía y, arrojando el espejo por la pendiente abajo, para frenar el ataque, corrió a cualquier templo en el que se le protegiera.

Pero no fue entonces cuando pereció nuestro hombre. Salvó el pellejo esa vez, que no tuvo que abandonar para huir más rápido, como las armas o el espejo. Eso ocurrió años después, en que su alma voló platónica ala morada sin perseguidor, sin Margiter que temer.

Yace sobre el suelo, después de mordisquear la caña de escribir, donde escondía el veneno. Antes morir que entregarse a los macedonios, antes huir definitivamente que estar preso. Libertad o muerte.

Bátalo, uno de sus motes, héroe después de muerto. Héroe de la libertad, que fue dejando todo: palabras, armas, espejo, cuerpo... Todo abandonado en manos del enemigo. Jamás su ser.

Entonces no existían sabios que condujesen al huido por los laberintos de la fuga, por la tupida floresta de varia huida, por la retirada salvadora, hacia sí mismos.


GUÍA PARA MIRAR EL ESPEJO
Por La Cañon


El fugitivo debe prestar gran atención a los espejos, pues, junto con otros medios y, en condiciones determinadas, permiten pasar al otro lado, siendo una de las llaves de su salvación.

Digamos, en primer lugar, que los espejos de vidrio no empezaron a fabricarse hasta el siglo XIII, por lo que anteriormente se utilizaban con este nombre superficies metálicas pulimentadas. También han hecho de espejos, antes y después de su generalización, tal y como hoy los conocemos, las superficies de las aguas, las caras de las piedras preciosas, las bolas de cristal, etc. Lo que es importante para buen entendedor. Así, pues, por espejo debemos entender cualquier superficie pulimentada que devuelva a la mirada del consultante su propia imagen: no sólo los espejos corrientes, sino cosas tan diversas como el fondo de los calderos, las uñas pulimentadas, el cristal de las copas, el grafito pulimentado, y otras muchas cosas.

La utilización del espejo como llave de un mundo superior de salvación se pierde en la noche de los tiempos, habiendo sido usados siempre por todos. Se servían de ellos los egipcios con esta finalidad, como nos informa Moisés: ¿No es esta la copa de mi señor, en la que bebe y por la que suele adivinar? (Gén. 44,5), Alejandro Dumas cuenta (Memorias de un Médico) que Cagliostro hizo ver a María Antonieta el porvenir que le esperaba en una garrafa colocada en lo más sombrío y oculto de un pabellón.

Los griegos y los romanos, siguiendo un claro ritual y en el momento adecuado, determinado por la astrología, solían poner a un niño ante un espejo y preguntarle que era lo que veía. Así prefiguraron hechos importantes, confirmados posteriormente por la historia. Igualmente leían en los colores que representaba el espejo, adecuadamente consultado, la clase de enfermedad que afectaba al consultante, u obtenían información sobre personas o cosas.

Durante la Edad Media proliferaron los espejos mágicos. Generalmente representaban en su superficie signos herméticos grabados de manera tal que no perjudicaran su poder reflectante, permitiendo, sin embargo, que quienes lo miraban, supieran si su posición era una u otra. El sabio renacentista Girolano Cardan habla en uno de sus libros de los espejos que revelan cosas ocultas y secretas, describiéndolos con detalles.

Las tradiciones populares de todos los tiempos hablan de los espejos como fuentes de conocimientos de mundos ocultos, suministrando muchos detalles acerca de su utilización y correcto uso. En Francia, incluso se sirvieron de ellos para descubrir ladrones y asesinos; en algunas regiones, además del ritual astral conveniente, el espejo era alumbrado ligeramente con una luz de velas, ya que el principio del fuego, al igual que los mantras, los mudras y otras determinadas técnicas, permite una mejor interiorización y sintonización del sujeto con las vibraciones de la realidad que se ve en el espejo. En varios lugares de Europa, las muchachas lo usaban para conocer la cara de sus futuros maridos.

Pese a todos los estudios sobre los espejos por la medicina, la sicología y la parasicología actual, les falta llegar y conocer la verdad fundamental, la sabiduría profunda, aunque tengan toda la información. La técnica, habiendo desarrollado en los últimos cien años la televisión, que no deja de ser una suerte de espejo donde vemos lo que, en cierto modo se puede decir así, se refleja ante la cámara que nos lo envía por toda la complicada red electroacústica, y lo vemos.

Un estudio honesto de la cuestión ha obligado a reconocer que, efectivamente, en los espejos aparecen imágenes. Sin embargo, algunos científicos opuestos a la existencia del mundo espiritual y de los fugitivos, niegan que en tales apariciones intervengan espíritus, fuerzas astrales, ni cosas parecidas. Se trata de alucinaciones o de hipnosis.

Otros científicos más desapasionados reconocen que, si bien en los espejos pueden verse los que ellos llaman hechos imaginarios y alucinaciones ordinarias, o recuerdos ordinarios del subconsciente, traídos a la memoria en forma de visión, también aparecen hechos actuales o pasados, que el sujeto desconocía por completo, y hechos futuros confirmados posteriormente.

En diversas obras maestras y modernas sobre las artes adivinatorias se describen numerosos ejemplos y aspectos del ritual para consultar a los espejos. En todas las descripciones citadas, y en otras muchas más que el interesado sabrá encontrar por su cuenta, en el tráfago de la fuga a Delfos (por decir un sitio), existen muchas informaciones correctas. Pero tal y como están dichas, les falta algo fundamental. Son como la descripción de la mecánica y funcionamiento de un coche a quien no sabe conducir ni tiene otro motivo para hacerlo, ya que no sabe qué se encontrará.

Queremos decir primeramente que cualquier persona puede ver en el espejo, en un espejo. No se necesita poseer una condición ni constitución física especial, ni haber sido tocado por ninguna gracia, ni siquiera haber sido enseñado por algún maestro. Por supuesto que el ritual ayuda: son fuerzas y vibraciones que amplifican: el espejo es un concentrador de energía, y, como en el caso de cualquier otro concentrador, hay factores que catalizan su funcionamiento. El fuego, las posiciones, la propia sustancia del espejo, las técnicas de relajación y concentración mental entran dentro de tales sustancias catalíticas. Pero una cosa son los catalizadores y otra el funcionamiento; ningún catalizador, aunque algunos pueden interrumpir el proceso, desencadenará por sí sólo el mecanismo al cual cataliza.

El mecanismo que nos permite ver en el espejo está en cada uno de nosotros. Según estadísticas, de cada doscientas personas, unas ciento noventa y siete pueden llegar a ver en un espejo. Sabemos que muchísimas personas ven hoy normalmente en el espejo. El motor de la visión está en nosotros mismos.

Lo que se ve en el espejo no es ninguna invención de la fantasía. Allí podemos contemplar los registros de la memoria universal, del saber del universo, atemporal y fuera del espacio. Pero lo primero que se requiere es saber lo que queremos ver. Inútil mirar –y peligroso- esperando ver que salga algo. Tu propia voluntad es el motor.

Conócete a ti mismo y conocerás el universo, rezaba la inscripción del templo de Delfos, que Sócrates hizo suya.

Mírate, pues, a ti mismo y con ojos escrutadores discierne la visión que se refleja. Un espejo de tamaño natural, real, refleja toda la verdad. Estudia la imagen que observas tal como lo harías con otra persona, tienes que ser totalmente franco e imparcial.

Porque cual es tu pensamiento en su alma, tal es él ( Pro. 23,7).

Mira, pues, tu alma. De siempre se ha dicho que la cara es el espejo del alma. Las técnicas modernas confirman que en ella se revela nuestro carácter; pero también informa del mundo que somos. Y sólo somos lo que deseamos ser.

Tú que buscas la verdad sabrás comprender y buscarás más, aparte de la importancia de esta parte de la superficie... ¿No es acaso el ojo el espejo del alma? Así, pues, busca la verdad: en el espejo busca el reflejo del espejo, ¿no se asegura que cuando se está preparado desaparece el enemigo?

No te asuste ni la parálisis ni las estrellas: ahí desaparecerá, apareciendo, el enemigo, en la noche, con la dorada luz del alba a punto de florecer.

Se ha dicho que el espejo es la imaginación –o la conciencia de la imaginación- capacitada para reproducir los reflejos del mundo visible en su realidad formal. Se ha relacionado al espejo con el pensamiento, en cuanto éste es el órgano de autocontemplación y reflejo del universo. El mito de Narciso, apareciendo el cosmos como un inmenso Narciso que se ve a sí mismo enamorado, reflejado en la humana conciencia. Desde la antigüedad el espejo es visto con un sentimiento ambivalente, doble. Es una lámina que reproduce las imágenes y, en cierta manera, las contiene y las absorve. Es lunar el espejo por su condición reflactante y pasiva, pues recibe las imágenes como la luna la luz del sol. Entre los primitivos es también símbolo de la multiplicidad del alma, y su movilidad y adaptación a los objetos que lo visitan y retiene su interés. Aparece a veces en los mitos como una puerta por la que el alma puede disociarse y pasar al otro lado. Esto puede explicar la costumbre de cubrir los espejos, o ponerlos de cara a la pared, en determinadas situaciones, en especial cuando alguien muere en las casas. También puede absorver al enemigo mediante una fácil estratagema que ya hemos probado. Pero una vez conocido el adversario, tan temido por los que huyen, hemos quedado sorprendidos. Ellos no lo estarán menos cuando se vean.

A casi todos los recién venidos les sucede lo mismo, ya que están al otro lado, y allá encuentran una réplica de aquí, pues creen que están vivos. Siempre se tendrá que conocer de qué lado se está y saber mirar en el espejo. Es lo más importante para conocerse a uno mismo.

Y no diremos mucho más, por tener hecho juramento sodálico, que se castiga, invariablemente, con la muerte.

Leo este texto de derecha a izquierda. Multiplicar el mundo como acto. Est e rostro que mira y es mirado. Sigo leyendo al revés y con dificultad, me entretiene en esta tarde en que todos han llegado ya. Mañana debemos mostrárselo. No se puede demorar más el conocimiento. Quedará esta guía para mirar el espejo, que a todos servirá, al que huye a la busca, sobre todo.

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