I CARICATO Y LOS DEMÁS DEL ÉXODO

Fugitivo por su fatal destino.
VIRGILIO

Amanecieron temprano aquel día. El autostop estaba jodido en aquel tiempo horrible. Pero el enemigo se acercaba y era la única forma de escape. Se les paró un señor, gurripato para más señas. Con pintas de mohoso y maloliente. Montaron los tres en el coche, que emprendió una rápida fuga. Fue providencial, pues si hubiese parado minutos después hubiera sido catastrófico. El enemigo tomó el pueblo al rato. Los hubiese pillado y aplastado sin piedad. La mano de Caricato, haciendo la puñeta, con su dedo pulgar rígido, fue la mano de Dios. Esto del autostop salva vidas. Ya había pasado todo y huían no se sabe a donde. Nunca se vio la providencial mano de Dios mediar en un momento de peligro tan bien como lo hizo en este caso. Se portó. Desde aquel día se cree más en la mano de Dios. Aunque esté representada en la de Caricato. El cariño es el mismo. No importa que estuviera haciendo la puñeta y con el dedo pulgar enhiesto. Una higa de la suerte.

Caricato sólo cogió dos libras de chocolate y algunos pedazos de pan, un afilalápices y algún lapicero, un cortauñas y media botella de naranjada con burbujas. Saxolfeo tocó una linda melodía con su acordeón para celebrar la providencial, inusitada, oportuna intervención de Dios en su huida. Los demás tararearon mentalmente, en cascada psíquica musical, la cancioncilla. Todo no era más que argucia para simular la terrible atribulación que acongojaba sus almas. Otra vez a danzar de acá para allá huyendo del enemigo. Otra vez a vivir al día. Guerra, aventura, peripecias inconfesables. Aquello sería como jugar al truque, ese inevitable juego infantil que consiste en volver a empezar. Iniciático truque. Peligros innumerables, en manera alguna peripatéticos y menos aún periándricos. La más terrible de todas. Ser fugitivo. O creerse fugitivo para corretear ciudades, pueblos, campos, aldeas, cortijos, mentes, cuerpos, árboles, grutas, chominos, casas, torres, castillos, libros, historias e incluso los caminos de Dios, ese Dios siempre dispuesto a ayudar, al buen Dios, gracias, como diría la Diabla.

El conductor benevolente que se dignó cogerlos, salvándoles de una inmediata y terrible destrucción por parte del enemigo, estaba ebrio. Borracho conducía a una vertiginosa velocidad, centelleante velocidad. Era un buen automóvil. Cuando el conductor se paró, pareció adivinar que iban huyendo, pues ni preguntó a donde se dirigían, ni ellos se dignaron decírselo.

Telesforo, que era peluquero, se había llevado sus tijeras y un peine, una brocha de afeitar y la navaja. Todo ello iba bien guardado en un estuche de plástico con otras cosas que nunca se revelaron a la luz pública. La precipitación no les permitió coger otros utensilios más necesarios para enfrentarse al enemigo. Se iban con lo puesto.

La carretera era recta, pocas curvas, aunque el piso estaba en buen estado. Llevaban recorridos cerca de cien kilómetros desde que les cogió el eficaz piloto de carreras que conducía el bólido. Saxolfeo les había deleitado con su acordeón y casi agotó el repertorio chalanesco de popurrís situacionales, o sea, habíanse acabado las tonadillas que en estos casos precisos suelen entonarse para solaz y beneplácito de los viajeros. Caricato había pedido papel al chófer y éste le regaló un cuadernillo. Apresuradamente y con letra pequeña y apretada anotó en él las peripecias de lo que parecía ser el primer día de campaña. Caricato sería algo así como el cronista del segundo acecho del enemigo. Tenía letra distinta y clara, aunque adolecía de múltiples faltas de ortografía y puntuación. Por eso cuando el cura lo bautizó le puso Caricato. Le regaló un lápiz mágico que nunca usó, aunque lo llevaba siempre colgado al cuello como el apuntador de un teatro. Era primavera, todo verde con flores al lado de la carretera; pero se veía envuelto en una torrencial lluvia gris interior en el alma de ellos bajo la tácita amenaza del enemigo, que seguramente les seguía los pasos. Con ése nunca se sabe y es difícil pronosticar resultados o planear ocasionales escapes. Siempre se dan cuanta que pisa sus pisadas. Todavía no sabían el punto de reunión con todos los miembros. El Mitra y La Cañon habían estado esta vez papando moscas. Confiaban en su recuperación, en caso de no haber sido apresados por el enemigo. Estaban, desorientados, desconcertados, como nacidos a la vida. Se habían caído de un árbol. Caricato se ajustó las gafas y siguió con sus consideraciones metafísicas. La crónica de la huida no intentaba ser, en manera alguna, objetiva, bueno, que no intentaba estar redactada de esa manera pelandusca que llaman, con empacho de búho rastrojero, objetiva.

Un camión se les interpuso en el camino. Se aminoró la velocidad del vehículo pidiendo paso. Una robusta mano apareció, ¿otra vez la ubicua mano de Dios?, como abofeteando el aire o remando, desde la cabina donde se presuponía que iba el camionero. Aceleró deportivamente, ronroneando el motor. Un silvestre pitido agradeció el gesto que fue respondido por un bocinazo que les hizo un revoltijo en las tripas. Tan angustiados estaban. Es que aquello de pensar que sólo por unos breves minutos no habían sido presas del enemigo excitaba sus ánimos. Saxolfeo tocó en aquellos momentos la melodía del Lago de los Cisnes, en versión muy particular e irreconocible, inspirado por el vuelo sobresaltado de algunas gallináceas que picoteaban hierba al lado de la carretera. El ebrio conductor ofreció cigarrillos a los tres para calmar ánimos. Después se enteraron de que también huía del enemigo y que se llamaba Agusa. Era padre de familia. Dos niños y una hijita sordomuda que se llamaba Talita. También les ofreció chicles y algunos tranquilizantes que llevaba. Aceleró el vehículo y subió ágil una pronunciada pendiente de la carretera. En la bajada sintieron todos un repentino cosquilleo en el bajo vientre, esa presión en las sienes que se nota al bajar. Bajar a alta velocidad una cuesta. Les alegró el ánimo ligeramente y disipó sus dudas. Caricato, Saxolfeo y Telesforo no tenían noticias de un tal Agusa que también estaba conminado a huir.

La verdad es que hacía bastante tiempo que gozaban de tranquilidad. No habían recibido la noticia de que un nuevo miembro, Agusa, estaba en el grupo. Es que El Mitra y La Cañon eran unos irresponsables o estaban todo el tiempo haciendo porquerías. Sí, sería eso. Mejor no pensar otra cosa. Si se ponen a pensar que habían sido apresados, torturados cruelmente como sólo el enemigo solía hacerlo y quizás asesinados inmisericordemente, era peor. Mejor suponerse que habían abandonado negligentemente sus tareas informativas. El acordeón emitía un sonido semejante a la música de Vivaldi llamada primaveral. A todos se les ocurrió pensar en el Entierro del Conde de Orgaz, del Greco. Pero ese embeleso se sobresaltó de nuevo y buscaron mentalmente algún entretenimiento más lógico. Charlar como amigos o jugar al ajedrez. Pero no podían. Se les agolpaba la tensión en el meollo de sus cerebros. Las curvas se intensificaban a derecha e izquierda y el peligro de precipitarse por las laderas de la carretera crecía. Redujo velocidad y recordó a su mujer. No sería molestada por el enemigo. Además había perdido todos sus encantos. No había cuidado. Lo que temía era por su colección de sellos. No, no era un inmoral, ni pretendía hacer un chiste. Ni un cínico. Cuidado. Un frenazo hendió el aire con un chasquido como de látigo. Todos se crisparon. Caricato pensó en lo terrible que sería que todo el territorio estuviese ocupado por el enemigo. No era probable. Siempre avanzaba desde el sur, y ellos venían de allá, donde lo habían visto. No era tampoco posible que les hubiese adelantado a pesar de contar con material más rápido. Al borde de la carretera vieron a un chaval con mochila que les hizo amagos para que pararan. No lo hicieron y vieron las gesticulaciones del muchacho diciéndoles incluso blasfemias que nunca oyeron. Se sintieron más cohibidos. Pero no era posible que aquel mozo huyera. En ese caso le hubiesen hecho un hueco. Aunque perdieran velocidad y comodidad. Todo sea por el bien de la causa. Para alegrar a los fugitivos Saxolfeo tocó primorosamente un vals. A todos obnubiló con su preciosa melodía. Luego un tango, aquel que dice: Adiós muchachos, compañeros de mi vida,... Saxolfeo era un ilustre músico que huía del enemigo sin saber a ciencia cierta por qué lo hacía. Había llegado, a través del esfuerzo y de la técnica, a ser uno de los mejores tocadores de acordeón del mundo. Estudió en un Real Conservatorio y era admirado y querido. A lo menos eso creía hasta que apareció el enemigo. El coche zumbaba a más de cien por hora. Contaban chistes y a Saxolfeo se le ocurrió tocar una fuga. Caricato terminó sus anotaciones, en el cuaderno, por el momento. Llegada la noche haría examen de conciencia. La noche parece prometer siempre tranquilidad y paz, propiciar a la meditación y al análisis detenido. Pero hay un cántico espiritual que dice:
La noche, el caos, el terror,
cuanto a las sombras pertenece
siente que el alba de oro crece
y está más próximo el Señor.
Caricato prefirió no hacer caso a esta cantinela frailuna que gorjean en laudes los habitantes monacales. Miles de aventuras les esperaban. Acción, hambre, penurias, cambalacheos entre bastidores. Pero lo más peligroso es que en todo aquello se jugaban la cabeza, la mente, la cordura, el tipo o varios miles de cantidades de dinero. Era terrible, y Telesforo sacó un caramelo de fresa de su estuche de plástico. Esto le recordó a su primer amor de juventud, que nunca se olvida. Entre los aventureros también se dan los amoríos fugaces. Aquellos de estar con ella y tener que huir por la ventana en ropas menores porque el enemigo quiere descerrajar las puertas. Huir campo a través, hacer autostop para acabar no se sabe en qué sitio. El enemigo era cruel. El acordeón calló y el conductor puso la radio en funcionamiento. Transmitió noticias falsas y sin interés. El enemigo avanzaba hacia el norte; pero no dio datos de la situación aproximada. El automóvil se vio acelerado. Había destruido varias ciudades. No se precisó cuales. El desconcierto se intensificó. Aunque un cierto alivio les corrió por la médula espinal, enterneciendo su rígido ánimo. Después de una breve pausa musical, una melodiosa voz femenina volvió a hablar del enemigo. Esta vez diciendo que tenía tomado casi todo el territorio. Obvio parecía pensar que la alternativa que se fraguaba era la guerrilla. El adversario estaba en todas partes. Pero ellos huían velozmente. La esperanza no se pierde. Podría ser una argucia de la emisora tomada, para equivocar, despistar y aterrorizar a los que huían. Pudiera ser que ni siquiera hubiese ocupado una cuarta parte del territorio. De seguro que era una hábil maniobra mentirosa de esa locutora de voz de ratita simpática. Pero ellos no picarían. Se crecieron en su interior y decidieron no morder el anzuelo. Sería un error. No lo harían. Sería un yerro propio de novatos, de palurdos. Saxolfeo tocó en el acordeón una alegre música de circo, callando la voz de la grácil locutora que informaba acerca de los resultados de la jornada futbolística. Con más motivo para pensar que mentía. A él, al enemigo, no le gustaba el fútbol. Mandaron callar a Saxolfeo y cambiaron a una frecuencia modulada en la radio, que ofrecía música de continuo.
Muchachos, conviene, en caso de ser cierto lo que dice la radio, vigilar atentamente por si vemos indicios del enemigo dijo Caricato, volviendo de nuevo a anotar en el cuaderno sus observaciones. Su voz había sonado hueca y como sin vida, llena de miedos.

A lo lejos vieron las primeras casas de un pueblo grande. Era ya la una y media de la tarde y con las precipitaciones no habían comido. El hambre recordada les hizo olvidar, momentáneamente, sus miedos. Miraron y remiraron para ver si veían indicios del contrario en el pueblo; pero estos no aparecían. Se pararon junto a un bar de la ruta. Aparcaron el auto de forma que se pudiera poner en fuga sin estorbos, en caso de tener que huir por la inmimente presencia del enemigo.

En la puerta un viejo vendía labores de tabaco y cerillas a los clientes del bar. Compraron por nerviosismo. Le preguntaron si había visto a su rival y el viejo, poniendo cara de circunstancia, con voz como de cachondeo, les dijo que aún no. Pero que vendría. A uno de ellos le entró hipo, no habiendo comido. Penetraron en el establecimiento, que tenía amplios ventanales para ver si venía la acechanza adversa. Saxolfeo echó unas monedas en una máquina tragaperras. Los demás se sentaron a una mesa. Pidieron ocho bocadillos variados, varias jarras de cerveza. Comieron apetitosamente. El local no estaba muy concurrido, pero la asistencia era intachable. Buen servicio. Alguno pidió bicarbonato. Sabido es que la continua preocupación favorece los desajustes estomacales. Alguno también visitó el mingitorio. Luego tomaron café con leche. Se bebieron copas de coñac. Compraron ron, vino fino, champán. Pagaron dando más dinero de la cuenta al dueño del bar para que no hablara y, sigilosamente, subieron al coche, partiendo de nuevo en dirección al norte. Al rato Telesforo recordó el olvido del tabaco encima de la mesa del bar, el mechero y unas monedas. No volvieron a recogerlos.

Parloteaban alegremente. Saxolfeo, cansado y somnoliento por la comida, no volvió a tocar el acordeón, dejándolo arrumbado momentáneamente. Telesforo se lamentaba de sus pérdidas. Caricato disertó un cuarto de hora sobre las propiedades del bicarbonato. El enemigo parecía olvidado. La vida les sonreía en este día, o, al menos, en aquellos momentos. El conductor les ofreció unos cigarrillos ingleses de tabaco rubio. Ahora el día sí parecía sonrientemente primaveral. Vieron de nuevo a una mujer joven que les hacía autostop. No pararon, arremetiendo el corte de manga de la deslenguada autostopista. Mierda de mujeres de coño ancho y mente estrecha, pensó Telesforo. Sacó un espejito de su estuche de plástico y se regodeó de su carita de ángel recién aparecido a Jacob. Era una preciosidad. Nada de narcisismo. Es que uno es peluquero. Pero el enemigo parecía lejos de su conciencia. Parecía haberse ido, vencido por aquellas montañas pegando tiros con una caña, como dicen los chavales en sus juegos.

Abundaban los inmensos carteles publicitarios a ambos lados de la carretera. Ahora se había hecho más ancha y con el piso en mejor estado. El auto volaba literalmente, como con muchas prisas, con demasiadas prisas. Aquello parecía una fugaz ambulancia con crónicos enfermos que son esperados en cualquier hospital. Caricato recordaba que, a pesar de las prisas, no había olvidado a su muñeca hinchable que llevaba junto al chocolate y el pan en su bolsa de plástico. Sin ella se le hacía difícil su existencia, su angustia existencial, aunque jamás había tenido náuseas. Era un modelo importado de Japón de la mejor calidad. Tenía un parche en el dedo gordo del pie derecho. El agujero se lo produjo en un momento de furor. Menos mal que tenía arreglo. El parche se le puso él, sin necesidad de tener que ir a ningún taller de recauchutados. La muñeca hinchable era su delicia nocturna. El enemigo jamás había logrado arrebatársela. ¡Qué lo intentara! ¡Se las vería con él! Sabía que era insustituible. Cuando más disfrutaba con ella era cuando le insuflaba aire, que era cuando le daba vida de su vida. Y en el colegio le dijeron que el anhídrido carbónico y el vapor de agua de la respiración no servían al hombre para vivir y respirar, ¡mentira! Desde luego era mejor que una mujer. Con más sentimientos incluso. El Mitra se la escondió cierta vez y tuvo con él una reyerta, en la que le produjo en la cara una cicatriz de un navajazo. Después se arrepintió.
No vayamos a pensar que son locos. No, no son locos. Ni ladrones o macarras, ni gamberros.

El auto seguía tragando kilómetros tras kilómetros. Llevaba ya mucho tiempo en su huida. Esta era la segunda fuga precipitada que tenían. Sería recordada en la historia.

Caricato gustaba evocar, con tierno cariño, lo que dejaba atrás. Su pueblo, sus gentes. Todo en manos del enemigo. Del cruel, del malvado. Esta vez ni siquiera podría volver. ¡Quién sabe! ¡Oh, atroz vida! La vida es más dura de lo que pretenden creer los cretinos. Es como el cristal, dura y frágil. Pero para ellos, por eso mismo, merece la pena vivirse. Aman la aventura, la peripecia, el recorrido, el juego infantil llamado truque, haciéndolo adulto y agigantando su envergadura. Por eso huían. Pero también para salvar el pellejo y la mente.
¡El enemigo existe! gritó Saxolfeo, dando un trompetazo en los oídos de los otros tres.

El conductor asustado aminoró la velocidad. Se paró en seco. Todos se miraron con miedo, con pánico. A Telesforo le repitió el chorizo; dio un erupto. Todos palidecieron. La presencia del enemigo se olía dentro del automóvil.
Arranca, ¡deprisa, Agusa! ¡Arranca! Caricato se atragantó con estas palabras.

Agusa recordó a sus niños. Aceleró vertiginosamente y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. La vida era una fugaz aventurilla donde lo trágico y lo cómico se sonríen mutuamente.
-Nos estamos quedando sin gasolina.
-Ahora viene una gasolinera.
-Sí, ¡allí, allí!
-Allí, ¿qué?
-Llenaremos.

A unos quinientos metros de la gasolinera pararon. No se veía ni rastro de ese ubicuo y prolífico enemigo. Se acercó el coche sigilosamente. Salió el empleado que les llenó el depósito. Alegremente el coche partió de nuevo. Todos parecían, de momento, muy alegres. Saxolfeo se peyó y olía a rayos y truenos. Abrieron todas las ventanillas y el conductor aceleró brevemente. Se abrió una botella de coñac que pasó de mano en mano. Todos se sintieron reconfortados, tranquilos. Un ciclista estuvo a punto de ser atropellado. A lo lejos unos labradores realizaban sus faenas. Caricato tomaba nuevas notas. Telesforo tuvo un furtivo ataque de risa. Recordó que llevaba colonia de la mejor calidad en su estuche de plástico y no la había sacado para aspergiar por el coche y evitar los malos olores provenientes de los intestinos. Alguien tuvo hambre y sacó uno de los bocadillos, comprado para tal efecto, y comenzó a zampárselo tranquilamente. Ahora se cruzaban con bastantes coches que venían no se sabe de donde. Seguro que aquellos no temían al enemigo. Es más, serían sus colaboradores. Habría que tener cuidado. No fiarse de nadie.

Bueno, su mujer no tenía grandes atractivos; pero entre el enemigo había desaprensivos. Recordaba su primer amor, por llamarlo de alguna manera. Fue sexual. Él tenía unos catorce años, ella trece. Pero no le cabía por mucho que lo intentó. Y eso que no la tenía muy grande, al menos eso pensaba. Aquella noche pasada, follando con su mujer, recordó lo de: “Allí enanos azules se follan a las nubes”. No era tan bajo como un enano; pero, a veces, las nubes toman formas caprichosas de mujeres desnudas, aunque todas suelen ser orondas hembras barrocas. Él no las desprecia, al contrario, le gustan. Esas mujeres carnosas, sin proporciones desgarbadas ni de carnes pachuchas, proporcionadas, exuberantes; pero no de la exuberancia de mulatas tropicales, sino de carnes blancas, sonrosadas todas ellas, de pelos sedosos y rubios, trenzados en moños deshilachados con gracejo, que parece que se acaban de levantar del lecho después de una noche ajetreada; pero no perturbada por el macho, sino por el sueño de un voraz macho. Esas mujeres del diez y siete que, aunque tirando ya a maduras, parecen, sin embargo, vírgenes que te esperan en su mullido lecho con unos voraces entresijos que te absuelven, absorviéndote, todo entero. El conductor aceleró apretando su pierna en el acelerador. Un coche había que saberlo montar como a una hembra y como a un caballo.

No podían disimular que su situación era difícil. Se hallaban desconectados de las informaciones de El Mitra y La Cañon. Con inevitables sospechas hacia todas las gentes. No obstante, y a pesar de todo, había que salir del atolladero como hombres valerosos y no abandonarse a la desesperación: Había que buscar el modo de salvarse; y si fuera posible disponerse a morir con valentía. Pero que jamás el enemigo pusiera la mano encima mientras estuvieran vivos. Estaban seguros de que padecerían los peores tormentos y torturas que pudieran imaginar.

Caricato, con su mediana edad, ni joven ni adulto, se regodeaba volviendo a pensar en su hinchable muñeca. Salvadora de todos los naufragios. Proverbial barquilla aún no rota entre peñascos. Tenía estudios universitarios, una vida estable, era bien parecido. Pero el enemigo le perseguía. Seguro que por envidia. Sí, pura y recomiente envidia. Pecado internacional. Miró el reloj y lo maldijo por comer las horas, minutos y segundos. Después miró el espacio casi infinito, a la materia corruptible y titánica. ¿Quién nos librará del tiempo?, ¿quién? Ya no se cree en Zeus.

Saxolfeo cambió de instrumento y un saxo alegró, nostálgico, el interior del coche. Había formado parte de varios grupos musicales. Lo que más le gustaba era tocar jazz. Ese jazz nacido en un barrio de putas de Nueva Orleans y que se refiere al hecho del fornicio, sus juegos y arrebatos. Semejaba al mundo colándose por un filtro, al igual que el café. Era la sensación que mejor se lo definía. Imagínense que todas los casas, los coches, las carreteras serpeantes del mundo, los caminos, las montañas y las mariposas se cuelan por un gigantesco filtro que pende de la mano de Dios, ¡oh, la mano de Dios! Eso le recordaba el jazz. Tocó siempre con el saxo. Aunque cierta vez que fue hombreorquesta interpretó más de diez y siete instrumentos distintos para asombro de la concurrencia. Era en otra época. Ahora estaba ya viejo. Los tiempos no perdonan y ya no se cree en Zeus. Telesforo le puso la mano en la boca del instrumento y él se cagó en su madre; pero no lo dijo. La música era lo mejor que la vida le había dado. Se hacía una barroca voluta cuando interpretaba jazz. Una espiral flotante más entre miles de materias que se suspendían y se iban filtrando, rápidas y armoniosas, por el aspirador para salir por la parte opuesta y seguir flotando para volver a filtrarse y seguir flotando ajenas a la gravedad, con ritmo, para seguir filtrándose...

El chófer ofreció cigarrillos. Anunció una parada para mear y para estirar las patas un poco. Aquello se hacía aburrido. Pararon en lo alto de un puerto por donde avanzaba la carretera. Abajo se veía un amplio valle sin indicios de guerra ni ocupación. A lo lejos, muy al fondo, les pareció divisar un globo, incluso con sus viajeros. Telesforo sacó de su estuche de plástico unos prismáticos y los enfocó. Efectivamente, aquel globo llevaba pasajeros. Era la primera vez que lo veían y les pareció raro y mágico. Pero se iba perdiendo de vista en la inmensa llanura, entre la grisácea y cenicienta lejanía. Se perdió. Caricato arrancó hinojos tiernos que comieron con fruición. El conductor descorchó una botella de champán. Se bebió a la salud de cada uno y hubo momentos de inusitada felicidad. Montaron en el auto y se pusieron de nuevo en marcha, bajando alegremente el puerto. Fue una de las bajadas más cachondas en una larga vida de viajar en automóvil. Verdaderamente embriagador, embriagador. Los pinos se escalonaban en la pendiente hasta el valle. Era un primor. Lo más primoroso que hallamos visto. Todavía más. Los pájaros de todas las especies, de alguna especie, se nos cruzaban aquí y allá. Era un auténtico placer. Aquella bajada fue un verdadero orgasmo. El coche se portaba bien, muy bien. Como nunca. Todos se divirtieron mucho. Al bajar ya a la llanura abrieron una botella de champán para celebrarlo. Se bebió a la salud de todos. En la bajada, ya en el llano, vieron a una pareja de motoristas del servicio de trafico ordenado y decidieron guardar las formas. No aparentar ni que estaban borrachos y mucho menos que huían del enemigo. Aquello hubiese sido su perdición. Así que al verlos desde lejos cada uno adoptó una postura de persona consecuente y digna, bastante acorde con la normalidad. Caricato sacó chocolate que repartió entre todos, pues era hora de la merienda. Decentemente pasaron ante los guardias comiendo pan con chocolate, Todo parecía normal. A los del trafico ordenado les molestó el mal gusto, la vulgaridad sorprendente, que ni siquiera mascullaron nada. ¿Por qué habría que hacerlo? Era lo mandado.

La llanura se les ofrecía con sus casitas desperdigadas acá y allá, por aquí y por allí. Como un encanto de maqueta campestre. Una maravilla. Seguramente en ella harían noche. Apartados en cualquier lado del camino. Como en la primera huida precipitada. De aquella otra huida salieron bien; pues tras dos años de persecución férrea el enemigo se dispersó, disipándose luego. Pero ahora volvía rehecho, fuerte y firme. Unificado, engrandecido, campando con entera libertad detrás de ellos. Esta vez, de seguro, les daba alcance. Mejor no acordarse de todo ese cuento, de toda esa fea historia que acechaba a sus espaldas, que no les daba respiro. El adversario, el terrible contrincante de todos. Caricato se revolvió en su asiento mirando acá y allá. Preguntó por el globo que vieron desde la cima, que se había alejado sin ser advertido.

Entre unas cosas y otras llegó la noche. Los faros del automóvil se encendieron y el tráfico en la carretera se hizo menor, disminuyendo bastante los camiones y autos que se cruzaban. Abundaron los ciclistas con boina y los ciclomotores zumbantes y con azadones en las alforjas. Pero se apaciguaron mucho los ánimos, pues el enemigo de noche no atacaba y es un tanto que salían ganando.

El conductor era calvo. Lo mostró al quitarse la gorra de pana negra que llevaba, lo que le daba un aire entre chulo de putas y piobarojiano, por la barba, el bigote y los ojos ojerosos que tenía. Más bien era un alcohólico. Ya estarían bastante lejos del pueblo. El enemigo quedaba muy detrás. O debería quedarse muy atrasado. El Mitra y La Cañon seguían sin dar señales de vida. Esa maldita inválida de La Cañon. Con su silla de ruedas verdes. Seguro que había pactado con el enemigo la destrucción de todos los miembros. Seguro. Era una terrible arpía. ¡Cuánta desconfianza, Dios! ¡Cuántos presentimientos infundados! ¡Maldita coja! ¿Y El Mitra? seguro que había muerto envenenado por La Cañon. Porque de El Mitra era imposible esperar el desamparo y la defección. Era un fiel como hay pocos. Si hubiese habido traición sería necesario nombrar un jefe. Pues desde luego era la mayor estupidez que no tuviesen un jefe, ni incluso un ruin secretario. Aunque se hablaba entre ellos de que existía una organización paralela que era la que realmente los movía. Pero nunca se preocuparon por descubrirla. Además, ¿para qué? ¡Y qué angustia, madre! ¡Qué miedos! ¡Qué fobias! Sería mejor actuar. Sí, mejor. Mejor olvidar. Ser prácticos.

Socráticamente prácticos. Pero, ¿para qué suicidarse? Todavía no sabían si en enemigo quería verdaderamente sus muertes. Era una presunción apresurada. Será un error quitarse la vida antes de cerciorarse si realmente quería matarlos. Desde luego, de saberlo seguro, tendrán al menos, la posibilidad de elegir la muerte. De que forma y manera morirían., o querían morir. Todavía recuerdan, con dejes de angustias y remordimientos, la broma macabra que gastaron a Lolino do Santos Galván, al que llamaban Tete, el día de los Santos Inocentes. Ese mismo día, Lolino recibió una llamada telefónica anónima donde se le decía que el enemigo ocupaba todo el territorio. Para tal ocupación había desplegado una gran actividad la noche anterior para celebrar la fiesta de Navidad. Pedía su muerte y lo emplazaba para entregarse en tres días. De lo contrario sería prendido y pasado por las armas, sin compasión. Lolino vagabundeó tres días, con insomnio nocturno, por todo el pueblo. Antes de empezar el nuevo año, y como para llevar la contraria a Cristo, Lolino apareció colgado de una encina. Todos se arrepintieron de la broma y tomaron aquello como una terrible premonición que se cernía damoclinianamente. De nada sirvieron las ofrendas a Lolino do Santos Galván, de nada. Su sangre se esparciría sobre las cabezas y pies de todos los culpables. El enemigo reiría en las tinieblas. Serían prudentes, pues merodearía rugiente como león buscando a quien devorar, era mejor estar firme en la fe de la vida. Caricato se entretenía en cortarse las uñas, mientras los otros discutían sobre la forma de pasar la noche. El conductor había guardado en el maletero del auto, prudentemente, cuatro sacos de dormir que podían dar el apaño. Se apartarían a un lado de la carretera, tenderían dos mantas sobre la hierba y se acostarían en los sacos. Era lo más conveniente. Estaban muy cansados. Sobre todo el conductor. Se había tomado dos tabletas de cafeína, para mantenerse despierto, equivalentes a veinte tazas de café bien cargado. Pararon en un lugar que parecía adecuado. Con los faros del coche alumbraron buscando el sitio ideal. Se adentraron por un camino y pararon donde la hierba era más mullida. Se detuvo el motor del coche y bajaron. Ayudados por la luz de una linterna extendieron las dos mantas, después de ver la idoneidad del terreno para acostarse. Tendieron los sacos y cada uno se introdujo en el suyo sin apenas desvestirse. Caricato se hizo con la linterna y en el cuaderno revisó la jornada que no ofrecía nada particular. Anotó algo más, poco más. Apenas algunas observaciones sobre el tiempo, el estado físico del personal, sus ánimos, inquietudes y aspiraciones. Aquello no parecía muy útil en tales circunstancias; pero todo ayudaba. El conductor repartió una manzana para cada uno y, después de comérselas, todos parecían dormir. Un aparente sueño apacible les inundó como por encanto. Realmente nadie dormía. No era noche de sueño. Era una larga noche triste metidos en sacos de dormir. La más feroz noche oscura del alma. Ninguno quería soñar con el enemigo. No era noche de retirada a ningún sitio, ni aun al maravilloso, obnubilante reino de los sueños. Saxolfeo se metió en el oído el pequeño auricular de su transistor, conectando una emisora donde casi toda la noche ponían jazz. Música, eso era toda su vida. Incluso su sueño. No se dormiría. La noche más larga del mundo. ¿Cómo no oír todos lo ruidos noctámbulos del campo? Grillos, cucarachas, chicharras, moscardones, búhos, otros ruidos corrientes de tales sitios en tales épocas.

Telesforo puso su pensamiento en su niñez. Pero se aburrió y decidió pensar en otra cosa. Oyó a su lado que insuflaban no se sabe qué. Eran soplidos acompasados, como de alguien que infla un flotador. Como el que insufla aire con cariño, con aprecio, con amor. No un náufrago hinchando su balsa, sino como un angustioso desesperado inflando su nocturna salvación. La noctámbula salvación. Caricato dio un gemido de bienestar y beneplácito. El insuflador dejó de expeler aire amoroso de sus pulmones. Se oyeron furtivos besos, apasionados, besitos dados uno a uno con suave efusión. ¡Qué delicados! El oído se había vuelto vista viendo una interesante película. ¿Será una aguerrida pastora de estos campos? ¿Será una furtiva doncella que Caricato, ladinamente, escondió en una de las paradas, en un recóndito lugar del auto? Telesforo temía volverse. Pero no deseaba otra cosa en aquellos momentos. Un sobeo audible le llegó ampliado a sus tímpanos. Quejidos amorosos de Caricato. No oía a la otra, a la presunta aguerrida campesina o a la escondida doncella. Pensó entonces que el amor hace olvidar todas las penurias, todos los sinsabores, todos los males. No quería volverse. No pretendía interrumpir. Hubiese sido de mal gusto. De muy mal gusto. De pésimo gusto. No sería educado. Así que permaneció como estaba, aunque se hallaba a disgusto. Pretendió olvidar todo. Quizás eran alucinaciones. No era posible. No podía ser. Algo inaudito. ¡Vaya que sí! El peleón día pasado, los miedos, la continua amenaza, habían hecho sus efectos. Alucinaciones sin cuento parecían burlarse de él. Del pobre peluquero Telesforo. Se aferró con cariño a su estuche de plástico. Lo abrió y sacó unos comprimidos de sustancias relajantes y tranquilizantes y se tomó dos. También se hizo con un buen trozo de algodón y se tapó los oídos. Sería lo mejor. Porque ahora se oían chupetones. ¿Y si Caricato y algunos de los otros fuesen maricas? ¿Incluso los tres? Pues que hasta ahora no lo sabría. Lo cierto es que le parecía imposible. ¡Qué no! Un codazo lo hizo ponerse a más distancia de Caricato; pero continuó sin volver la cara. Era cuestión de educación. No había nada que temer. Quizás alucinaciones. No era cuestión de divagar. Los héroes no divagan. Los héroes, cuando es de noche, duermen. De día luchan con el enemigo, si sus fuerzas lo permiten, si no, se baten en honrosa retirada. Lo malo de ello es que a veces de noche se ha de continuar luchando con el enemigo a pesar de todos los pesares. Y esto es evitable mediante somníferos, o bien se tocan las maracas. Pero con las maracas interrumpiría el merecido descanso de los compañeros. Optó por el mejor de los caminos. También era cuestión de hacer caso omiso a la alucinación en ataque. No inmutarse, incluso reír. Pero ya tomó las píldoras. Se durmió acariciando el plástico de su cajita mágica. No lograba concentrarse en el sueño, ni el se durmió consiguió el objetivo. Estaba desvelado. Los narcóticos no surtían su deseado, apetecible efecto. Sólo quedaba la alternativa de no hacer caso a la alucinación. Pero, ¿quizás fuese una alucinación que no pudiese dormir? Posiblemente; pero no era el momento adecuado de consultarlo. Además, ¿a quién? Todos parecían roncar. Él no los escuchaba, se los imaginaba. Su imaginación era de una realidad rayana en lo rastrero, en lo obvio, en lo posible. Los héroes son quienes comprueban en su carne la auténtica dureza de la vida. Esa fácil frase que asegura que la vida es dura no la expresa. Para quien lo sabe es inexpresable y mejor no pensar en ello. Sí, mejor callar prudentemente, como corresponde a los héroes. Pero por esta acción no le darían medallas, ni le rendirían honores, ni cantarían los vates en su honor poemas para enardecer a la varonil juventud. Esa juventud desquiciada y desquiciante que pulula por el globo. Esa eterna juventud. Debe ser terrible ser eternamente joven y que la luna te visite cada noche en tu lecho. ¡Vaya un latazo! Si Dios diera esa gracia es mejor maldecirle. Pero los héroes no piensan en esas groserías por parte de cualquier dios. Los héroes son ellos dioses y no procede hablar de dioses. Es una incongruencia pensar un héroe en un dios. Los dioses no piensan en los héroes y Telesforo alucina. ¿Y el demonio? Nunca creyó en él. Pero ya era hora de que le tuviera fe. A estas alturas estaba lo suficientemente preparado. Sí, era mejor considerarlo. Oyó, aun a pesar de los tapones de algodón en los oídos, un salvaje rugido de placer. Pudo mirar esta vez; pero se mordió la lengua. Se encomendó al diablo y prefirió pensar en Felisa. Pero no procedía pensar en Felisa, era un desatino. Un craso error. Un yerro, evitable a todas luces. Ojos que no ven, corazón que no siente. Era lo mejor. Seguro que era lo mejor. Pero aquello lo tenía excitado y se había metido en aquel saco para dormir. Además era terriblemente lógico. Todo ello le cortocircuitaba sus entresijos racionales. No lo podía aguantar. Lo mejor es usar la razón. Pero ésta no podía responder a qué se ha de hacer en estos casos. ¡Qué martirio! Todo sea por el bien de la causa. Ese mentecato, ese gilipollas de Saxolfeo escuchando su radio era feliz, muy feliz. Seguro que veía filtrarse la alucinación por la criba y volver a salir multiplicada, al son de la trompeta y el piano. El contrabajo marcaría el ritmo de felicidad a que lo alucinado se filtraba. ¡Vaya idiotez! El tonto de Saxolfeo, del que todos se burlaban, era feliz. Seguro que el enemigo le subestimaba, incluso lo odiaba para la lucha. A él lo respetaría. Telesforo es un héroe, un ínclito héroe. Digno, oportuno, aguerrido. Saxolfeo era un trompetero mayor de una majestad cualquiera. De cualquier sitio. Él tenía una cajita mágica, Saxolfeo no. Se dio cuenta que odiaba a Saxolfeo, lo odiaba. ¡Cómo lo odiaba! Pensó en Felisa. Sus ojos, su boca, su culo, sus nalgas... Era una auténtica delicia. A su espalda Caricato seguía trajinándose no se sabe a quien. Prefería no mirar. Además era una alucinación. Seguro que sí. Lo mejor era no hacer caso, se repetía una y cien veces. Contó pelos, ovejas, enemigos, acordes de música; pero no se dormía o le parecía ser un visionario. Mejor era callar. No merece la pena seguir hablando. Se dio cuenta que no hablaba. Su aparato lógico se venía por los suelos, como torre herida por el rayo, al llegar la noche, por eso de la caída del sol, la depresión subsiguiente, siquiatra dixit, y todo lo demás. La noche, el caos, el terror. Era preferible pensar en las marionetas o en un buen partido de fútbol, con quiniela acertada. Lo mejor. Los héroes como él no tenían cabida en un terrible mundo como el actual, en el que no se permite la discrepancia, todos han de pensar igual, pensamiento clónico y único. Un mundo lleno de antihéroes, lleno de aire superfluo. Pretenden llamarse héroes cotidianos. Burda mentira, mentira vil que pretende creerse por todas partes. ¡Mierdosos de la leche! Nosotros sí somos esforzados héroes. Nuestra horoicidad supera en mucho a la de los pasados hombres y los del porvenir. Somos la flor y nata de la grey heroica. Nos cantarán en épicas composiciones. Nuestra vida inspirará a todos los artistas, músicos, pintores, poetas, escultores e incluso arquitectos, y también modistos. Las hazañas que realizamos irán de boca en boca, de bolsillo en bolsillo. El enemigo rabiará. ¿Que os creisteis, mediocres de mierda? Hoy no tenéis alternativa, el suicidio crece, el enemigo os asedia, os envuelve en papel de aluminio para conservar vuestra hedionda chapucería de la vida. Os embalsama en plásticos y venenos. Nosotros tenemos las agallas de huir del enemigo, del más fiero adversario que nos acogota. Sumisos os entregáis a él, incluso abomináis de vuestro idioma, que es vuestro ser más profundo, avergonzados, y habláis un idioma de idiotas, racista, amorfo, sin ser y con mucho tener, semejante a comer patatas cocidas sin adobo.

Saxolfeo se vio sorprendido en su audición musical por la grave noticia de que el enemigo tenía copado el camino. Esta vez no parecía ser una triquiñuela de la radio. Era cierto. Sólo había tomado las grandes ciudades y los pueblos importantes. Podían encontrar momentáneo refugio en los lugares de poca importancia en el mapa. Se le ocurrió decírselo a los demás. Pensó un momento y optó por callarse. Nuevamente la música continuaba. A su pesar se quitó el auricular; pero no se dormía. Un sueño profundo parecía chorrearle por todo el cuerpo, sin penetrar en su conciencia. Así estuvo hasta perder la noción del tiempo y del espacio.

La noche refrescó un poco, aunque fue agradable. El conductor pensaba en su mujer. No había cuidado. Era cuestión de no recordarla. Sí, sería mejor. Mucho mejor. Hacía poco menos de un mes que una carta firmada por un tal El Mitra había llegado por camino ajeno al oficial. En ella le avisaban de la amenaza que sufría. El enemigo no era precisado. Se le nombra de una forma amplia y general. Desde luego era la mejor forma. Aquello lo acongojó, acojonándolo. Por eso tenía todo dispuesto para huir, con los demás, al punto de confluencia, que todavía no sabían, donde se harían fuertes ante el enemigo. En ésa estaban. Caminando a encontrarse con los otros miembros huidizos. Parecía tener ya cierta pericia en el arte de la fuga, no precisamente musical; pero aún era un novato en los cavernosos interiores de su alma. Era una niño que corría del coco. Un coco que corría del enemigo, feroz lobo. Un caperucito de todos los colores del arcoiris.

Caricato mordía suavemente los frígidos y yertos labios. Un profundo beso le erizó los pelos, erotizándole el cuerpo. Se lo estaba pasando como nunca. ¡Cómo se lo pasaba! Habría que imaginárselo. Ello conllevaría un alto grado de especulación.

Caricato odiaba a los anglosajones por ser una raza maldita y condenada al racismo, al crimen y a toda barbarie. Él también era racista. Odiaba a casi todo lo existente del norte para arriba. Estaba loco. Rematadamente loco, preso de la locura. Era terrible su pensamiento en los tiempos que corren. ¡Vaya manía! Él admiraba las flores, el día que nació o los plásticos suaves. Esos suavísimos plásticos policromos, preciosos. Una visión le hizo abandonar el lecho muy a su pesar. Dejó la muñeca hinchable y se levantó como para mear. Pero el ángel le incitó a la pelea. Sin defensa de ningún tipo. Fue una lucha terrible, cruel, sin piedad. El ángel huyó al amanecer; pero él se quedó cojo. Jacobianamente rengo. ¿Quién o qué era ese ángel? ¿Cómo transcurrió la reyerta? Eso nunca lo sabremos. Tal vez a su debido tiempo. Tempore oportuno.

Celebraron la salida del sol con largos tragos de vino de Oporto, como merecía empezar cada jornada del mundo en todo tiempo y lugar. El conductor lo reservó expresamente para la ocasión. Luego, al darse cuenta de que estaban en medio de árboles frutales, en mitad de una plantación, comieron albaricoques, manzanas y peras, recogiendo dos grandes bolsas de plástico llenas de frutos, que metieron en el coche para comer en el camino. Saxolfeo desgajó un árbol, sosteniendo una fiera batalla con los pájaros, dejando en el campo de la contienda, despanzurradas, algo así como más de un millar, entre ellos varios buitres, tres águilas, veinte cernícalos y un número grande de distintas familias, especies y variedades. Las aves son idiotas, no saben, definitivamente. Acto seguido se desayunó tres gallinas, sacaron el coche del camino, tomaron de nuevo la bien pavimentada carretera y, sorteando charcos de sangre de los plumíferos, emprendieron nuevamente la fuga, atenazados por la proximidad del enemigo, que quizás aprovechando la noche habría avanzado, hasta situarse a pocos kilómetros de donde habían acampado. El conductor conectó la radio, que ofreció música alegre y matutina. Un tedio desconfiado invadió los valles de sus mentes. ¡Cómo les dolía la vida! Huyendo nuevamente como alma en poder de Lucifer. Seguían sin saber noticias de El Mitra y de La Cañon, esa arpía inválida. Sería cuestión de paciencia. Tampoco contactaban con Golimbrón, ni con Afanasol, ese chiflado ensoberbecido, ni con Baruch, tampoco con Zarrampla, la solución hecha fuerza. Pero la cuestión era saber cómo comunicarse con ellos. Lo demás era pan comido. No se les ocurría nada. Otra vez pararon en una gasolinera para llenar el depósito de combustible, previa vigilancia de que no estuviera tomada por el voraz acecho. Antes, Telesforo descalabró un cazador. Rápidamente con una sierra recortó los cañones de la escopeta. Se la metió al empleado entre ceja y ceja, sin disparar, y se ahorraron pagar la gasolina. Escaparon veloces por una carretera deslizable en grado sumo. Se rieron como locos. Todos callaron. Algo se interponía en el camino. De la pendiente que subía, en el lado derecho de la carretera, se había caído un gran tronco de árbol, que obstaculizaba la ruta. Telesforo sacó una segur de su estuche de plástico y descuartizó en media hora el tronco de pino. Partiendo, nuevamente, acelerando, para recuperar el tiempo, precioso tiempo, perdido inmisericordemente. Qué cochino era el tipo, ese Caricato cojo. Con su muñeca hinchable pasó toda la noche y él pensando que eran maricas. Telesforo se recortaba las uñas de los pies como podía, pues ya llegaban a molestarle. No sería capaz de hacer aquéllo. Joder con una muñeca de plástico era una asquerosidad. ¡Vaya gusto que tiene la gente! Él era un hombre de principios. Aunque no tuviese carácter de personaje bien delimitado, como casi todos querían aparentar con pelagateril teatrería. Y, señores, nadie tiene carácter, ni personalidad, ni característica de personaje en este mundo. Todo es pura ficción, pura pantomima, puro retortijón de risa y de dolor. Todo es mentira en el mundo actual, Estamos abocados a ser máquinas o rebaños. Una tercera vía parecía entreverse: la fugas de Bach, Juan Sebastián. Tantatatan, tantatatan, tantatatan, tirurí, tirurí, rurí, rurí, tantan... Todo lo que antaño era profundo había nacido de la desesperación y de la duda, dadá, dudú. La humanidad galopa, como un rebaño de ovejas, hacia la felicidad de la ignorancia. En nuestro país todo es mentira. No hay que escribir acerca de los hechos totalmente corrientes, se recomendaba. Caricato, pensativo, anotando en su cuadernillo la peripecia diaria. Lo esencial de la vida discurre en la locura, en la perversión inaudita, invicta, impalpable, inodora e insabora, cuya frontera es caos primitivo, en donde se realiza la creación del mundo proveniente del todo, para ir a la nada y reciclarse, para ir hacia el todo en un impreciso proceso consustancial con el éter. Caricato pensó, mohíno y difuso, en su hermano mayor. Basta de ese piojoso conocimiento de la vida, lo dejo a los que carecen de talento y espían la mediocridad sin aventura ni aliciente, sin sangre, y la reproducen con fruición. Todo ello porque Caricato había esquilmado la vida. Saxolfeo ritmaba dorremifasoles con la mano, meneando la cabeza con delicia subrepticia, pero adivinable.

Aquellos héroes estaban llamados a redimir, como corresponde a mesías, al mundo. Telesforo pensaba que un maldito onanista que adoraba los entresijos de una muñeca de plástico no podía ser un héroe. De ninguna de las maneras. Era una auténtica grosería. !Ni que estuviésemos en la detestable Grecia clásica! No estaba seguro; pero tenía sus barruntos. Un puritano consecuente como él tenía que ser fiel con su horoicidad. Muchos son los ladrados; pero pocos los que huyen y no hacen caso a los perros y les temen. Los más se atienen a eso de perro ladrador... ¡Tu puñetera! Ya estaban a muchos kilómetros del pueblo. A más de quinientos. Bueno, quizás no tantos; pero así andaría la cosa. Se acercaban a una ciudad, gran ciudad. Retrecheramente, aminoró la velocidad del auto. No había ni rastro del enemigo. Avanzó sin mucho miedo. La carretera se intrincaba por la población. Se adentraron en ella. Multitud de antenas de televisión en los tejados, en las azoteas de los bloques de pisos, en ventanas, en balcones. Caricato sacó el lápiz mágico y se rascó la cabeza. Todas las barras metálicas de las antenas televisivas se desprendieron, cayendo con gran ruido a las calles. Ellos aceleraron el auto espantados ante un ataque por sorpresa del enemigo, que nunca solía hacerlo de manera tan estrepitosa. Las gentes que paseaban por las calles huían espantadas, los automóviles indecisos, la guardia municipal se acojonó ante un imprevisto ataque de tribus, improbablemente extranjeras, se llamó a los bomberos, que se limitaron a mirar. Especulóse mucho acerca de esta lluvia de barras metálicas de aluminio y los posibles campos magnéticos de las antenas de televisión, con otros elementos y motores de la tecnología al uso. Como por artes mecánicas, las barras de aluminio se enroscaron, echando a rodar todas tras el vehículo del conductor Agusa. Formaban un estridente y curioso ruido que asustó a los perros y erizó el lomo de los gatos. Toda la gente quedó admirada de la tecnología y de sus adelantos, de su bienhechor progreso y juraron por una tranquilidad sin nombre. Porque, ya se sabe, más vale maña que ciencia. Caricato se espantó, maldiciendo. Se guardó el lápiz en el bolsillo. ¡Qué grandes cosas realiza la ciencia! Saxolfeo se soliviantó ante la avalancha estrepitosa de aros metálicos que rodeaban materialmente el automóvil. El chófer observó que las arandelas seguían puntualmente a la misma velocidad que iba el vehículo. Era maravilloso. Algo nunca visto. La novena y décima maravillas del mundo y de los mundos, la primera. ¡Cómo se progresaba! Telesforo sacó amenazante sus tijeras y el peine del estuche de plástico, temiendo alguna nueva treta del enemigo. Pero luego pensó, pensó... Dio un brinco eufórico. Su cerebro era un hábil relámpago. Aquellos aros parecían cortejar al coche. Los aprovecharían para beneficio propio. El canto de una lejana sirena policíaca les conminó a parar. Lo hicieron y un simpático agente les impuso una breve sanción por exceso de velocidad en el casco urbano. Los aros tendidos en el suelo ordenadamente, largas y venturosas, enroscadas filas, parecían esperar órdenes. El auto arrancó nuevamente, raudo, volátil, alegre. Los aros emprendieron una persecución desesperada. Caricato temía su presencia. ¿Cómo deshacerse de ellos? Eran molestos, inquietantes, comitrágicos. ¡Vaya jilipollez! ¡A quién sino a ellos les ocurre aquello! No acertaban una a derechas, y menos a izquierdas. En la carretera de salida, inmensas farolas reverentes bordeaban ambos lados. El conductor paró el coche. Quedaron quedos todos los aros. Se fueron a comer a un cercano restaurante, dejando el auto dispuesto para la huida, con toda la larga fila de aros. Luego, acabado al fugaz refrigerio, cada uno intentó coger la mayor cantidad de aros posible. Telesforo y Saxolfeo, que eran buenos tiradores, iban encajando, cada uno, por las farolas; hasta que quedaban enroscados en ellas. De esta manera estuvieron cuarenta horas enroscando aros en los soportes luminosos y troncales, hasta que quedó el último, que no hay cuerpo que lo resista. Menos mal que la ciudad era pequeña y había pocas televisiones. A continuación, señoras y señores, emprendieron una feroz fuga, dejando a loas arandelas con un llanto inconsolable, girando en torno a las farolas que ya encendían sus luces. ¿Campos magnéticos? Para celebrar este nuevo trabajo hercúleo se descorcharon otra botella de champán, que bebieron copiosamente. Telesforo estaba contento de sí mismo y de los demás. Desde luego por aquella faena el enemigo los odiaría con mucha más dureza. Más ardor maldecido rechinaría en sus dientes. Los cuatro temieron que les persiguieran algunos habitantes de la ciudad; pero no veían vehículo ninguno. Caricato hizo observar la ocasión perdida de formar un aguerrido ejército de aros, para esperar a pie firme. Pero fue negado por los demás. Era fabuloso, y que, desde luego, no conduciría a la victoria; pero tampoco a la fuga precipitada, pues el enemigo era rápido como una centella, voraz como un lobo y raudo como un rayo. Había que tener suma precaución y todas las medidas eran pocas. Mucho cuidado. La precaución era la argucia del héroe contemporáneo, la discreción cautelar. La atención, segundo a segundo, era la forma de sobrevivir en esta alocada vida que os viven. La reflexión cuidadosa y nada estrafalaria. El reparo, la cautela, la reconcentración. De lo contrario todos perecerían.

El automóvil derrapó ligeramente en una culpable curva. Había que tener cuidado, se pensó el conductor. ¡Oh, Mercurio, dios de los caminantes huidizos! ¡Cuántas penalidades sin cuentos hemos de padecer los héroes! Telesforo estaba aburrido de tanto y tanto huir. El enemigo no aparecía. Quería verlo, aun a pesar de que moriría al hacerlo. Y no es que fuese un basilisco. No, en manera alguna lo era. ¡Cómo se le ocurriría pensar en eso! Era algo improbable. No suele ser un basilisco. Desde luego tiene cierto parecido, aunque difiere en muchísimas más cosas. Pero un intrépido héroe no ha de temer nada ni a nadie. El enemigo sólo merece desprecios. Pero unos larvados desprecios, unos ocultos vituperios, allá por las intrincadas montañas de la conciencia, se piensa Telesforo. Aventureros a la fuerza irán huyendo por la gran parte del mundo conocido. La huida puede hacer pensar que quienes la realizan son tímidos, encogidos, apocados, cuitados, mandrias, vergonzosos, cortos, retraídos, pusilánimes, timoratos, pacatos o asustadizos. No había porqué pensar así. Ellos huían por una disposición del destino, por algo irracional e inexplicable. Era algo alegórico; pero eran emprendedores héroes. Huir no significaba que no lo fueran. El enemigo se podía vencer; pero requería sus argucias. Una retirada a tiempo y perenne es una gran, insólita, victoria. Lo mejor era darse valor, tener fuerza para soportar el duro paso de los Alpes, aunque sin elefantes. No era lugar para recordar elefantes ni patochadas semejantes. ¿A que vendría aquí Aníbal y toda su caterva histórica, heroicidad sin nombre? Era cuestión de tomar valentía. De aguerrirse para las duras pruebas. Para el pesaroso cruce del dédalo de estas partes de sus vidas. ¡Qué torturas! La tenaza se cernía sobre sus cabezas.

A la media hora pararon para hacer sus necesidades en un roquedal entre encinas. Cada uno se desperdigó, con entera libertad. Caricato sacó su lápiz para bajarse, sin cuidados, los pantalones. Se lo colocó en una de las orejas, como un artesano. Las piedras empezaron a tomar caprichosas formas, lentamente. Al rato, después que acabaron sus faenas, se dieron cuenta que entre las encinas había un montón de negros como el carbón, que habían surgido, ovidianamente, de la metamorfosis de las rocas. Era una pura fábula. Pura farsa. Los negros se agruparon. Unos sesenta o setenta y tantos humanos de piel azabache, fuertes, musculosos, dispuestos a todo. Pero no los amenazaban, al contrario. Postrándose a sus pies, dieron clara muestras de sumisión. Caricato estaba, a pesar de todo, horriblemente asustado, muy asustado. ¿Sería aquello una mala pasada del enemigo? Era dudoso. Telesforo observó que se comportaban como esclavos, como una mesnada incondicional y deseosa de obedecer. Saxolfeo les tocó el saxo y sonrieron alegremente. Luego propuso adiestrarlos para contrarrestar el empuje enemigo. Pero ello era imposible en tan corto espacio de tiempo. Improbable. A todas luces parecía una locura de un musicastro abotargado. El conductor, muy nervioso, propuso ir al auto y partir, dejando allí a los negros. Lo hicieron. Así que subieron y arrancaron a una prudente velocidad, al ver que los ¿cien? negros les seguían, corriendo en fila india detrás del coche, a paso maratoniano. No dejaron de mirarse, asombrados, los unos a los otros. Era algo, realmente, jamás visto. Algo así como la décima maravilla. Curioso que los negros no hablaran. Sus caras parecían mazacotes de carne y hueso

Continuaron acelerando el automóvil a una velocidad fiera, terrible. Al doblar una curva, que bordeaba un monte pequeño, en un cerro de enfrente, vieron, con un susto de muerte, al enemigo. El auto paró en seco. Los cuatro abrieron inmediatamente las puertas. Rápidamente Caricato, ducho en el arte de organizar la fuga, ante la inmimnente presencia enemiga, ordenó a los negros coger todos los enseres más necesarios del coche. Telesforo tomó su estuche de plástico, Saxolfeo cargó con su acordeón, dando el saxo a un negro fiel. Rápidamente una vanguardia, compuesta de veinticinco negros, emprendió la subida del monte, intrincándose entre los pinos espesos. Dos alas, de veinte negros cada una, bordeaban a diez negros que llevaban los pertrechos de la marcha. Cerraba, al miniejército en fuga, la retaguardia, que se armó con palos de pino, improvisadamente. Subían rápidos de esta manera, entre los árboles, para alcanzar la cima del monte y tener ventaja. Cuando el contrario llegó al auto, ellos dominaban la cumbre. Quedándose la retaguardia, para cubrir la huida, el resto bajó a la máxima velocidad por la ladera opuesta, hasta desembocar en un valle, que era recorrido por un río caudaloso. Cuando estaban abajo, la retaguardia se les unió, dejando bien escondido a dos negros para que asustaran al enemigo. El problema más inminente era cruzar el río. Caricato infló su muñeca hinchable y, uno a uno, montándola, fueron pasando los negros. Mediante una cuerda la volvían a recuperar desde la orilla opuesta, una vez que pasaba uno de ellos. Así consiguieron ponerse a salvo por hoy. Ya la noche se les echó encima. De noche jamás atacaban. Después se les unieron los negros (dos) asustadores y asustados, que cruzaron el río a nado. Reunidos, rápidamente, para tomar decisiones, Caricato, Saxolfeo, Telesforo y el conductor Agusa, decidieron organizarse para continuar la fuga. Veinticinco negros, armados con estacas improvisadas, formarían la vanguardia. También se aprovisionarían, a ser posible, de una vara larga, tipo garrocha. Las alas de aquella expedición de evasión estarían armadas de armamento arrojadizo y atacante, asimismo auxiliar. La retaguardia sólo iría con piedras para arrojar y sería el ala más movediza del improvisado ejército. Saxolfeo tomó el mando de la vanguardia. Telesforo y el conductor, las dos alas, reservándose Caricato la retaguardia, como más responsable. Hecho todo esto, decidieron aprovechar la noche para avanzar y ganar distancias. Pero antes, Telesforo sacó de su estuche de plástico (dicho sea una vez más, en honor de tan útil material) un tipo de piraña que se reproducía como por encanto y las echó al río, para que los adversarios tuviesen impedimento, al día siguiente, cuando lo vadeasen. Todos aplaudieron la magnífica ocurrencia. De esta manera las huestes emprendieron la fuga, ordenados según se dice. La marcha era rápida. El posible cansancio no acababa con el enorme miedo que les poseía. Caricato, con un grupo de diez negros, se ocupó de hacer desaparecer todo rastro que la expedición dejara detrás. El sudor bronceaba la piel de los negros que brillaban trágicamente en la triste noche. Saxolfeo, en cambio, para alegrar la expedición, tocaba, alegre, el acordeón, aunque trágico. Canciones de marcha sobre todo. De mucha marcha. Para acrecentar la zancada de los que van en retirada, de todos sus miembros. Los negros entraban ya, por derecho propio, a formar parte de los destinados a ser de los miembros del grupo. Ahora esperaban que La Cañon y El Mitra les mandaran noticias de los demás que huían. Pues, realmente, estaban ya al borde de la desesperación, del fracaso y de todo lo demás. Ya era imposible no esperar noticias de El Mitra. Al menos que, según cuentas que se habían echado antes, no se hubiese acabado con él. Al día siguiente esperaban, con la marcha hecha durante la noche, estar bastante retirados, despistándose por un buen tiempo, el tiempo del despiste. De lo contrario les esperaba la perdición, la noche y morir, o acabar, en manos del enemigo.

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