VI CATARSIS DE LA FUGA ( LABERINTO)

Sólamente lo fugitivo permanece y dura.
QUEVEDO

Repetiremos que, a veces, sólo la comparación paralelística da luz a los hechos. Por lo que jamás se abusará de ello lo suficiente cuando se trata de alumbrar este proceso.

No se abusará nunca de recordar al griego perseguido por el persa y todos los raros y abundantes pueblos, desde el Indo hasta Asia Menor. De sus penalidades. Si logró escapar con vida fue por su preclara organización. No así de organizado fue el funcionario al que hostigaba un sastre para el cobro de unos dineros. Su arma fue siempre la astucia y la vigilancia, tan importante como la fe para el israelita en su escapada de Egipto, pese a que la confusión en la creencia lo llevó al laberíntico nomadeo en el peninsular Sinaí. El instinto del jilguero frente al gato es un arma, es un don inapreciable tratándose de mantener el tipo frente al ataque.

De todas esas cualidades conviene estar dotado siempre en la travesía del laberinto, más cuando estamos en fuga. Para recoger las moralejas, las quintaesencias de esos valores del héroe que huye, se harán comparaciones paralelas, ilustraciones de la epopeya (etopeya para otros), prosopopeya para los más sagaces. Todo será así más entendible, más sencillo, más claro, y al mismo tiempo ellos se sentirán mejor, incluso reconfortados, durante la fuga.

Todo lo que tenían claro es que en aquella población estaban de fiestas. Y habían llegado justamente en sus inicios, Tenían suerte. Bien merecían unos días de jolgorio y de francachela, luego d la travesía aérea.

En el entarimado de la plaza había función teatral, promovida por las administraciones provinciales, a fin de llevar cultura y teatro a los alejados pueblos de su territorio. Según rezaban vistosos carteles situados por todos los bares, tiendas y lugares de concurrencia pública. Se representaría una obra del teatro griego, algo con bacantes, ya que eran protagonistas las mujeres, de ahí que se sorprendieran en la plaza ante el espectáculo de hembras encaramadas en un escenario, ligeras de ropas, tanto mayores como jóvenes.

Tras un rato de observación de los ensayos, a los que asistían un nutrido grupo de naturales del lugar, decidieron analizar la situación.

Afanasol expuso su extrañeza ante los hechos: Aunque era de día no habían sido atacados al posarse en tierra, claro que tomaron posiciones y otearon el panorama. Pelandrusco advirtió sobre el grave peligro de que todo aquello no fuese más que engaño hábil para así destruirles a placer. Zarrampla preveía lo peor.

Pero finalmente se impuso el buen juicio de Afanasol: No había peligro, todo estaba bajo control y tenían suerte, pues habían despistado al enemigo, de momento, por el laberinto del destino. Eso sí: habían de estar atentos por el acecho. Tranquilidad, que si no lo había hecho ya, tardaba un día en hacerlo, como mínimo, según todas las experiencias que tenían por la historia. En ese interregno habrían de aprovecharse, como un condenado a muerte, en su última voluntad, de lo que la vida la ofrecía. Y estaban en fiestas.

Se miraron y contemplaron. Sí, aquello era convincente y lo mejor. Zarrampla consideró el peligro del olvido, el mayor peligro de todos los perseguidos, como también se había comprobado científicamente. No había cuidados, se le respondió, en su momento se les avisaría con el tiempo necesario y suficiente como para llegar hasta el globo y elevarse a la salvación de los cielos. No había que tener esa preocupación.

También se consideró que una estancia allí, aparte de beneficiosa para alegrarse y festejar, era una oportunidad para recibir el mensaje que esperaban, el anuncio de la ruta a tomar, la guía de sus destinos. Y El Mitra y La Cañon estarían dispuestos a no desperdiciar la ocasión.

Golimbrón era el más decidido entusiasta a quedarse en el lugar, y que pasara lo que pasase si estaba la panza llena de buenos manjares y mejores bebidas, como allá se prometían.

Discutían estas decisiones en un enorme taberna que también hacía las veces de bodega. En el rincón más resguardado. Bebían un vino blanco de la tierra que, poco a poco, se les subía y los afirmaba, los conformaba con el suave olvido de su amenaza, sus deberes, de su situación. Les purificaba de cierta manera. Les lavaba las caras de las conciencias.

Tomada la decisión de quedarse, decidieron ir a otro local. Pelandrusco fue a pagar. Que allí no se pagaba, le dijo un gordo tuerto y mal encarado que regentaba el local, que estaban en fiestas y en su pueblo los forasteros que, casualmente, llegan, son invitados a todo, y que, por eso mismo, están obligados están obligados a quedarse en el pueblo hasta que las fiestas terminen y hacer uso de las bebidas sin tasa, y de las mujeres que les apeteciesen, y que ellas no resistieran y gustasen.

Sabido es que esta es una antigua costumbre, que todavía conservan algunas poblaciones. Sobre su mantenimiento en la actualidad existen múltiples interpretaciones. Las más se decantan por considerar que acogiendo al forasterío calurosamente y tratándolo con largueza, con siguen efectos esperados en lugares con poco censo de habitantes o que, así, serán visitados durante el año con la consiguiente ruptura de la monotonía, el desconocimiento y todas sus consecuencias. No pocos forasteros que llegaron a esta población en sus fiestas, al ser tratados a cuerpo de rey, decidieron quedarse, y se instalaron. Lo de la oferta de mozas no es raro. Sobran. Por cada hombre hay más de tres mujeres. Y tanta fémina sin alegría de varón no es un estamento estable, como sabe el más perspicaz de los gobernantes. El ofrecimiento de allegarse a ellas no quería decir que todas y cada una estaban asequibles, sino que las más lo eran, sin ascos ni dengues. Costumbre sana para la liberalidad. Fruto de la misma era una de las riquezas del lugar: el elevado índice de natalidad y sus costumbres licenciosas, lo que, en otro orden de consideraciones, era tenido por garantía de salud mental como corporal, ya que las autoridades no sólo consentían esas costumbres en fiestas, sino que las hacían extensas a todo el año.

Así que se fueron a otro lugar donde comer y seguir bebiendo. Cayere quien cayera. A ellos brindar con más vino, el olvido de su maldición, era la vivencia de aquellos momentos. Aquel que más bebiera tendría más felicidad y loor, adornaría con pámpanos su frente y sería cantado por los lugareños como el rey del festín.

Al caer la tarde el panorama no era de otra forma: Alegres los ojos, borrachos los semblantes, con copas de vino en alto brindaban. Rebosados los labios con risas y bebida, que daba fuerza a ese néctar el azahar, divino en aquel estado. Volcanes requemaban sus frentes. Mucha más vida sentían crecer en ellos. Fosfórico el mundo, las cosas, las gentes y el entorno, alrededor giraba, y su sostén retiraba el suelo a sus pies. Ahogando sus recuerdos en el vino feliz.

Pero Afanasol es de ese tipo de personas cuya conciencia no se pierde por lo báquico. Mientras más alcohol, más lucidez, hasta el deslumbramiento. Así que permanecía vigilante absoluto frente a tretas del adversario.

Caminando por las calles dieron con sus cuerpos en un lugar que resultó un entrañable tugurio de borrachos. Los más ancianos. Tenía varias estancias. La entrada la formaban un portalón antiguo que les franqueó a la primera. Un mostrador de madera soportaba vasos de vino que escanciaba una tetuda camarera que reía con ojillos de rata, vista desde la puerta. Todos miraron al entrar y los saludaron efusivos. Pasaron a otra habitación posterior donde había mesas y la concurrencia menor y menos mirona que los de la barra. Se sentaron en sillas alrededor de una de las mesas. Adornaban la amplia y corrida sala malos óleos de algún artista local que intentó representar bellas panorámicas de la población. Pidieron de beber y de manjar unas tapas de lechón, que allá preparaban de primera, y estando a la espera de todo ello se les acercó un hombre con una gorra de pana, de piel cetrina. Vestía una camisa blanca con chaleco. Ya mayor, no llegando a viejo. Sin pedir permiso se sentó a la mesa. Que si eran forasteros. Saltaba a la vista. Que nombres, apellidos, procedencias. Que ese mismo día había recibido a otros forasteros en su casa de campo y le habían robado un automóvil en el que habían huido. Que si los habían visto. Que no. Pero pudiera que tuvieran interés en verlos. Que los forasteros eran cuatro con poco equipaje y que no tenían pintas de mala gente, ni de ladrones, sino de despistados y miedosos más bien. Que se asustaron mucho al ver a los perros y más cuando apareció con una escopeta descargada. Que su mujer le dijo que no confiara en nadie. Les dejaron reposar la comida en el salón y cuando volvieron ya no estaban. Salieron y tampoco estaba el único coche que tenían allí, el otro lo usaba su hijo aquel día. Que dio aviso y denuncia a las autoridades y el auto ha sido encontrado en la capital. Aquellos tipos le parecieron raros y que le gustaría volverlos a ver y encontrarlos. Pero su rareza residía en un posible desperdigamiento mental, en lo que entendía por estar idos, volaos, como ausentes y en huida de algo o de alguien.

Todos se miraron. Volvieron a beber y el de la camisa blanca y el chaleco se fue. Vinieron las tapas de lechón y comieron un poco apesadumbrados por lo que el vejete contó. Sospechaba Afanasol que aquellas gentes en desbandada, que habían llegado al hurto del vehículo, tenían que ver con ellos, y muy directamente. Pero eso sólo lo diría el destino, que estaba escrito ya.

Fue entonces cuando hizo acto de presencia en el local un personaje del lugar, de obligado conocimiento por parte de los visitantes. Había sido un político de pro en el partido que siempre ganaba las elecciones, en el primero de la liga. Llegado a lo más alto en el escalafón de cargo electo, de la noche ala mañana había sido precipitado a lo más bajo: alcalde de aquel pueblo, sin otro aparente motivo que su torpeza, aunque tiene fama de pícaro, mujeriego y dado a parrandas y el jolgorio, pese que lo primero no quita las otras cosas.

Solía, este tipo, hablar del pragmatismo y del realismo de que hacía gala el bando político en el que se inscribía. Lo cual no dejaba de ser cierto por su propia trayectoria y situación actual. Esto dio pie para que Afanasol, entre escanciado de vino y pitanza de tapas en abundancia, expusiera sus temores y reservas, tener cuidado con aquellos apicarados triunfadores con el voto ajeno que esgrimen tenazmente la palabra realismo. Generalmente con ello se refieren, cínicos siempre y convencidos, a que quieren imponer su pesadilla del mundo, no ya su desenfoque de aprehensiones, a zarpazos, de lo que llaman mundo. Los realistas, los que dicen: “Pero, señores, hay que ser realistas”, no son tales. Con esa expresión se refieren a su peor sueño, que sueñan despiertos, como los enajenados.

Pocos atendieron a esas consideraciones reales de Afanasol, tan atareados como estaban en beber y alimentarse. Además no era ni el lugar ni el momento para todo eso. Lo malo fue que el político local, alcalde, pese a su estupidez y torpeza, se picó de la indirecta de Afanasol e inició una serie de ataques de soslayo. Primeramente les vertió una de las botellas que estaban sobre la mesa; pero, aunque todos se percataron de la malicia, quiso dar a entender que fue sin intención. Luego, y a otra mesa aparte, se sentó con unos recién llegados que le apoyaban en sus devaneos. Se reían y miraban a Afanasol, haciendo ostentosos y claros comentarios de su apariencia.

Llegó un momento en el que hubo que irse, no ya por las provocaciones del preboste, sino porque el vino de aquel local lo habían probado demasiado y convenía airearse y darse una vuelta por la calle, frecuentar otro de los muchos locales.

Al avanzar Pelandrusco unos pasos en la rúa, se le acercó una joven que le pidió fuego. Como no tenía lo requirió de Zarrampla, que le encendió el pitillo. Chupó con ahuecamiento de los mofletes. Se llamaba Montse y que si podía acompañarlos a donde fueran. después de mirarse y recordar lo permitido a los forasteros en aquel sitio, le dijeron que no les importaba.

Anduvieron calle abajo hasta que se desviaron por otra calleja, que desembocaba en algún sitio. Cuando se quisieron dar cuenta, la mujer, la tal Montse, les había marcado el rumbo a sus pasos. No le dieron importancia, incluso les agradó ese imprevisto. Afanasol estaba filosófico sobre todo.

Llegaron ante una puerta. Desde un balcón, otra mujer vestida de rojo, les saludó con alegría. Le respondieron con no menos risas y voces alcohólicas. Sólo Zarrampla se permitió apostrofar algo que presumía que aquello pudiera ser una encerrona. Golimbrón le dio una palmada en la espalda.

Entraron en el portal y fueron subiendo una escalera estrecha, muy usada. Olía de forma extrañamente peculiar en aquella casa. Peculiar a su mucho uso y por varia gente. Todas las casa huelen a su manera, la de la familia o gente que la habita. Pero cuando una casa es muy visitada, hay mucho trasiego humano, y acaba oliendo de una forma especial, anulado su propio olor para oliscar a gente, porque ese es el nombre con el que se definiría este olor: vaho de gente, impersonal y poco agradable. Encabezaba el grupo que subía la escalera y los demás la seguían. El último, Afanasol, podía verle las piernas, hermosas, sin lugar a dudas, bajo las faldas y desde la posición inferior en el orden de los escalones. Afanasol había desconsiderado siempre al sexo y era raro que una mujer le llamase la atención.

Llamó a la puerta de arriba. Abrió otra mujer madura; pero no tanto como para dejar de adivinar cierta juventud. Amablemente los fue haciendo pasar a una sala en la que estaban otras dos, una morena y otra rubia. Se fueron presentando y tomando asientos en unos sofás y sillones que se situaban arrimados a las paredes, mientras que en medio había una mesa redonda. Estaban haciendo diversos trabajos de ganchillo y faenas de labores con ropas: tejiendo diversas prendas con agujas, cosiendo un botón, y demás faenas parecidas. Pero las dejaron al aparecer la compañía. Instalados todos, sonrientes y como a la espera, hizo de nuevo su aparición Montse, que al entrar en la casa se dirigió a otro sitio, y les pidió que le dijesen que iban a tomar de beber. Tenía de todo lo imaginable. Desearon licores más fuertes que el vino o la cerveza. Enumerarlos no procede.

Charlaron de cuestiones varias y reían. Golimbrón inició unos escarceos con la rubia que volvían a los demás ávidos de los cuerpos de aquellas hembras. Afanasol en sus intervenciones habladas no dejaba de filosofar y ponerse transcendente, incluso arremetió con consideraciones teológicas del más alto ringorrango. Todo hasta que la matrona madura le pasó el brazo por la nuca y lo atrajo, besándolo donde más quería: la boca para que callase.

Se trataba de una sala propia de una casa mediana de aquella población, muy común en el resto de la zona. Con su televisor en lugar principal, sus cuadros comprados a saldo, un tapiz con caballos corriendo en una de las paredes. En un rincón se situaba una mesa con todo lo que trabajaban de labores de costura y tejido a mano. También revistas y un aparato reproductor de música. Afanasol dejó de morrearse con la matrona y corrió a poner en uso el casete. Sonaron unos acordes y cantó una tonadillera de moda. Los gustos de la casa que hablaban de amores difíciles y nada convencionales. Cada persona tiene sus apetencias en esto de la música. Pero cuando acabó la cinta que sonaba, alguien puso otro tipo de música, y Afanasol se levantó e invitó al baile a Montse, que lo hizo afable y presurosa. El contoneo caldeaba el ambiente y la borrachera aminoraba en todos, ya que la risa abundaba y la relajación también.

Todo el tiempo que allí se estuvo se bebió sin tasa. Las bebidas las servía la matrona, que era la jefa de la casa a todas luces. Llegó un momento en que alguien sintió hambre. Una de las chicas se levantó y todas fueron saliendo, dejándolos solos en la sala. El estado de los cuatro resultaba lamentable, cosa que no impidió que se distribuyeran a las mujeres, según gustos y apetencias. Afanasol se emparejaría con la matronajefe y Montse con Zarrampla, la morena con Golimbrón, por sus carnes, y la rubita de pelo corto con Pelandrusco. Entonces se abrió la puerta y apareció Cachita, la morena, con una inmensa olla tapada y con una amplia sonrisa satisfecha de mujer a la que le gusta el apetitoso yantar. Yani, la rubia de pelo corto, se apresuró a poner sobre la mesa lo necesario para que el calor de la olla no hiciese efecto sobre la superficie. Entraron la matrona Rosa y Montse. Expectantes por lo que contenía aquel humeante, aun tapado, recipiente orondo, tomó la palabra Rosa:
Sé que está prohibido. Sé que no se deben comer. Pero por esas dos cosas y porque todos mis muertos lo han hecho, lo debemos hacer. Son pajaritos guisados, están para chuparse los dedos –y destapó la olla que inundó el ambiente etílico de un gratísimo olor a guiso paradisíaco. Se fueron asomando al contenido y cogiendo con las manos, por las alitas o por las patas, ora por el cortado cuello, las carnecillas jugosas de los pajarillos guisados.

En efecto, era la gloria y se rechupaban las falanges. Se suponía que aquella pitanza tendría sus dotes afrodisíacas, por lo menos saciaba el apetito por la exquisitez y quedaban las ganas, de comer volátiles, colmadas.

Como es natural no le dio buena espina a Afanasol que, precisamente a ellos, les sirvieran pájaros para comer, ya que habían venido por los aires. Ironía del destino, pensó. También tuvo tiempo, entre los dengues de la bebida en su pensamiento, para reflexionar sobre viajes y gastronomía lugareña o rústica, en su caso. Pero no conviene reproducir aquí el profundo significado de todo, porque no develaría nada de esta huida, e incluso podría entorpecer su desarrollo por desvariar innecesariamente la historia, y se podría llegar a pensar que se quiere despistar, como el que huye de una persecución.

Entre la charla y risas, entre anécdotas de sus vidas y otras fruslerías de la conversación, fueron dando fin al guiso de las pequeñas aves. También se escanció un buen vino blanco, propio para el manjar. Era una olla grande y repleta, así que Rosa tuvo que ir a la cocina a por platos, que distribuyó para que mojaran con más comodidad en la salsa, poca y gustosa que se fue quedando sola en el fondo. También trajo pan abundante. A todos pareció esta operación la que más dio placer al gusto, la más acabada manera de completarlo.

Repatingados en los sillones y hartos de comer, fueron servidos, por las atentas mujeres, con café con leche.

A todo esto hay que decir que se había hecho de noche fuera, porque dentro se vivía en una situación intemporal para todas las parejas. Fue entonces cuando Montse salió al balcón y se dio cuenta, haciéndolo conocer al resto de los presentes, que mostraron su asombro de distintas maneras. El único que no pareció sorprenderse fue Afanasol, ya que dominaba todo en su responsabilidad del grupo. Golimbrón y Cachita no estaban. Habían salido a refocilar un poco, excitados por la comida y la bebida. Entonces, luego de anunciar que la noche había llegado y decir la hora, Montse propuso salir a seguir la fiesta completa y en la calle. Tras opiniones diversas se acordó ir a la sala de baile o a la discoteca de aquella población, aunque Afanasol opinaba sobre retirarse ya a dormir.
-Pues quedaos vosotros –por Rosa y Afanasol, dijo Montse.
-No, lo pienso mejor y nos vamos; pero no hasta muy tarde, ¿vale?
-Ya veremos.

Porque Afanasol no quería ni debía separarse de los suyos, salvo circunstancias especiales, como la vigilancia del globo que se encargó a Baruch. ¡Pobre! ¡Si los viera entre mujeres y en orgía desenfrenada! ¡Le daba algo!

Bajaron otra vez las escaleras. Fue curiosa la sensación, pues se les había olvidado que existían. Una vez en la calle, propusieron ir en coche, ellas. En uno montaron Montse y Zarrampla, Golimbrón y Rosa. En otro el resto. No es que se hubiesen desparejado con respecto al acuerdo que tomaron, sino que para el corto viaje daba lo mismo a quien se lleva al lado.

Llegaron al lugar. Entraron al estrepitoso recinto y danzaron durante horas todo tipo de bailes. Acabado, salieron y tomaron el camino andando hasta la casa, Era ya una alta hora de la madrugada.

Por el trayecto Yani intentaba convencer a Pelandrusco de que, aunque no podía formalizar un noviazgo con él por su oficio (el de ella), le proponía que fuera su amigo, para salir a pasear, a bailar. Una especie de novio. Él no vivía allí, estaba de paso, de viaje a alguna parte y que se cansaba de tratar y estar durante mucho tiempo a la misma mujer, y con esto no quería ofenderla; pero tampoco era culpable de que la naturaleza le hubiese dotado de aquella inquietud. Además se veía feo e individualista, cosas que no cuadran muy bien con una pareja. Aunque estaba encantado por ser su novio, amigo y amante, o lo que ella desease, por aquella loca noche. Encantada de oírlo tan sincero, ya que sólo escuchaba groserías de la clientela. Le recordó que si se avenía a ser su acompañante tendría fornicación gratis y cuanta deseara y los cuerpos aguantaran. Volvió Pelandrusco con sus razones y, acordándose de Baruch, se lo recomendó, que ya lo conocería; pero también viajaba.

Entre estas llegaron a la casa. Volvieron a subir las escaleras y se retiraron a las habitaciones correspondientes.

Todos estaban muy bebidos y cansados. No obstante, cada cual acarició cuerpos y se dejó arrullar por la cópula desmadradamente, haciendo el amor con la parsimonia y el desvelo del que está al borde de la muerte. La expresión hacer el amor es deleznable, se sabe, es de imitación de poca consistencia; pero se dice, en su sentido chabacano, de joder, fornicar, trincar, follar, mojar, chingar y otros verbos que provocarían escándalo en algunos ojos que miren a estos héroes que yacen en brazos de mujeres en noche de concubinato. Los héroes, se está demostrando a lo largo de esta peripecia, tienen sus necesidades. Y no es que se defienda que la fornicación y su placer sea una necesidad de los cuerpos, como interesada y mendazmente proclaman algunos papanatas; pero sí es un solaz del espíritu, que ha de profundizarse con hembra o macho placenteros y no con concubinas o chulos de pueblo, de acuerdo; sólo así se llegará a conocer un poco lo que es el sexo y no en crápulas y desperdigamiento de hombre en hombre y de mujer en mujer, tal como suelen practicar algunos y algunas. Terminan por no saber ni conocer nada ante tantas diferentes formas, costumbres, caricias y regurgitaciones de placeres distintos y distantes. Las diferencias de varones y hembras con los que se yace no llevan a una idea de unidad, sino a un desperdigamiento, un desmenuzamiento peligroso de las conciencias, una cosificación llamada donjuanismo o ninfomanía. El conocimiento requiere atención y tiempo. Tanto una postura como la otra no son sino desatención y vorágine, fruto de alguna animadversión patológica, como queda mostrado en todos los casos donde esos comportamientos se han vivido.

De un vuelo en globo nuestros héroes han ido a parar a un vuelo por el sexo, por los cuerpos de mujer. Como hombres habían marchado de lo descabellado de volar en un globo, a la realidad de las vulvas. Pero tampoco hemos de ponernos así por lo de hacer el amor, ya que a los tres escalafones del ser humano –carne, alma, espíritu corresponden tres manifestaciones del amor. Desde el rigurosamente animal e instintivo –como el de esta noche hasta el amor espiritual, fenómeno peculiar de los hombres y de los héroes. Pero esos amores no aparecen en recintos herméticos, ni son estáticos, ni definidos, pues todo lo que se refiere a la vida es fugitivo, dinámico y contradictorio. De tal manera que es fácil ver y tocar matices sexuales en el más alto amor espiritual de los místicos, como inesperados tonos espirituales en el amor físico, como los que sentía y vivía Afanasol con aquella mujer madura, con Rosa, que de belleza esplendorosa en su juventud, ofertaba todavía pétalos hermosos a sus cuarenta y pico años, que su mejor y fugaz amante de aquel tiempo (por Afanasol) desfloraba ávido.

Cierto que había que tener en cuenta aquellas consideraciones de que en la prostitución se puede alcanzar el sexo al estado puro y, en consecuentemente, el último grado de la desesperación de los que huyen del enemigo. Los prostíbulos son siempre tristes. Cuando termina la cópula delante de nuestros héroes machos está la nada, de ahí que no pierdan el rumbo de seguir huyendo.

Estaban en garras de lo femenino, de la noche, el caos, la inconsciencia y el cuerpo, la curva, lo blando, la vida el misterio, la contradicción, indefinición, gusto, tacto. Y ellos necesitaban estar pronto, si querían seguir sobreviviendo para huir, en el día, el orden, la consciencia, la razón, el espíritu, la recta de la fuga, la dureza del camino, la eternidad, la lógica la definición, el oído, y la vista pronta ante el acecho del que los persigue.

Pensando todo esto, Afanasol, abrazado a su amante, no podía dormir. Tan sólo se dejó llevar por ese estado somnoliente en el que se cae cuando no se concilia sueño profundo. Cúmulo de pensamientos vertiginosos en su mente. Ya se sabe, son los que no dejan dormir, como ruido de catarata enorme y alta. El sueño es una aventura siniestra de todas las noches.

En aquella postura, acostado en la penumbra de la habitación con aquella mujer, después de haber copulado placenteramente, entre sus pensamientos pasó la rápida idea mítica del sueño de Adán, durante el cual fue creada Eva. Evidentemente no había ninguna relación metafórica con su situación; pero le estremeció pensarlo, como si su sensibilidad escarbase un terrible misterio que se hunde en los más profundos abismos de la mente humana y primitiva. Como si un misógino interpretara el nacimiento de la mujer de un mal sueño del hombre, la encarnación de una pesadilla de ese sueño profundo en el que cayó preso cierta vez un hombre llamado el primero: Adán.

Las horas iban lentas y en un reloj del pueblo las oía, en sus momentos, anunciarse a campanazos.

Cuando faltaba poco para que las luces del día aparecieran en todo el ámbito, en ese momento en el que la noche parece más total, Afanasol no pudo aguantar más en la cama y, desprendiéndose del dulce abrazo de Rosa, que dormía, se levantó, impulsado además por la necesidad de orinar.

Al pasillo salió. Todas las puertas de las habitaciones estaban cerradas. No dio iluminación ya que le bastaba la tenue claridad que llegaba de la luz indirecta que estaba encendida en la habitación de donde salió. El cuarto de baño estaba al fondo; justo la puerta de enfrente. Llegó, descalzo, y con sigilo la empujó y lo iluminó, Iba desnudo. Se acercó a la taza y dirigió la meada. Siempre suele ocurrírsele una idea genial cuando mea, hecho que sucede con la gente de pueblo, generalmente. Tardó un buen rato. Se miró al espejo sus pelos revueltos y su cara trasnochada. Le entraron ganas de afeitarse. Durante un buen espacio de tiempo estuvo en un nirvana, perdido ante la imagen del gran espejo que tenía allí. No pensó en casi nada. Se sentó en la taza del retrete. Paseó la vista por todo aquel cuarto. Un armario, atiborrado de potingues y pinturas de mujer delataba quienes habitaban la casa. Intentó encontrar, con la vista, algo para afeitarse; pero no vio nada, salvo unas pequeñas tijeras curvas. Abrió cajones y nada. Entonces sintió en las piernas unas gotas. Era su miembro que soltaba los restos de la micción. Le molestó. Cogió un buen pedazo de papel higiénico, tras sacudir suficiente en la taza, y cuando lo intentó aplicar para secar bien, se dio cuanta que estaba escrito, así:

“Nuestros caros y desesperados fugitivos:

“Ni os extrañéis, ni arméis la zapatiesta por el recibo de estas tardías notas explicativas de la manera más insólita. Siempre será para vuestro bien y el de nuestra causa.

“Por supuesto que el mero hacho de que podáis leer este escrito hace suponer que estáis bien y con los ojos abiertos, y, pues es así, gozáis de vida. Nos holgamos en ello. Jamás pase por vuestra imaginación que olvidemos vuestro cuidado y guía.

“Precisamente de guía se trata. Estáis en una zona semiprotegida, de ahí que no os atacaran ayer cuando estabais en tierra y no en vuelo como debisteis. Lo que no quiere decir que bajéis la guardia y vigilancia, ya que cuando se está en la catarsis de la fuga se puede caer en laberíntica desbandada, en los placeres de la vida, que es donde el enemigo se ceba y hace sus víctimas más fáciles y atroces. El descanso en la alerta sólo puede cesar en caso de decidirlo todos, o que las claras circunstancias así lo aconsejen, con tal nitidez que aun el más lerdo caiga en esa cuenta.

“Mirad: a poco menos de unos cien kilómetros de donde estáis, existe una pequeña ciudad que es una especie de bisagra entre tres comarcas naturales. Se os espera. Al llegar allí no preguntéis nada a nadie, evitad que os pregunten también, comportándoos con normalidad y naturalidad, ojo avizor como un águila. Buscad desde los cielos un palacete de estilo modernista en el centro de esa ciudad, aterrizad al anochecer y sin luces en su patio más grande, y llamad, que se os abrirá, a una puerta que da al lugar.

“Para vuestra mejor orientación dirigid el globo en sentido este, unos cien kilómetros, después un poco al sur y avistaréis el sitio.

“Por lo demás queda decir que en cuanto pasen unos minutos esta escritura se borrará sin dejar rastro, y este papel irá a su destino. A su debido tiempo daremos satisfacciones. Pero, ya se sabe, en la guerra los hechos son los hechos.. Incomprensibles, absurdos e ilógicos las más de las veces. En el amor todo está permitido, y en la huida también: incluso escribir en este papel para otros usos menos dignos. EL MITRA – LA CAÑON”.

Aplicó el papel contra el miembro y lo arrojó a la taza, jalando de la cadena. Llamó a la primera puerta, insistiendo en las otras. Fue a su habitación y se vistió todo lo raudo que pudo. Salió de nuevo al pasillo y Pelandrusco preguntaba. Zarrampla y Golimbrón estaban asustados. Les contó, breve, lo leído. Se vistieron todos y bajaron las escaleras. Ellas parecían como muertas, en unos sueños profundos. Pero a los héroes ni cansancio ni el himeneo les quita el miedo que les profundiza los tuétanos. Al salir se veía ya el alborear del día. En un momento extrañamente peligroso para que se ataque por sorpresa.

Apresurados, pero sin hacer ruido, con el mayor de los sigilos ya que en ello les iba la vida. Llegaron a la plaza donde se hacía el teatro. Tomaron una de las calles por la que creían que iban en dirección más recta al globo. En medio unos borrachos les llamaron desde atrás, desde la plaza. Que donde iban, que estaban invitados, que tenían que quedarse. Y se dirigieron a ellos dando trompicones de beodos. Corrieron y fue peor. Aquellos hombres dieron voces y cuando salían del pueblo un grupo numeroso corría tras ellos. Iban algunas mujeres.

Afanasol pidió calma y energía para correr. Para frenar a los perseguidores. La mayoría maltrechos por la bebida y la farra, ideó que dos les tirasen piedras, mientras otros dos avanzaban y tomaban posiciones. A su vez estos tirarían piedras mientras los dos tiradores primeros irían más allá. Así, cubriéndose, pararían a los asediadores hasta llegar al globo.

Pero ninguno veía al artefacto volador por ningún sitio. Pasaron algunos instantes de desasosiego y angustia hasta que unos ladridos hicieron mirar a Zarrampla en una dirección y, ¡allí asomó el aparato! Corrieron con el método de pareja que corre, pareja que tira piedras como cobertura. Lo avistaron y a Baruch dando saltos y voces. Cuando estaban cerca también arrojó cantos a los pueblerinos que los corrían. La perra ladraba con fiereza.

Subieron al globo mientras el animal mantenía a raya al grupo de habitantes del pueblo que los querían tener en sus fiestas. Cuando se elevaba, la perra, de un gran salto, se zampuzó en la canastilla. Estaban salvados. Todas las gentes elevaron la cabeza con asombro, e insultaban a los héroes que huían. El sol estaba ya rotundo casi en el este, y allá hizo Afanasol dirigirse al globo.

Una sorpresa, aparte del enfado supino de Baruch, fue que, mientras todos habían estado fuera, la perra parió tres cachorros.

Desde lo alto veían toda la estructura de aquella festiva población. Y allá, más allá de la gasolinera, por la carretera que llevaba al puente sobre el río, el enemigo entraba. Una vez más se habían salvado por los pelos.

Calmados y en vuelo, tomaron un respiro y explicaron a Baruch todo lo que les había sucedido, sin mencionar lo de las mujeres, que al ser lo más importante, hubo que suprimir con sucesos de la más burda imaginación, cosa que Baruch sospechó con cierto dolor y desconfianza. Comieron algo de lo que llevaban en la barquilla y Afanasol explicó todas las instrucciones que le habían sido dadas en el retrete.

Volaban alto y abajo se veía el río. Sí, estaba orientado en la dirección donde iban.

Todo esto último ocurrió tan rápido que se agotaron. Baruch montaría guardia mientras dormían.

Llevaba como media hora con al vista perdida en el horizonte, divagando sobre lo que habían hecho sus compañeros, cuando vio una inmensa superficie azuladoverdosa muy lejos. Era el mar. Sí, seguro que se trataba del mar. Pero no estaba muy cierto porque no había visto el mar en su vida. Tenía una vaga idea. Desde luego el río acababa en aquello inmenso que avistaba desde el aparato. Despertó a Afanasol que oteó el amplio panorama. Miró con sus catalejos parsimoniosamente, dando más altura al globo. Era, con seguridad, una gran superficie de agua; pero parecía muy encerrada. Como iban en esa dirección ya saldrían de dudas. Si resultaba el mar, lo vería , Baruch, desde una posición nada corriente para contemplarlo por primera vez.

Al rato sobrevolaban aquellas aguas. Afanasol daba altura para hacerse mejor idea de la geografía. Entonces fue cuando pudieron apreciar que se trataba de un lago en el que desembocaban varios ríos y, allá, en su parte suroeste existía una hilera de agua, como si de un canal se tratara.

Entre el sueño y todo lo demás, Afanasol olvidó que lo máximo hacia el este que debía llegar era unos cien kilómetros. Los habían rebasado ya sobradamente.

Tras maniobras y búsquedas de corrientes que favoreciesen el rumbo, se tomó el sur. Y, para corregir un poco el error, declinaron al oeste, con lo que la ruta sobrevolaba lo que les había parecido un canal que conducía aguas del lago. Por mera curiosidad. Afanasol maniobró para ver si lo era. Efectivamente, se trataba de una construcción que conducía el agua. Por mera y razonable deducción lógica pensó que les llevaría a la ciudad. Decidió volar muy bajo y siguiendo el recorrido de aquel conducto.

Se podría decir que todo lo que estaba bajo sus pies era un inmenso mapa que coincidía con el territorio, en este caso.

Atrás quedaba, para Baruch, la visión lejana de aquel grandioso lago que soñó el mar, que una vez más había escapado a su vista. Pero aquello era una esperanza, un anuncio, y más valía así, que verlo de sopetón. Todos los grandes gozos requieran ser tomados dosificados, pensaba, y el ver el mar, la visión del mar, siempre le había parecido, o lo había creído, un inmenso gozo, un placer sin límites. El mar era, para Baruch, un completo desconocido. Mediador entre lo que no tiene forma, el aire en el que volaban y lo que tiene forma y es concreto, la tierra, entre la vida y la muerte. Era para él, el mar, fuente de vida y muerte. Tenía el extraño presentimiento de que, cuando viera el mar, moriría. Para él, ver el mar significaba volver al mar, el volverlo a ver, aunque realmente fuera verlo por vez primera.

Allá a lo lejos se veía ya la ciudad. El canal conducía exactamente. Fueron ganando su visión, poco a poco, ya que al volar muy bajo la velocidad era menor.

Afanasol trató de parar el aparato a unos tres kilómetros de la ciudad. Entonces le dio altura y lo situó justamente encima, todo para tratar de cerciorarse del lugar donde debían posarse llegado el anochecer.

Todos se levantaron. Golimbrón soñoliento y Zarrampla con pocas ganas. Miraron fuera y contemplaron bajo sus pies el panorama esplendoroso y grato de las calles de la ciudad. Se extendía como una maqueta debajo de ellos; pero inaprensible.

Salvo los aledaños de casas y manzanas de edificios que se desperdigaban por arrabales y barrios de núcleos de la ciudad, había una parte central, original y antigua, que tenía forma circular, más bien almendrada. Dos calles cruzaban ese recinto, que por su anchura resaltaban de las demás. Quedaba, así, dividida en cuatro partes, que a su vez eran serpenteadas por una inmensidad de calles, plazas y callejuelas. Las manzanas de edificios, vistos desde lo alto, tenían todas las formas geométricas: cuadrados, rectangulares, triangulares, trapezoidales, etc. Una de estas cuatro partes tenía canales de agua y barquitas pequeñas (desde arriba) iban de un sitio a otro. El conducto que venía del lago, al este, alimentaba este sistema de canales callejeros, esa era la explicación de su existencia.

Edificios grandiosos y elevados junto a otros pequeños y achaparrados.

Afanasol bajó la altura del artefacto para conocer, o intentar encontrar, el edificio o el palacete modernista que se les había indicado. Estaría por el centro de la ciudad. Porque no era grande como ya se ha dicho, esta población; pero que no viene de más recordar. Se supone que con la escueta y puntual definición que se les había dado era difícil encontrarlo; pero, si era ostentoso y el único, no tendrían problema.

El aparato descendió casi a ras de las altas torres. Miraron por el corazón de la trama urbana. Allí estaba el palacete. En el cuadrante suroeste del plano imaginario que habían compuesto idealmente desde lo más alto.

El palacete estaba situado en una de las esquinas que formaban el centro mismo de la ciudad. Tenía una negra y alta verja que rodeaba un antejardín. Un edificio alto, de color rosado y ocre, de cinco plantas y de una esmerada construcción del gusto modernista. Lo rodeaba, por la parte de atrás, un inmenso patio, dividido en dos partes. A una de ellas daba una sóla puerta. Era allí donde deberían posarse.

Ante la cercanía del aparato, los ciudadanos se apelotonaban en las calles cercanas al edificio que sobrevolaban. Estaba la tarde avanzada y Afanasol decidió desaparecer para no levantar ninguna alarma entre las gentes. Se elevó el globo en dirección al sol poniente. Se alejaron unos kilómetros y esperaron a que oscureciera un poco más.

En ese tiempo comieron algo para restablecerse un poco y se situaron nuevamente encima de la ciudad. Zarrampla intentó ver algo en aquel local con los catalejos. Golimbrón no cesó de hacerle fotografías. Tanto de la perpectiva aérea, como cuando se acercaron, con el sofisticado equipo que llevaba. Realmente lo estaba gozando. Su bigote se erizó dos veces. Y ya sabía que aquello anunciaba un peligro. Pero lo atribuyó a los nervios por refugiarse, al fin, en aquel lugar, y dejar de volar por campos, huyendo siempre. Lo dijo a Zarrampla que planteó la posibilidad de que el mensaje de El Mitra y La Cañon fuese falso y todo no fuese más que una trampa mortal para ellos. Afanasol tuvo que inyectarle un tranquilizante ante las apocalípticas consideraciones sobre la perdición de sus vidas y de sus almas y espíritus. Baruch era el más animado del grupo. Sobre la ciudad aprovechaba para otear, con su poderoso catalejos, a mujeres por las calles, deseoso de todas. Una vez instalado en aquel sitio, en un lugar a recaudo del enemigo, todas las hembras serían para él. Zarrampla aceleró sus dudas y miedos ante la extraña alegría de Baruch, ya que se sospechaba que en otra época había sido un vil colaborador. También Pelandrusco manifestó con miradas e interjecciones, toses y carraspeos que no le gustaba la actitud de aquel dandy.

Afanasol impuso calma. Era la hora. Se situó en la vertical del enorme patio. El tiempo tranquilo y el aire sereno colaboraron para que el aterrizaje fuese perfecto y en el lugar que creían preciso. Poco a poco fueron descendiendo hasta posarse. Una vez en el suelo saltaron de la barquilla, sujetando con cuerdas el aparato. Cuando estuvieron seguros de su afianzamiento, fueron todos al único portal que existía, en efecto, en aquel patio. Tenía una aldaba de hierro. Afanasol golpeó con energía. Esperaron un rato, oyeron unos pasos y la puerta se abrió.

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