III CAMARGA REGRESA A LOS TIEMPOS DE CARAVANAS DE BESTIAS DE CARGA

Sigue la persecución sistemática
de ese desconocido.
J.J. ARREOLA

Fue un punto milagroso que aquellos fantoches no derribaran a la mula torda sobre la cuneta, en pendiente, cuando pasaron como una exhalación y casi rozándole, con el coche. Eran, seguramente, unos locos que tendrían prisas por llegar a alguna fiesta, o, simplemente, corrían a alta velocidad por aquella carretera principal, que más bien era camino cabrero, por el puro placer de hacerlo. Las prisas y el diablo que las inventó. Piraos capitalinos y sus autos veloces corriendo de la muerte, que les gastaba los neumáticos.

Sí, aquella forma de vida estaba en franco desuso. Bueno, más que en clara inutilidad era ya una pieza de museo. Ser arriero con mulas en camino es algo bien peregrino y raro en este mundo en progreso a no se sabe bien donde. Se conservan algunas frases en el lenguaje referentes a este antiguo y viajero oficio. La más conocida es arriero somos y en el camino nos encontraremos, que todos entienden en el sentido simbólico en el que se es arriero. Pero aquí nos referiremos a esa dedicación de pastearse con bestias de carga los caminos, las veredas y todo lo similar, A ese fatigoso trajín.

Realmente este oficio desapareció hace ya años. Todo ocurrió con los adelantos de la técnica y la popularización y uso del motor de explosión, en todas sus vertientes de empleos, y en todos sus modos. Autos, camiones, tractores, vehículos diversos de tracción han configurado un enorme ejército de máquinas que han erradicado a la noble bestia de carga que otrora se usaba.

Camarga, como sus compañeros, se ha echado a los caminos. Llevan catorce mulas con sus aparejos y sus cargas. Nada sabían del asunto, salvo lo que debieron oír en sus pueblos de origen sobre las mulas y su cuidado, sobre como tratar a esos animales nobilísimos y docilísimos. Porque, como se sabrá, la mula es híbrido entre el asno y la raza caballar. Como tal es estéril, no concibe ni pare, ni tiene actividad sexual conocida o entendida como normal. Que la mula es el paradigma de gran parte de los que nos rodean, no cabe la menor duda. Levantemos la vista y oteemos los horizontes diversos de la vida.

Iban a toda velocidad. Los del coche. Se les vio venir a los lejos, porque la carretera enfilaba larga y lejana. Los arrieros, o los aprendices de tales, jalearon a los animales hasta el mismísimo borde del asfalto. Y le pasó rozando a la torda. Menos mal que no ocurrió lo peor. Repuestos del susto, continuaron dos kilómetros adelante por aquella ruta y se desviaron por una senda a la izquierda, según indicación del perito en el peregrinaje, el que manejaba y entendía los planos, brújulas y demás, en Salivilla, admirador de don Eliseo Reclús, anarquista de pro y geógrafo eminente, amigo personal de don Julio Verne y de otras eximias figuras que han existido, existen o existirán, porque en el alma de la historia son posibles todas las amistades, y esto lo pensaba Salivilla. Así que se jactaba de su amistad con el mismísimo rey Salomón; pero no de la camaradería de la reina de Saba, como le hubiese gustado, avenencia más descollante.

La retahíla de las mulas se adentró por el vericueto que se intrincaba en una cierta espesura de la vegetación de arbustos y algunas encinas. Su meta era cruzar una sierra que se oteaba, grisverdosa, a lo lejos. Salivilla manejaba viejos y sobados mapas para atajar, evitar los lugares de peligro y de tránsito fácil para la recua que llevaban. Pero se puede deducir que la mula es animal duro en esto de los caminos. Y todos eran buenos para ellas. Salivilla, según las teorías que entendía de don Eliseo Reclús, procuraba también que en el trayecto hubiese pozos, ríos, y todo lo que facilitase el condumio y diario sustento, considerando que el hombre y los animales se mueven sobre la superficie de la terrestre, y, por lo tanto, han de elegir aquellas partes que mejor se presten a facilitar sus sustento y su apoyo, e, igualmente, la transición o paso por la superficie del planeta.

Nerdo discutía apasionado sobre el simbolismo de la llama y de la lámpara. Estaba calvo. Con una calva a lo San Pedro, ornada con dos grandes matas de pelo rizado y gris a los lados de la cabeza. Tenía barba cerrada y en ondas finas. Apasionado de la mística heterodoxa y de la poesía simbólica de contenidos eroticomísticos.

Sudaba y decía que la llama simbolizaba el falo y que la lámpara a la vulva de la mujer. Eso entendieron Fárica y Mondraga, que ni eran letrados y versados en empingorotadas conclusiones. Iba cansado, en trance casi.

Camarga, el guía de aquella variopinta y extraña partida de aventureros que huían disfrazados de arrieros y con catorce mulas, se reía de las consideraciones simbolicoeróticas. Aquí conviene tener en cuenta que lo de guía está dicho en el sentido de responsable y servidor de todos. Difícilmente creíble en estos tiempos enojosos de líderes.

A lo lejos se recortaba la sierra por la se sumergirían y tratarían de disimular su existencia, pues de eso se versaba, de disimular que se estaba en el mundo, y se era arriero, que es una manera donosa de eliminarse, de decirse que no se es, ya que a ellos a estos trajineros no les interesaba existir en aquel tiempo. Como ese deseo que se tiene algunas veces en la vida del tierra trágame, en el que no se quiere desaparecer; pero sí que te ignoren o que no aparezcas para tu oponente, o para alguno que tu presencia y existencia sea molesta. Tratar de pasar desapercibido mientras duraba aquello. Esperar noticias de los demás y, si todo sucedía y quedaban indemnes, tratar de reconstruir la vida cotidiana hasta otra próxima ocasión, que no llegará nunca. Aquel territorio que serpeaban con la caravana estaba poco poblado y era ideal para sus pretensiones, salvo complicaciones diversas, aparte de la amenaza que les pendía damoclinianamente.

Era atardecido, aunque quedaba un buen rato de sol. No pararían hasta estar al pie, en las faldas de alguna de aquellas sierras boscosas de olivos, encinas, carrascos y jaras. La estación primaveral iniciada y el afán mayor, por aquello de que la sangre alteraba.

Camarga creía firmemente en la inteligencia. Lo que se llamaba mal no era sino falta de talentos, torpeza. Si él hacía mal o se lo hacía a sí mismo, siempre se lo explicaba, suficientemente, por su torpeza o la de los otros. A mayor inteligencia, mayor bondad y viceversa. Desconfiaba de los tontos y de los listillos, como el que iba con ellos, formando parte del grupo, un tal Mondraga, descargador de muelle. Sí, el suyo no era un pensamiento corriente en aquellos calamitosos tiempos. La calamidad había llegado por la inmensa falta de inteligencia con que los hombres se habían portado en los siglos últimos. Una falta de inteligencia, una estulticia, que en nombre de agibílibus de listillos científicos y tontos de solemnidad; pero con las bendiciones universitarias e institucionales, habían pretendido usar a la naturaleza, llegando a abusar de la misma, como de una puta, o bien intentaron dominar las mentes, sentimientos, moral y gustos de los demás hombres y mujeres, cosa, por otra parte, nada raro en la trayectoria de la humanidad. Sólo que esa vez se pretendió a través de medios comunicativos e informativos presuntos, decían. Fue un mal sueño de la tecnología aplicada que intentó chulearlo todo.

Mondraga había dado indicios de su tontuna, de su insólita torpeza. Pero cuando lo habían anejado al grupo por algún valor sería. No en vano. Algo secreto debería tener el tal Mondraga para el colectivo. Algún valor heroico. No lo había descubierto aún.

Se llamaba así, Camarga, por el continuo estado atrabiliario, de la desazón y amargor en que vivía. Su angustia no lo dejaba tranquilo, y la crítica contra todo lo establecido continua y sin pausa. Vivía soltero porque era inaguantable su trato en ese aspecto, ya que no había dado con la mujer adecuada que nadara en aquel proceloso mar de su mal humor de continuo, de su vituperación desaforada contra el Todo y la Nada. O, tal vez, no existía mujer que se atreviera a vivir en aquel filo de navaja, porque no es que fuese un amargado y vencido malhumorado, sino que pretendía vivir despierto y siendo él mismo, en afirmación contra agresiones del entorno, que no era precisamente Jauja. No hay fémina que tal aguante. Según informes, tienden a lo seguro, lo poco complicado, al conformismo con lo que se establece o domina. Pero eso no debe ser muy cierto, ya que existen hembras en lucha y con espíritu crítico. En fin, en una época d tanta borreguería, de tanto amén a todo, buscar cada uno su rincón más surtido, en esta cárcel, poco se puede pedir, pensaba Camarga, mientras el sol se ocultaba en una larga despedida. En el crepúsculo andarían un trecho más, buscando, ya, el lugar de la noche y el sueño.

A la derecha aparecieron unos paredones entre olivos. Se fue a ver, mientras los demás avanzaban por la vereda.

Los llamó. Volvieron y decidieron quedarse allí para pernoctar así. Había un pozo y algunos montones de paja en un cobertizo, que se ubicaba entre las paredes. Un lugar casi ideal en comparación con los aposentos pésimos al aire libre que les había tocado desde la primera noche de la huida. El destino de los que andan por los caminos nuevos. Los que más cierto tienen que lo que parece, o es, una tragedia, puede ser salvación. Así aquellas ruinas.

Acamparon, descargando con mejor maña que el primer día, las mulas. Tomaron sus precauciones y encendieron un cauto fuego, para no llamar la atención a los alrededores, en la oscuridad de la noche. Fuego sin apenas llamas. Lo que en clave de Nerdo significaría un fuego sin apenas falo, o con el falo fláccido.

La salvaguarda del grupo consistía en cumplir adecuadamente su papel de arrieros. No sólo parecerlos, sino llegar a una unión mística con el espíritu de los que marchan por las rutas llevando mercancías en las mulas, Mercurio protegería, si es que podía servir ese deseo mitológico de la protección del señor de los caminos. Sólo así podrían disimular y parecer lo que no eran. En el momento que se entendiera que todo resultaba un carnaval, una comedia, estaban perdidos, no tendrían escapatoria y caerían en las peligrosas fauces. Durante el sueño uno de ellos montaría guardia; pero con tanta atención como el más afamado trujimán de los caminos, en celo por sus mercancías y enseres vitales. De eso se trataba.

Antes del sueño acostumbraban departir en amigable charla alrededor de las brasas contenidas del hogar al aire abierto. Contaban historias dispares de huidas y encuentros fatales, según las entendederas de cada cual. Que si la huida a Egipto como la más famosa. Gente normal, de las que se pueden encontrar en la cotidianidad; pero debido al estado excitado y anormal en que se encontraban, sus historias eran desmadradas y salidas de todo lo tonos.

Camarga hizo unas consideraciones acerca de lo que les traería el día venidero como proyecto. Se trataba de cruzar aquella sierra y salir a un valle. Allá esperarían lo mejor, o, tal vez, comunicados de lo que deberían hacer o recorrer. En el mejor de los casos la orden de dejarlo todo, irse cada uno a su casa y proseguir con su rutina de vida. Con esto, con otros tiquismiquis y pijoterías propias del caso, se pasó a conversaciones más lúdicas. Camarga, según hacía todas las noches, se apartaba lejos del grupo para buscar la soledad y lo oscuro nocturno. Y no precisamente para hacer necesidades fisiológicas suponibles, sino para meditar acerca de lo ocurrido, y esperar una iluminación de sus luces, y también por propia forma de ser y estar en la vida. Tal vez sería mejor sospechar algo terrible, que quedará desvelado en su momento.

Por ahora se dirá que una vez alejado de la candela, sin llamas apenas que penetraran el aire de la noche, Camarga distinguió, en la oscuridad, algo similar a pequeñas lucecitas que brillaban. Cierto fue que, al acercarse, se tranquilizó, viendo que eran luciérnagas u otros animalillos fosforescentes. Lo que percibió luego no eran esas inofensivas criaturas, pues rezongaban y medraban como perros contenidos. Y adivinó muchos. Tranquilamente se fue hacia el campamento y, sujetando su estado de angustia y ansiedad, no les dijo nada, limitándose a ordenar que aquella noche, y en contra del uso, se avivara la llama del fuego. Cosa con la que Nerdo estuvo gozoso. Pese a querer pasar inadvertido en su susto, se percataron de su estado y pensaron lo peor. Pero ya se dijo que convenía disimular, no darse por enterados del peligro, aunque fuese inminente, como parecía que esta vez lo era. Estaba ahí, rodeando los paredones y el campo abierto del lugar de la acampada, poniéndole puertas. Con sus ojos brillantes que miraban, tratando de ser luciérnagas entre la floresta, y con la amenaza contenida del rezongar de sus fauces. Y eran muchos. Ninguno fue tan incauto como para escrutar la oscuridad. Lo que la casualidad d de la curiosidad le hubiese deparado a Camarga bastaba y sobraba para que todos se diesen por enterados de la amenaza, de la inminencia que se les cernía nocturna.

Seguidamente se pusieron en corro, tomando como centro la fogata avivada, y comenzaron a contar historias del infierno y otros lugares montaraces. Nerdo lo llenaba todo de simbolismos en su, ya cansante monomanía mística y erótica. Pero el acecho de los ojos en la oscuridad estaba allí. Rodeados en sus angustias nocturnas. Los gruñidos de las desconocidas bestias eran audibles a medida que pasaba el tiempo. Ya alguna sombra se entrevió cruzar. Eran perros los amenazantes. Camarga se atrevió a coger un palo en ascuas y llamas, adentrándose un poco en la oscuridad, voceando. Ciertamente se trataba de canes cimarrones los que acechaban y merodeaban. Sabido esto les bajó la inmensa tensión nerviosa que les acometía. Si eran perros no había peligro, o el riesgo estaba salvado. No se encontraban en lo peor, como creyeron y temieron ya. Había esperanza. Todos se armaron de candelas y teas ardientes y vocearon, blandiéndolas hacia la oscuridad, de donde salieron ladridos ahogados y carreras asustadas de los cánidos. Según se adivinaba, se trató de una partida de perros salvajes, escapados, posiblemente de sus amos, que suelen ser peligrosos para los hombres. Después de la batida para asustarlos, se reunieron en el centro del campamento, trayendo las mulas cerca del fuego, ya que podían atacarlas. Los animales estaban inquietos y con los ojos desorbitados de pánico y las orejas en punta.

Como el cuidado no era mayor decidieron descansar algo, ya que la noche anterior la pasaron casi en vela. A la media hora todo estaba en calma y sólo el chisporroteo de lo que arde sonaba en la inmensa soledad de la noche. Montaría la primera guardia Camarga.

Cuando todos durmieron, Camarga cogió un tizón ardiendo, en formas de tea y se adentró en la oscuridad que rodeaba la acampada. Se sentía llamado por algo o alguien, eso creía. Cuando estaba ya a un trecho de los otros la lumbre que llevaba perdió vitalidad y se apagó. Se encontró en medio de la noche y solo. No sentía miedo, sino ansiedad por saber lo que ocurriría con aquella especie de llamada que había sentido. Desde donde estaba podía ver el resplandor del campamento, los bultos de sus compañeros y las mulas. Todo eso entre los árboles que le separaban.

Oyó ruido a sus espaldas y, al volverse, sintió que algo pesado se abalanzaba sobre él y se echaba sobre sus hombros. Se encogió al sentir un aliento violento en su cuello. Eran unas fauces que querían coger presa. Sin soltar la astilla apagada, se volvió sin distinguir a sus enemigo claro. Trató de girar, dando mandobles con el palo, a fin de ponerse mirando a la tenue luz del campamento, para ver si recortaba la silueta del adversario. No lo consiguió, y éste se le avanzó a la cintura, agarrándole con sus dos patas fuertes. Nuevamente sintió el vaho de la fiera sobre su cara y su cuello. Sin soltar la estaca y cogiéndola con las dos manos, la interpuso entre él y el animal, a fin de que sus posibles dentelladas no le hirieran, y haciendo una esfuerzo supremo por desasirse de sus manazas, que le atenazaban en feroz abrazo. Lo consiguió. Y, al hacerlo, pudo intentar clavar la tea apagada en el cuerpo del atacante, que lanzó un gruñido no identificable con animal conocido. Inmediatamente corrió hacia uno de los árboles que vislumbró, más por el instinto que por la certeza, en aquella noche oscura. Intentó treparlo y lo consiguió; pero cuando estaba casi encaramado en una de las primeras ramas, sintió aferrarse una de las zarpas a la pierna derecha. Soportó un fuerte tirón que le trajo un agudo dolor en la rodilla, y que se le corrió a la cadera. Golpeando con el palo consiguió desasirse de la garra que le atenazó la pierna.

El resto de la noche lo pasó subido en aquella encina, evitando los intentos del animal que quería subir a exterminarlo. En los interregnos de la lucha, Camarga, hombre culto y teólogo, se acordó de Jacob y su pelea nocturna con el ángel, y de su cojera posterior.

Cuando alborearon las primeras luces se imaginó que podría distinguir las facetas aparienciales de su agresor. Pero no resultó así, pues no dejó que las primeras claridades llenaran el aire, cuando, lanzando un aullido entre lastimero y de desespero, cesó en sus embestidas estériles.

Divisándose ya el clarear del sol en levante, distinguiéndose las formas, bajó de la encina, preparado a un posible ataque. Llegó rápido al campamento y avivó el fuego, que casi estaba apagado. No despertó a nadie, pues todos dormían en las mejores de las placenteras maneras. Se recostó en unos aparejos y trató de descansar un rato, aunque fuese media hora, el tiempo que tardaría en rotundar el sol en pleno cielo.

Hacía rato que había amanecido, tal vez dos horas, cuando Nerdo abrió un ojo y luego el otro, saludando de esta simbólica forma al presente día. Se levantó y, sorprendido al ver a Camarga recostado en los fardos, los demás durmiendo, se fue a atender a las mulas, que debían comer algo para la jornada, dura, de la etapa. Avivó el fuego y se alucinó, por un momento, pensando que la tierra en la que reposaba la fogata era la tierra madre, ese principio femenino y sustentador de la alocada llama. que alegre retozaba encima de ella, etérea, como el sol, otro símbolo de lo macho, que asomaba rotundo por detrás de la sierra. Según esto, caminaban a oriente, que Nerdo identifica con lo masculino, con la luz de la llama, con lo solar, con el falo sagrado.

Nerdo pensaba, a veces, que era el extraño personaje, víctima de una confabulación que pretendía hacerlo sufrir, para finalmente desecharlo, matándolo. E ese sentido simbólico se identificaba con la humanidad sufriente y perseguida. Mito que vive era el suyo. Insoportable y de mucho dolor ese pensamiento. Él lo llevaba armado de valor y aferrándose a la mística y al erotismo simbólico. Sólo así podría aguantar los embites, como todos los elegidos que han sido sobre la faz de la tierra. Si no hubiese habido elegidos los hombres no existirían. Por supuesto que daba por sentado que en su actualidad vivían. Hace días, cavilando por esos caminos con las mulas, que dan que meditar, desde donde se podían fraguar diversas teorías filosóficas, vitales y morales, algo así como un pensamiento de los caminos, pensamiento errante: Bien, pues le vino a la mente una frase, que no sabe si era suya o la había leído en alguna remota época y la recordó: Cada pájaro vuela en busca de su jaula. Esta es la frase que le impactó. En el sentido popular y erótico todos sabemos lo que es el pájaro. También pájaro puede referirse a hombre, en el sentido metafórico nítido, y jaula a mujer, y a su sexo. En descifrar ese enigma lleva unos días. Sus conclusiones son terribles. En definitiva, también el pájaro hace un camino. es un arriero más que va hacia algo, hacia alguien. Y, planteándose su situación, en la huida con aquel grupo, haciéndose trajinero de caminos, ¿hacia dónde iba?, ¿a qué jaula o ataúd de la vida se dirigían? Pero mientras estaba el vuelo, el recorrer los caminos terráqueos, el ir de acá para allá. Finalmente somos lo que somos y no lo que aparentamos ser, que es una mera cubierta simbólica: arrieros somos. Ergo, para que el símbolo tenga su valor hay que encarnarlo, hay que sufrirlo, padecerlo, se tiene que estar en él. Se sentía como un pájaro que volaba a su jaula también, perseguido por no se sabe quien ni como. A veces se le ocurría que los que le acompañaban estaban confabulados contra él. Que Camarga era un criminal que encontraría la ocasión para degollarlo, sin dejarle arribar, en su vuelo místico, a la jaula que le esperaba amorosa, sino precipitándolo en la mortal. Salivilla los perdía en su deambular por todo aquel territorio, resguardado en su saber como guía, en su enciclopedismo geográfico. Realmente, creía él, los estaba embruteciendo en el peregrinaje sin fin, en un vuelo por mapas que retrasaban la llegada a la jaula, como se retrasó cuarenta años cierto peregrinaje de un pueblo en pos de su jaula prometida. Marcarse una jaula a la que volar condicionaba el vuelo, y, en ese sentido, sí convenía no saber a donde iban, a que jaula se encaminaban. Envidiaba a Fárica, en su iletrada simpleza, en su ubicación en el mundo tal cual, sin otras interpretaciones. Lo que nos complica la vida es la interpretación de las cosas, el vislumbre de sus simbolismos posibles, sus analogías. Si tenía un sólo reloj sabía de cierto la hora; pero si disponía de dos o más, ya dudaba de la hora exacta.

En esta, todos se habían levantado y preparaban la caravana para la marcha, después de un desayuno que, si no era opíparo, sí era suficiente para andar unos kilómetros, alcanzar el corazón de la sierra, haciendo el resto del recorrido, hasta el valle, en la segunda parte del día.

Antes Camarga trató la ruta con Salivilla, que estuvo un rato consultando los mapas, oteando el horizonte y columbrando la ubicación en el área geográfica. Todo estaba muy bien. Las coordenadas perfectas en latitud y longitud.

Una vez cargadas las bestias, puestos sus aparejos en los lugares correspondientes, enjaezadas todas, se inició la caminata por la misma vereda que traían el día anterior.

Fárica era un raro espécimen. Provenía de un apartado lugar, en una región boscosa y húmeda, cercano al mar. Allá las pocas gentes que lo habitaban eran muy supersticiosas. A su padre no lo conoció, y era en lo único que tenía gran diferencia con el resto de sus compañeros. La madre fue moza de servicio en una casa principal del lugar. De un conde o de un duque, a algo así, que no se está para mala sangre azul ahora. Se vislumbró que algún ricacho noble se prendó de las beldades de la moza y preñola con sus arrumacos y retozos, en sus gozos, de resultas de lo cual vino al mundo nuestro Fárica, que al nacer lo hizo de pie y sin llorar, según cuenta la buena mujer que presenció el parto de la moza de servicio. Creció rollizo y sano en sabiduría elemental y en cuerpo. Más de la primera que de lo segundo, pues era menguado de estatura y de cuerpo enteco al crecer, lo que no fue obstáculo para que sedujera a una hermosa damita morena, contrayendo nupcias. Todavía ocurren esas cosas. Hombre triste las más de las veces desde entonces; pero su tristeza era sosiego, porque era natural y justa, y es lo que debe haber en el alma cuando piensa que existe y las manos hacen todo sin que ella se dé cuenta. Tenía Fárica un sentido último e íntimo de las cosas, del universo. Desde su aldea, de la que prácticamente no salió nunca, sino fue esta vez para corretear el mundo con aquella caravana arriera, a fin de salvarse, veía cuanto del cosmos se puede contemplar desde la Tierra. Por eso era su aldea tan grande como cualquier otra tierra, porque Fárica era del tamaño de lo que veía, y no del tamaño de su estatura. En las ciudades la vida era más pequeña que en su casa, en lo alto de un otero. En la ciudad, las casas grandes encerraban bajo llave a la mirada, escondían el horizonte, empujaban la mirada lejos de todo el cielo, vuelven pequeños porque quitan lo que pueden dar los ojos, y empobrecen porque la única riqueza es ver, creía Fárica. Lo que veía de las cosas, eso eran las cosas. Lo esencial es saber ver, saber ver sin estar pensando, saber ver cuando se ve, no pensar cuando se ve, no ver cuando se piensa. Pese a todo esto, Fárica no siempre era igual en lo que se dice o se escribe, o se lee. Cambia, aunque no mucho. Entendía que había que ser uno y plural como el Universo. De ojos azules y rubio. Fárica era de los más disciplinados en las tareas de llevar y cargar, descargar a las muelas. De los pocos que sabía su manejo, ya que había trabajado de pastor de ovejas, aunque no anduvo con bestias de carga. Vio hacerlo, y sabía ver.

Antes de iniciar la marcha, Camarga quiso decir algunas consideraciones sobre la ruta del día. Al llegar a la cumbre de la sierra verían al otro lado un valle. Si, por mala suerte o por el destino, aparecía el peligro, la solución era bien sencilla: volver atrás con las bestias. Y si el peligro estaba rápido o era inminente, si la tierra no los tragaba, correr solos. Todos se estremecieron ante esa eventualidad. Camarga suponía que en aquel valle, tras la sierra se encontrarían con otros venidos de diversos sitios y que también estaban amenazados. Según entendía Salivilla el lugar de destino constituía un punto que neutralizaba asechanzas, o, al menos, en toda su extensión, eran menos peligrosas para los que en él vivían.

En cierta manera una bestia de carga simbolizaba a cada uno de ellos. Era Nerdo. Adivinable. Sí, condenados a cargar con el miedo, la preocupación, los cuidados, el disimulo por los caminos.

Así que, escuchado Camarga en sus considerandos, partieron a buen paso, pues el día estaba entrado y convenía aprovechar la jornada y adelantar hacia un mejor resguardo, tal como se anunciaba aquel valle. Pie tras pie, pata tras pata se fue enfilando el andar hacia lo alto de la sierra, para intentar bajarla hacia el valle.

Explicar como personas corrientes y molientes habían llegado al arrierismo, permítase la expresión como palabra procedente de arriero, es sumamente sencillo y al propio tiempo complejo.

Cierto que todos estaban iniciados en el conocimiento de la amenaza que les pesaba en vida, allá donde estuvieran, que serían perseguidos y deberían huir.

Camarga, por ejemplo, conocedor de esta condición, se dedicaba a explicar en sus clases, como profesor, en aquella mediana ciudad provinciana y tranquila del sur. Vivía holgadamente y cómodo. Sus vacaciones veraniegas periódicas, sus caprichos y manías se desarrollaban normalmente. Cierto día, en clase, exponiendo un complejo problema de álgebra, le dio un vuelco el corazón. Existía un bosquecillo de eucaliptos en la parte trasera del edificio, como a unos doscientos metros. Mientras enunciaba, miraba por la ventana su evasión de tímido, no mirar a los alumnos hacia los árboles. Entre lo explicado y lo que miraba hubo entonces un colapso y se quedó callado, con la tiza en la mano, fijó la vista entre la floresta de eucaliptos. Sí, se movían las altas copas de parte de ellos, como si alguien o algo poderoso los atravesara, como si un viento o una pléyade de gentes poderosas los transitara. Salió rápido del aula al pasillo. En este las ventanas daban a la parte delantera y carecían de rejas. Abrió los cristales y saltó fuera. Corrió a la verja de salida. Cogió su auto y lo enfiló en dirección cortaría. Llegado a la casa de aquel agricultor le compró las dos mulas, con todos sus arreos, y le regaló el coche. Escapó de la población por la parte opuesta al bosquecillo de eucaliptos, por un camino irrelevante, a la búsqueda de los que huyen. Esa fue la manera de unirse a los otros en la fila de muleros, en aquellos seres tirados por los caminos, sendas, carreteras de la vida, sus vidas.

Otro, como Fárica, se levantó con la sensación de huir, de tener que irse de donde siempre vivió, de tener que escapar de un terrible persecución que, desde siempre, sabía que le amenazaba. Entendió bien y le pidió las mulas a su suegro, que no le discutió el préstamo y uso de los animales. Estaba claro, con alguien que huye no se puede ser insolidario, no se puede negar nada. El que se va porque peligra es como el condenado a muerte, al que no se le puede negar la última voluntad. Vio el suegro, su esposa llorosa estaba al lado, como, cuando la mañana de aquel día subía, Fárica dejaba sus lugar ante la inminencia del acoso. Iba buscando a los demás, en traje de camino, con las reglas propias del trajín, para escapar a la destrucción por el disimulo, tal y como habían sido las instrucciones para esos casos. No podía discutirlas ni ponerlas en duda, pues eran la realidad que veía. Comprobar si le mentían podía ser un peligro. Era un peligro. Al caer la tarde comprobó, desde varios kilómetros lejanos, como entraban en el pueblo, desde un prominencia que oteaba su natal residencia. Volvió la cabeza y aguijó la bestia para apresurarse en el encuentro y aventajar en la fuga.

Se encontraron en la bifurcación del camino que traían con otro y un tercero, que tomaron. Mondraga estaba en un lamentable estado sobre la cabalgadura. Medio desnudo. Tuvo que darle un pantalón de lona y un abrigo de los mismo para que se adecentara. Le contó su peripecia, no menos insólita que la de todos los demás. Resulta que, días antes de columbrar la amenaza, conoció a una jovencita en edad de merecer. Eran de esos tipos que tienen la perspicacia para adivinar el estado en se hallan algunas mujeres, para abusar y gozar sus cuerpos descaradamente. Una especie de burlador, de don Juan barato de barrio o pueblo grande. Es el segundo que nos encontramos en este mundo. No son muchos a tenor de los que hay fuera. Aquella jovencita estaba apesadumbrada. Se hallaban en una reunión. Se acercó, hasta que fue trabando conversación, intimando. Era su presa. Efectivamente, amoríos traía la ninfa. Habíase dejado con un novio, compañero o lo que fuese. Y estaba que no vivía. Sabido es, y Mondraga estaba puesto en el asunto, que cuando eso ocurre, la mujer en cuestión desea estar con otro hombre, que bien la monte, aplicando ese dicho estúpido de que la mancha de una mora con otra verde se quita. Así que insistió en escucharla y atendió espacialmente a que se alegrase y olvidara, en lo festivo, aquella tristura de la ruptura de un amor, esa amargura extraña y lejana que trae el cerciorarse como todo termina. Pero la vida sigue, y allí estaba él, trataba de convencer a la joven. Mondraga era tipo que no hacía ascos a ninguna mujer. A todas las festejaba por igual y todas le perecían divinas. En esto era admirable como juez. Y no e que aquella fuese fea, no. Sí tenía poca estatura; pero proporcionada. Se dejaban adivinar unas piernas y unos muslos más bien gordezuelos. Bueno, que se vaya al meollo de la cuestión. El asunto es que la acompañó a su casa. Tuvo que recurrir a la vieja y falaz artimaña de recordarle que, si lo rechazaba, tal vez se arrepentiría en su vejez de aquella posible noche de amor que despreció, y que no recuperaría. Es esa maña machista tremenda para engatusar a las féminas y a los efebos, y que pocas desenmascaran y descubren, o no les interesa hacerlo, tal vez, para su posible gozo, no creíble en gentes que usan esos trucos tan soeces, jugando con el chantaje del futuro, la vejez y la muerte, frente a su oferta posible de regodeo y revolcón momentáneos. Más vale pájaro en jaula...

Así, Mondraga hubo de escapar, al amanecer y en paños menores, de la casa, ante la amenaza que tomaba el portal de edificio donde estaba el piso. La explicación de como se apoderó de los animales de carga que traía es misterio tan liviano que todavía no se desentrañó.

Salivilla fue desde pequeño un fanático de los mapas, planos y de todo lo que desempeñara la función de representar superficies planas o accidentales a escala. Porque hay que tener en cuenta que un mapa no es el territorio. Participó alguna vez en el loco proyecto de hacer un mapa como el mundo. No salió jamás adelante esa misión, como otras exageradas acciones de los hombres.

Aquella mañana disfrutaba paseando la vista, que hacía partícipe a todo su cuerpo, con una nueva publicación cartográfica de la comarca en la que vivía. Era un trabajo de representación militar, detallado: pozos, refugios naturales, accidentes mínimos, fuentes, manantiales, arbolado y floresta menuda estaba allí representado al buen lector de aquellas delicias, de aquellas maravillas. Cuando estaba más ensimismado lo vio sobre a mesa, acercarse desde las minas próximas a la población en la que vivía. Porque Salivilla tenía la extraña manía de ver lo que ocurría en un territorio mirando el mapa que lo representaba. Era una especie de bola mágica de cristal para sus poco comunes cualidades. Esto no le ocurría siempre; pero viendo mapa o plano adivinaba los hechos futuros que ocurrirían en los mismos, o creía adivinarlos, lo que era puesto en cuestión por las personas razonables, como es natural a estas alturas de la historia y de la geografía de los hombres, descreídos de todo lo que no guíe el interés razonable.

Vio a Nerdo que corría por una calle, habiendo salido de una librería de viejo, donde buscaba un antiguo tratado de mística erótica oriental. Salivilla también adivinó que el peligro se cernía sobre ellos. Raudo plegó el mapa y, cogiendo un maletín con otros muchos, se apresuró a llegar hacia donde se dirigía Nerdo. Una vez los dos, juntos y disfrazados, pusieron rumbo al sur con sus nobles acompañantes irracionales y cargados. Se salvaron gracias a su visión sobre el mapa, que quedó quemado por donde el mal se presentó. Poco le importaba ya a él si no lo creían. Hecha la recua y consultado Salivilla sobre el camino a seguir, según su buena estrella, se pusieron en marcha. Hasta hoy.

Ya se encaramaba el camino en lo alto de la sierra. En la hora de mediodía se estaba. Llegados al alto, divisado el valle con su río, acordaron descansar un rato y tomar un respiro antes de descender a la llanura salvadora y segura, que eso leía en ele mapa, eso lo que veía con su extraño poder de vidente y geógrafo, que todo era uno y lo mismo.

Pasado el río, estaría la población que desde aquel alto no divisaban, y les parecía raro, extraño. Sin embargo sí vieron un globo posarse a lo lejos. Se miraron. No, aquello no despertaba sospechas del peligro. Tomaron un tentempié y prosiguieron. Camarga abría el paso y en pos suyo se precipitaba todo lo demás: bestias, personas y el trajineo. Llegados abajo, y consultado Salivilla sobre la ruta, se optó por ir hacia la derecha, por una senda rodeada de árboles, que se iba desviando ligeramente a la izquierda, hasta ponerlos en la recta dirección donde debería estar el lugar de la cita en aquellos días y con las demás gentes que escapaban, que emigraban de la destrucción, con el lugar del supuesto amor y camaradería, la solidaridad ante el peligro.

Cierto goce comenzó a inundar sus cuerpos y algunas imaginaciones fecundas sus mentes. Aquel día les pareció mejor que otros y nada, o poco, les intranquilizaba. Se dice poco porque no era posible evitar ese regusto amargo del fugitivo, aún mucho tiempo después de que lo haya dejado de ser. Un estado así, sufrido por cualquier persona, marca de por vida y aun en muerte pone su implacable sello. Si no que se lo digan a las almas en pena, que los demás creen que persiguen a los vivos, cuando no hacen otra cosa que huir. No, el sello del que huye, del huidizo, del temeroso del mal, no se borra fácilmente, ni se le exorciza con liviandad. Marca absoluto y en todo el ser, en el alma y en el cuerpo. No olvidar jamás. Esas consideraciones no las tenían ellos entonces. Marchaban por una agradable llanura de sembrados. Los pájaros levantaban sus vuelos imprevistos y todo sonreía, de momento.

Durante el trayecto no habían sufrido peligros mayores de los que tenían en verdad, sólo los riesgos propios del peregrino, del romero que va por caminos nuevos, sin otra prisa y sin precio. Expuestos a la intemperie y sus múltiples habitantes, al albur de lo que corretea aquí y allá, y eso, para ellos, no era temor o cuidado, porque lo peor, lo terrible siempre los superaba.

Alguno oyó un lejano toque de campana. Dio aviso y consultaron. Salivilla sacó el mapa y buscó la posición, después entró en trance visionario y se rió de lo que su mente zahorí elucubró en el futuro. Tranquilizó a todos, menos al que era imposible hacerlo, a la mente más tozudamente racional: Camarga. Pese a ello ordenó continuar hacia la población registrada en el mapa, siguiendo las instrucciones dadas. Salivilla se permitió canturrear una alegre copla, que Camarga calló destemplado, aunque seguía el ritmo mental.

De pronto, sobre sus cabezas, volaron tres cigüeñas que colmaron la alegría. Nerdo lo interpretó como el mensaje de las aves. Lo romanos leían el futuro en sus vuelos, un mensaje que significaba que volvían a nacer, pues las voladoras iban en dirección a donde ellos se dirigían, con augurio claro de nacimiento, anuncio y parabienes. No cabía duda, salvo que la amenaza de lo peor las hubiese espantado y estuviera pisándole los talones a ellos. Su corazón se lo diría, y, por el momento, palpitaba con normalidad, sus respiración era acompasada.

Andaron toda la tarde en dirección al vuelo de las cigüeñas y, a medida que pasaba el tiempo, nada de interés encontraron, salvo unos cuervos volando en contraria dirección. El sol estaba ya tras la sierra medio oculto, la luz del atardecido era tenue y grisverdosa, por la vegetación y los árboles. Poco a poco el crepúsculo fue oscureciéndose, acabándose. Así como las esperanzas de encontrar casas y poblado. La desesperación cundió entre ellos. Sólo Camarga conservaba el temple que un auténtico héroe debe tener en estos trances, y daba ánimos a los enloquecidos seudoarrieros.

Cierto es que, cuando se tocan los fondos del infiernos, es cuando, a veces, se comienza a retomar altura hasta los cielos, hasta el empíreo feliz, o, al menos, seguro.

Cuando los ojos buscaban en la noche, se alzaron los fulgores de las luces del lugar, de las ventanas y puertas iluminadas, el resplandor en contraste con el negro cielo de la noche, toda la luminosidad de la población.

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