IV AXIS MUNDI (ESPECULATIONES)

La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio.
SAINT-EXUPÈRY

El Mitra y La Cañon sabían que, de momento, los tres grupos no corrían peligro. No cabía cuidado, ya que todo estaba bajo control. Habían dado el aviso de ataque a tiempo y avistado la arremetida de efectos destructores para los elementos de aquella asociación.

Ellos, como oteadores de peligros, oráculos de calamidades, centinelas de persecuciones, habían cumplido, sabia y eficazmente, con su deber. Situados en la atalaya de la vida, vieron venir de lejos los peligros de muerte, la garra fiera del depredador. Para eso alertaron y no fallaron, una vez más.

Aunque cierto es que, en el momento del ataque, La Cañon yacía con su amante en el camastro, y El Mitra andaba cogiendo orégano en la sierra. Pero esos estados en que se encontraban lodos fueron proverbiales para olfatear el peligro. En el trance orgásmico lo evidenció, y El Mitra lo adivinó en pleno campo abierto, ya que allí se encontraba con los sentidos avizores. Porque nunca se sabe cual es el mejor estado para vigilar peligros de esta índole. Y no podían, pese a su delicada misión de vigilantes, abdicar de la vida cotidiana y sus goces.

La Cañon era señora casada con señor que carecía de reaños para darle todo lo que pedía y más. Así que se buscó un amante montaraz y corajudo. Mujer de bandera donde las hubiere, aunque fuese en silla de ruedas desde joven por una parálisis en las piernas. Cosa de la mala atención médica de su infancia y del país. Pero el destino escribe con renglones torcidos. Y, sino, que se lo dijeran a ella, la más realizada de las mujeres.

Estaba entrada en carnes, de pelo rizado y negro, ojos inteligentes facciones de hembra placentera. Desde los dieciséis años había sabido de su misión como vigilanta, como aventadora del peligro que se podía cernir sobre los demás.

El Mitra, llamado así porque desde pequeño pronunciaba mal la palabra metralla, diciendo mitralla, se quedó con las dos primeras sílabas de nombre. Aunque Nerdo lo quisiera identificar con esa especie de dios de la mitología oriental, contemporáneo del cristianismo primitivo. Y no le faltaba parte de razón por su testuz de toro, su mirada bovina y su enorme fuerza, amén de su vista profunda, tan profunda que veía tan lejos que el futuro avistaba, siendo. Así, zahorí: se le dedicó a otear en todos los horizontes de la existencia el peligro posible para los miembros de la asociación, si es que lo de ellos se podía llamar así.

La Cañon era mujer creyente, supersticiosa y muy religiosa. Con esto se quiere decir que el mundo y los seres que lo pueblan se rigen por una serie de reglas y leyes íntimamente unidas y que se manifiestan en lo sagrado. Lo existente no sólo es lo que lo que hay en el momento de hablar, sino también el pasado y el futuro. Tenía una extraña teoría sobre sus vidas anteriores, aunque nadie le creyó jamás. No decimos esto en pasado porque La Cañon haya muerto: ella afirmaba ser inmortal, pese a su invalidez, o por ella.

Sabía de la existencia de centenares de personas que sufren, casi siempre con angustia, en convencimiento de ser víctimas de las más audaces confabulaciones. Que acuden con insistencia a periódicos, asociaciones humanitarias, instituciones y a todo ser humano que se les ponga a tiro y sea de su confianza, en busca de alguien que les crea y auxilie en la soledad heroica de su batalla contra ellos. Los estudiosos al uso y que no se contemplan en esta historia suelen llamar a esto como enajenación con delirios de grandeza, que la mayoría de los afectados no acepta nunca. Muchos pueden llevar una vida normal y tener unas relaciones afectivas y sociales comunes, separadas de la esfera privada, en la que libran una guerra incansable, siempre secreta y solitaria, contra sus enemigos. Esto lo sabía muy bien La Cañon, por lo que debería discernir entre esa gente que se presumen víctimas de persecuciones por seres incontrolados o por individuos que les odian. Pero había otras que eran realmente víctimas de una amenaza. Para ellos era para los que había que vigilar siempre. Especialmente están amenazados los que en el futuro puedan causar problemas, o que no gusten por su manera de pensar. En ella estaba el salvarlos siempre. Jamás falló. La inválida y El Mitra formaban el eje de este mundo, el centro sobre el que pivotaba aquella asociación o lo que fuese. Axis mundi. Lugar de enfrentamientos de contrarios. Parte más alta de la nave de la vida en su singladura, desde donde se ve todo, y se husmea el peligro.

En el momento que el ataque se inició se juntaron para perfilar las fugas e instruir a los que huían, a fin de que llegaran a la salvación, al despiste, o que la propia amenaza cesara, con visos de total seguridad. Así que se trasladaron al lugar desconocido, en el que establecían el cuartel general. Desde allí se moverían para intervenir, justamente lo necesario y permitido. Ellos no corrían peligro bajo el enemigo, estaban inmunizados.

Como La Cañon era mujer necesitada de varón diariamente, y de varias tomas (y dacas), se olvidó del amante que cumplía, por no poder cargar con él en esta delicada misión, tomando a El Mitra por su macho pirulo. Este aceptó gustoso, ya que no le era fácil arrimarse fémina a la ingle, tal como estaba él y a como estaban en aquellos tiempos. . Ya se debe saber que con amor todo se ejecuta más perfecto y la conjunción de una pareja es mejor y más eficiente.

El traslado a la ciudad elegida como centro de operaciones lo hicieron en el auto de él. Instalados, trataban de captar a los demás, a los fugitivos. Ya que en ellos, en La Cañon y El Mitra, estaba el pivote, el centro espiritual de aquella trinidad de grupos huidos. Eje del mundo que semejaba una rueda. Mientras más lejano de ese centro, más movimientos en sus giros, y a más movimiento, más desgaste y menos vida. Eran el motor inmóvil aristotélico, el fiel de la balanza, el eje de la tijera o el centro imaginario sobre el que los pétalos de la rosa se envuelven, abrazando un imposible.

Habían elegido aquella ciudad porque era un gozne sobre el que giraba un territorio. Ombligo de su mundo y de aquella tierra, a trescientos kilómetros alrededor.

Se dijo que El Mitra llevaba un tiempo sin allegarse a hembra. Las causas no se saben; pero se puede imaginar si se da la pista de que las espantaba su descomunal carajo a la hora de entrar en ellas, de abrazarlo. Eso entusiasmaría a otras; pero entre las ninfas abundan de todos los gustos, y el pobre hombre había dado con las de gusto por pijas exiguas. La Cañon gustaba de buenos bastones en que retozar. Tal vez llenaba el deseo de tener unas piernas fuertes, que le faltaban para andar. Eso nunca se sabrá, salvo que los sicólogos elucubren con los gustos de esa mujer. Fue tal la afición que se cogieron al instalarse en el palacete, que se olvidaron para todo lo que estaban en el mundo. Olvidaron a los fugitivos y su tutela. Sólo se veían a ellos y a su anhelo de fornicio. Cosa que acontece a casi todo ser humano una vez, al manos, en su vida. El olvido de sí, la alienación del deseo carnal.

Así como dos meses duró ese estado. Tiempo suficiente para que El Mitra se quitara las telarañas mentales de su ser, un retraído por su abstinencia forzada. La Cañon se había encontrado en todos los paraísos, de todas las culturas, podría decirse, tras ese tiempo con aquel garañón bravo. No entendía la estrechez de otras mujeres, ni comprendía la pérdida de lo que El Mitra les ofrecía. Bien es cierto que quedó un tanto derrengada tras esos días de himeneo fogoso.

Cuando tomaron cierta conciencia de la realidad, tuvo El Mitra una visión de un globo que volaba, de un grupo de arrieros que s intrincaba por una sierra y de cuatro pirados que comían bocadillos en un automóvil. Eran ellos y estaban vivos. No había más cuidado.

Se extrañaba El Mitra de su pérdida de la consciencia por el sexo. Él, que se blasonaba de un permanente despierto, un decadente, porque ser decadente era ser un consciente total, ya que la inconsciencia es el fundamento de la vida. Si sus riñones pudiesen pensar y conocerse, ser lo que se dice conscientes, se pararía y moriría. Le aterrorizaba un poco haber sido inconsciente. En este caso hubiesen muerto otros que necesitaban vivir para huir. Porque los muertos no huyen. Que la vida siguiera con esos componentes de los tres grupos de fugitivos dependía de él, su responsabilidad todopoderosa, como la de un dios mitológico que protege al héroe que busca la patria y a su familia, perseguido por miles de amenazas, al albur de cualquier enemigo. El hombre oscila entre la destrucción y la mitología. Todo puede ser analógico en un momento. Él y La Cañon tenían la obligación de estar en el fiel de la oscilación y avisar y proteger de la destrucción, a costa de acrecentar la mitología en los héroes que huyen sufriendo peripecias y sufriendo trabajos inenarrables.

Fuera llovía tenuamente y La Cañon también se dolió de ser tan irresponsable, de dejarse arrebatar tan carnalmente por la vida. No era aquella lluvia una casualidad, era una aviso. Todo estaba escrito, como se había repetido siempre. Las casualidades no existen, lo que no negaba la libertad de los hechos. Aquella lluvia resultaba un aviso para el amor, para la solidaridad a la que estaban obligados. Si se olvidaban del mundo, posiblemente el mundo dejaría de existir para los que huían. Una fuerte lluvia como aquella fue un aviso, ahora, de que existía otra realidad aparte de la realidad del sexo que le sucedía a ella, que le arrebataba y que le había dado una fuerza de seducción para los varones, imposibilitada como estaba, que no tenían otras mujeres bellas y completas a primera vista. Poseía un secreto. Consistía en haber acumulado, desde pequeña, suficiente energía vital como para utilizarla, chupando la voluntad y el deseo de los otros. Es lo que se llama mujer de carácter y convicción, que ella explicaba, un poco, como un arte de brujería y posesión. Como un vampirismo que no chupa sangre, sino otras energías vitales de índole sicológica. Cierto es que el hombre que ella deseara quedaba prendido en su tela de araña, la que labraba con sus miradas, pues eran, y son los ojos, la puerta del espíritu. Si el espíritu de un hombre entraba por aquellas puertas de par en par que era su mirada, en el cuerpo entraría por otra más celada y oculta, que era ciega. Porque en estos casos el cuerpo y el espíritu están en íntima conexión, en mutua dependencia. Si el espíritu ata al cuerpo en una pasión, es más difícil de desligar que si el cuerpo trata de arrastrar al espíritu. Lo había intentado muchas veces. Bueno, no tantas. Seducir a un ciego le había resultado muy duro. Y todo porque su mirada no había podido penetrar la del que no la tiene. Y no es porque los ciegos sean desconfiados, como dicen, sino porque el acceso a su espíritu sólo puede hacerse a ciegas y por los otros sentidos, cuyos mecanismos de seducción desconocemos.

Calmó a un perro que la atacó en la calle con una mirada, cuando era niña todavía. Estrenaba una de sus primeras silla de ruedas, comprada con unos dineros sacados de una rifa benéfica. El chucho se volvió tan dócil que estuvo varios días a la puerta de su casa, hasta que el dueño, que lo buscaba, lo encontró y se lo llevó. Varias veces se escapó, el animal, para irse con su enamorada muchacha de la sillas de ruedas, que lo amansó con la mirada.

Tenía, La Cañon, una visión de la vida, del mundo y de los otros, muy religiosa, en su sentido de profundo religamiento, de unión de todo. De las conexiones extrañas y profundas de unas cosas con otras. Y esto fue lo que determinó su dedicación o selección para prevenir y proteger a los perseguidos, como una gran madre que ampara a los hijos, o una gallina que acoge bajo ella a los tiernos polluelos que huyen de un susto o del gato.

Tras un largo tiempo de amor, se entendía el mundo más vacío y amargo, más gris. También influía aquella lluvia que le había recordado lo que llaman realidad, y su obligación de protectora de fugitivos.

Inmediatamente escribieron las cartas que debían de llegar a los que escapaban del enemigo, dándoles instrucciones precisas para resguardar sus vidas, para protegerlas del ataque. Así lo hicieron y enviaron para que llegasen cuanto antes a los huidos, Los citaban en aquel lugar, donde estaban a buen recaudo, en aquel castillo interior, seguro y fuerte en su simbolismo, a donde jamás llegaría adversario externo; aunque no estaba protegido para enemigo interno, esto es, de ellos mismos como bifrontes personalidades: unas en pro y otras en contra, una que se regenera, otra degenerante. Las cartas llegaron a sus destinos oportunamente.

El Mitra elaboró una circular que debía enviar a los tres grupos, en la que daba cuenta, con pormenores, de las causas posibles de la persecución del enemigo. Aunque aquello parecía un preámbulo seudofilosófico, o una guía de timoratos perplejos. Las razones que el rival tenía para odiarlos, amenazarlos y destruirlos. Nunca llegó a los demás.

Existían personas que eran especialmente perseguidas y odiadas a muerte, por estas razones generales:
Ser críticos del sistema dominante
Ser muy inteligentes y notarse
Enfrentarse a algún preboste de los que mandan
Destacarse en alguna habilidad
Parecerse a alguien odiado
Ir a la raíz de los asuntos, esto es, ser radicales
Ser rebeldes
Ser contestatarios
Ser consecuentes
Ser fugitivos
Ser y no estar
Ser y no tener

Aunque había otras muchas otras. Especialmente hacía una larga reflexión sobre la persecución a muerte, siempre, por ser inteligentes. Era de las más peligrosas e inocentes maneras de morir a manos de un contrincante. De ahí el famoso dicho de que la inteligencia sólo granjea desdichas, o de que a mayor cacumen, mayor desamparo. Como se puede ver, el rumbo del mundo, de las cosas, de la administración, apropiación y reparto d lo necesario estaba llevada a cabo por gentes de mollera estúpida, pero que se cuidaban muy bien de disimularlo, haciéndose creer lo contrario. Y esta es una de las razones por la que es un valle de lágrimas y existen multitud de injusticias, sinrazones y tonterías institucionalizadas, desde que el hombre es hombre. Porque los tontos se han hecho siempre con el santo y la limosna, de ahí las guerras desastrosas y continuas, la utilización de los supuestos avances científicos en perjuicio de la humanidad (armas, agresiones a la naturaleza para consecución de mero lucro con las armas, etc.). Porque para ser inteligentes hay que ser buenos, y viceversa. No es admisible un malo inteligente, en todo caso es lo que se llama un listo. Su torpeza está patente en el mal que ocasiona. Cuando en una sociedad nace alguien inteligente, lo muestra con sus buenas obras, con sus ideas supremas, y se erige en una denuncia d los tontos que tienen la sartén por el mango, en todos los órdenes de la vida. Y se unen todos contra él, se confabulan para eliminarlo con la andorga llena o cualquier otra entretenimiento; pero si eso falla se mostrarán cada vez más en contra del genio, hasta llegar a su crucifixión. Está así explicado uno de los hechos periódicos que acaecen en todas las sociedades, culturas y religiones. De ahí la fuerza de atracción que tiene la teoría de los crucificados, por su verdad incuestionable y patente.

En este desarrollo de exposición de razones de odios del enemigo, El Mitra se dejaba llevar por el entusiasmo y la pasión, a pesar de que yacer con La Cañon había atenuado sus ánimos en contra de los perseguidores de toda laya y tontuna. Pues sabido es que al no tener un desahogo sexual normalizado, y recurrir al onanismo (kantiano) cotidiano, muchos varones montan en cólera sin razones que les motiven y suelen arremeter contra molinos de viento, que ni son molinos ni gigantes, ni siquiera gatos titánicos de papel. Teniendo un poco en cuenta ese carácter de El Mitra, se han leído sus opiniones. Lo que no quiere decir que pierdan un punto de su verdad más íntegra y sincera. Sabido es que un grano puede cambiar toda una serie de planteamientos filosóficos.

Seguía diciendo, nuestro hombre, que a los tontos se les conoce a pesar del ropaje y ampulosidad con que se revisten. Una de las líneas maestras para desenmascararlos es la de que la mayoría piensa en tener más que en ser. Porque los tontos no son nada, de ahí que también se les apele como cabezas huecas o rellenas de serrín, trapo o aire. Son conscientes de su nada, que suplen con el tener: tener dinero, queridas, fincas, automóviles, bolígrafos de oro o títulos universitarios ( que en otras épocas se llamaban nobiliarios). Así que todo el que ansíe tener, como obsesión, es sospechoso de debilidad mental. Otras de las características menores es su cinismo congénito y su afición a las vulvas femeninas, con la misma entrega y dedicación a como los cerdos gustan de hozar en el barro, y no es que se compare a las mujeres con el cieno, sino que son ellos, los hozadores, quienes las confunden e identifican, rebajan y vejan a esa materia vil, tomada en ese sentido; aunque muchas de ellas lo hacen gozosas. La valoración de la fuerza y de la violencia institucionalizada y reglada es patrimonio de los torpes, por otro nombre llamados estadistas o funcionarios políticos.

No sería conveniente reproducir otras opiniones de El Mitra en ese sentido. Llenas de acritud y de lectura chirriosa, tiene una profunda fe en la inteligencia y en la habilidad, y eso es, evidentemente, una rareza en el pensamiento que se conoce. Entendiendo la inteligencia como todo aquello que mejora la condición del hombre. Claro que peca de una ingenuidad sin límites, que se autocritica. No se olvide que la estupidez humana no tiene limitación ni frontera, mientras que a la inteligencia la persiguen y delimitan. No existe ningún crucificado estúpido, los tontos no son peligrosos para ellos mismos.

Enumera también sinónimos de las palabras estupidez o imbecilidad, las que más males causan. Pero no los estúpidos e imbéciles reconocidos y marginados, sino los enmascarados. Entre otras, destacan: autoridad, ley, poder, mando, gobierno, jefe, policía y otros vocablos de similar catadura. Curiosa sinonimia, que hace chirriar cabezas que se ofenden.

De esta forma fue desarrollando su escrito para consuelo y explicación de los perseguidos, engrosándose hasta formar un voluminoso tomo de cuadernos, que era donde escribía aquellas conclusiones o pensamientos, llenos de vida y fogosidad, de arrebato, vehemencia y ardor. Toda una guía de cuitados y despavoridos, que son los que tienen la inteligencia

En otros lugares se mencionarán o entresacarán pensamientos de estos tratados sobre la persecución, que El Mitra fraguó tras los días de amor con La Cañon. De entre su farfolla siempre es aprovechable algo. Que estas reflexiones llegaran a los grupos que huían es difícil de creer, ya que su consuelo no se notaba. Por alguna dificultad, o porque, a última hora, El Mitra hubiese deseado no hacerlas públicas, tal vez porque requerían una sistematización y un orden, una tranquilidad que no tenía, desasosegado por salvar a todos de la amenaza. Antes le llamaba la práctica que la teoría. La práctica del débil. Y aquí conviene entresacar otro de los pensamientos. El débil, para sobrevivir, ha de agudizar su inteligencia, para protegerse de los fuertes y torpes.

Así que estaban a la espera de los tres grupos, una vez avisados, en aquel palacete modernista que La Cañon había heredado, de extraña manera y más peliaguda explicación, de un ricacho de la ciudad. Allí habían vivido sus días de amoríos y en él estaban. Había sido construido a finales del siglo pasado, a tenor con el estilo en que se encuadra. tenía treinta habitaciones de invitados, amplias estancias, cocinas salas de reuniones, una hermosa escalera con parapeto en hierro forjado, un torreón desde el que se oteaba el horizonte, por ver si asomaba algún fugitivo entre el trajín ciudadano. Un hermoso jardín rodeaba la casa por dos de sus fachadas, que daban a las calles principales. Rodeado de altas rejas, preciosamente labradas. Destacaban en el jardín, aparte de las rosas, un enorme pino de una rara especie, de hojas como agujas muy pequeñas; y una palmera vieja y acogedora de cientos de pajarillos en todas las estaciones del año; pero que en primavera estaban especialmente ruidosos a ciertas horas del día. Años después alguien la mandó cortar porque no soportaba ese guirigay de las aves.

De esta forma se había dispuesto aquel lugar como refugio reconfortable de los peregrinos. Al mismo tiempo disponía de una trampa para el enemigo, que atraparía en una de sus más secretas habitaciones, que El Mitra y La Cañon habían preparado parsimoniosamente, entendiendo que la mejor defensa es una ataque, y que la mejor forma de terminar con la amenaza es reducirla, apresarla y encerrarla en aquella habitación, en aquel reducto exclusivo donde el enemigo no tendría escapatoria, condenado a estar del otro lado para siempre, reduplicación eterna y contraria al perseguido, negro frente al blanco, oscuridad frente a luz, imagen frente a realidad. Era la mejor trampa que jamás defensor alguno había ideado.

Pasaron los días y nadie llamaba a las puertas. El Mitra recorría la ciudad buscando la casualidad de un encuentro, una mirada, algo que los diese a conocer, porque su adivinación le aseguraba que seguían vivos y en marcha. De esta manera había tenido ocasión de conocer las bellezas de aquella población, sus monumentos inenarrables. Paseó por todos los canales de la zona inundada, que le recordó su viaje veneciano, en el pasado.

Preocupado, llegaba al atardecer y subía al torreón, donde La Cañon fisgoneaba el cielo con unos prismáticos, desde su silla de ruedas. Y nada. La desesperación, por una parte, y aquel ocio de los días, los llevaba a refocilar en la inmensa terraza terminal de la torre o mirador. Hasta que acababan derrengados, la silla de ruedas por una lado, La Cañon tirada y gozosa, El Mitra desnudo y ahíto. Se reponían y bajaban a cenar.

Para subvenir toda aquella operación tenían un dinero procedente de una herencia de un gran perseguido, que consiguió hacer fortuna por pura casualidad. Conviene que se diga esto para no reparar en gastos. De esta manera se cree que el poder del dinero explicará los sucesos imposibles que acaecen en las vidas de los que huyen y de sus protectores. Incluso hechos que parecen ocurrir por extraños juegos de magia, escrituras que desaparecen, imaginaciones imposibles, falta de verosimilitud. El dinero todo lo puede, ya se sabe. Sobre todo en una sociedad como esta o como aquella. Mucho puede el dinero, mucho se le ha de amar, que dicen.

Ya se dijo que pasaban los días pesados y no llagaba nadie al refugio. Estaban lentos y temerosos los huidos. Hubo muchas falsas alarmas y se llegó a confundir a un mendigo pedigüeño con Camarga, cuando aquel llamó a la puerta pidiendo dádivas. Otra vez fue el panadero el trabucado, cuando golpeó la puerta de servicio una mañana temprano, cosa que solía hacer todas las mañanas, por otra parte.

Sobresalto tras sobresalto terminó por hacer que se hastiaran de la espera y sus desvelos. Que llegaran cuando quisieran o pudieran, determinaron los dos al unísono. No irían en su búsqueda, que ya eran mayorcitos para llegar allí. Tomado ese acuerdo de despreocupación, se dedicaron a sus cosas más apetecibles. El Mitra fue a ver cine aquella tarde, y La Cañon a elaborar su trabajo sobre las creencias populares acerca de la salud y la enfermedad, tras el acopio de algunos testimonios e gentes de la ciudad.

Habían llamado a la puerta. No era un deseo de ella. Si una certeza acústica. Giró la silla de ruedas y la dirigió, con habilidad, al inmenso salón, al que daba el vestíbulo de entrada, donde se hallaba la grandiosa escalera, techado por una coloreada claraboya, larde de este tipo de construcciones. Rápida se deslizó al portal, llegando a la entrada. Se alzó, con dificultad, sobre su asiento con ruedas e intentó abrir. Tras un segundo intento lo consiguió. Tiró de la enorme hoja de la puerta y Caricato apareció ante ella. Tras él todos los demás del éxodo. Dio un suspiro de gozo y los hizo pasar dentro. Agusa, caballeroso, cerró la enorme puerta. Miraban todo en derredor, como extrañados de hallarse en una estancia tan acogedora y segura. Allí se encontraban a salvo. Les dijo que subieran y se instalaran en las habitaciones del pasillo de la derecha, que estaban perfectamente dispuestas y preparadas.

Sin mediar más palabras, los cuatro hombres subieron la escalera. Efectivamente, una hilera de puertas se les ofrecía. Eligió cada uno su habitación y entró, cerrando la puerta.

Aquello resultaba el propio hogar. Agusa buscó el cuarto de aseo. Metido hasta el cuello en el agua tibia, desnudo y jugueteando con los pies, pensaba con cierta incredulidad, en las penalidades pasadas. Relajado, salió del baño, dejando un reguero de líquido tras sí. Buscó alguna bebida. En un refrigerador había cerveza fresca, y, en un mueble, todo tipo de besbistrajes alcohólicos, sino era exagerado, al menos suficiente para alegrarse, que lo necesitaba bastante. Se rascó la barba y bebió de un trago casi tres cuartos del medio litro del botellín de cerveza.

Telesforo se recortaba las greñas. Su estuche abierto sobre la estantería. Desnudo, los pelos le caían por el pecho hasta los pies. A continuación sacó la navaja barbera, tras enjabonarse la cara malbarbada que tenía.

Saxolfeo, tumbado en la enorme cama, ataviada con los primores más exquisitos, tocaba una alegre melodía, procurando hacerlo sotto voce, no fuera que molestase a la anfitriona.

Caricato no tuvo paciencia ni contención. Luego de despelotarse, transido de emoción, infló la muñeca, tan suya, hablándole mientras se dirigía la ducha a quitarse todos los sinsabores de fugitivo que tenía pegados a la piel. Ella lo miraba sin pestañear. Entonces tuvo una corazonada y fue a la puerta, sujetándose el miembro, que, al correr, se bamboleaba, lo que molesta mucho. Cerró por dentro y tiró un beso y un guiño a la linda plastificada, que permanecía fría e impasible.

Hechas las honras musicales al refugio, Saxolfeo dejó el acordeón sobre la cama y puso su radio en funcionamiento, tras coger una bolsa de patatas fritas, que mordisqueaba. Fue entonces cuando llamaron a la puerta. Abrió y era El Mitra. Que no saliera de allí, salvo que le avisaran. Y se fue. Se asomó al pasillo, y comprobó que avisaba a todos con lo mismo. Bajo ninguna excusa, y ocurriera lo que ocurriese, debían salir de la habitación. Le extrañó un poco. Claro, que bien mirado, el enemigo no había cesado en sus ataques.

Le gustaría tener allí a su mujer. Bañado, afeitado y oliendo primorosamente, tranquilo y feliz, con varias cervezas trasegadas, se podía, incluso, desear a aquella mujer con la que estaba casado.

Puso la televisión, y rayos, truenos y centellas con chinos corriendo por todas partes aparecieron en la pantalla. Cambió de canal y acertó dos preguntas del concurso. El fútbol local no le gustaba y probó con una cuarta emisora. Perfecto, la música le venía bienbien tras tanta huida. Era una fuga de alguien que no era Bach. Eso creía, aunque le hubiera gustado preguntárselo a Saxolfeo.

Desde el ventanal lo vio posarse sobre el inmenso patio. Era enorme y redondo. En el principio temió lo peor. Se fue a la puerta del gran espacio abierto y esperó la llamada. Tras un rato la golpearon. Afanasol y su caterva gozaron con su vista. Rápido les animó a desmontar aquel artefacto, para mayor seguridad y tranquilidad. El Mitra encendió las luces del enorme patio trasero que aquella casa tenía, y Afanasol dirigió la operación. Todos funcionaron raudos y eficaces. De manera que, a la media hora, el globo estaba desmontado y desinflado en uno de los rincones del gran recinto. Seguidamente entraron todos tras El Mitra. Subieron la escalera. Les fueron señaladas las habitaciones del pasillo de la izquierda. Afanasol quiso que le trajeran libros, si no los había en as estancias. Siguió a El Mitra a la biblioteca. Cogió todos los que quiso, llevándoselos a su cuarto. El Mitra les recordó la obligación d no salir.

Zarrampla se consideraba atrapado. Habían caído en la más estúpida de las trampas. Descorazonado, no se le ocurrió otra cosa que derrumbarse en uno de los sillones y llorar su impotencia. Una encerrona terrible y apocalíptica. Los tenía prisionero para examinarlos a placer, después de torturas que le hacían temblar, entre el llanto, y se le ponían los pelos de punta.

El lloro lo relajó, atenuó la tensión en la que estaba todo el día. El miedo menguó y se calmó. Desde su asiento fue revisando, más que mirando, la habitación en donde estaba. Amplias y ricas cortinas cubrían un ventanal enfrente. Se levantó, las apartó y fuera estaba ya la noche. Se veía una de las calles principales a las que el edificio hacía esquina. Los autos pasaban, paraban, iban de acá para allá. Sus luces tenían algo mágico, como ya alguien ha dicho. A él no le gustaban los coches, Tal vez porque no los necesitaba vitalmente, o por su propensión a pensar que causan más perjuicios que beneficios generales. Había hecho concienzudos estudios que le ratificaban, del todo, esa manera de pensar. Predicador del apocalipsis, al fin y al cabo. Los veía como bestias perversas y que no dejaban de levantarle sospechas en cuanto a su intrínseca maldad. Echo las cortinas y se fue a lavar un poco la cara y las manos, más calmado por retomar su pensamiento de promover áreas de salvación contra diluvios, que fue lo último sobre lo que reflexionó como consuelo.

Baruch gozaba del lujo, porque lujo le parecía todo aquello tras estar colgado en el aire y volando de un lado para otro. Soltó su bastón en un rincón y se desnudó parsimoniosamente, tarareando una canción de la famosa película en la que un señor canta bajo un aguacero bastante considerable. Todo lo fue tirando en un butacón. Buscó unas zapatillas que tenía por la habitación, como si allí hubiese estado otra vez, incluso como si fuese su casa. Caso raro que se debe reflexionar. O, tal vez las atenciones de los acogedores guías y protectores, La Cañon y El Mitra, estaban en todo. Con sólo una camiseta se asomó a una de las ventanas. En la acera de enfrente pululaba el gentío que dejaba su trabajo o remataba las últimas compras. Sólo se fijaba en las mujeres. Todas le parecían hermosas, apetecibles. Más cuando hacía un largo tiempo que estaba en secano. Buscó en los bolsillos de la chaqueta su catalejos. Ávido miró el panorama, nocturno y callejero, que se le ofrecía. Los cuerpos vestidos los desnudaba imaginariamente y se regodeaba en ello. No pudo evitar excitarse y calmar sus ganas de la única y pobre manera con la que un macho puede hacerlo. Pero en defensa de esos momentos de deseo se ha de decir que más hermosura, más pureza destila un orgasmo de Baruch, que se masturba en la penumbra de aquella habitación, mirando a las mujeres, absolutas desconocidas, fantasmas fugaces y deseados, que pasean por la acera, entre luces de escaparate y prisas de anochecer. Más comprensión y grandeza que millones de parejas que se ayuntan genuflexas, sin morirse de sed, sin saña y sin temblor, sin cegar ni nacer: con una depravada pudicia. Su erotismo es igual que las encías de una viejo masticando papilla, chicle o engrudo. Frente a ellos, impostores, espúreos, blandos esclavos de la más tumefacta apostasía, Baruch se baña tras el goce momentáneo, como un niño.

Abrió la puerta el Mitra y entraron de fuera. La furgoneta estaba aparcada. Mientras, los otros esperarían allí, acompañó a Camarga para que la llevara al garaje. No podía quedar en la calle, no les haría ninguna falta, ni incluso para regalarla.

Volvieron y los hizo pasar para que saludaran a La Cañon, que estaba algo intranquila. Entraron en al salón done pasaba la mayor parte del día. Sólo Camarga expresó sus quejas por el mensaje llagado tarde y tan en última instancia, en el último momento. Le habló de su cojera y de la extraña manera de adquirirla. Que no se preocupara, aquello debía de enorgullecer a un héroe. En referencia a la señal imperecedera que en sus cuerpo quedaban de las luchas. Que mira como estaba ella: condenada a estar sentada todo el día, inválidas sus piernas, cuando era una mujer de acción y de ondear banderas al viento, frente al peligro. Pero son las penurias de una heroína, que ni medios tenía, en su físico, para correr, para huir del enemigo. Su huida era en la mente, en la mera abstracción, y ya sabían ellos que a una mujer no le interesan esas cosas: lo abstracto y el pensamiento.

Salivilla pidió un plano del palacete, que El Mitra le entregó, como preparado ex profeso. Nerdo preguntó por la figura geométrica que formaba la planta. Fárica y Mondraga se interesaron por la cena, ya que estaban en un hogar y podían recuperarse de las malas horas. Que una buena comida nocturna y un largo sueño paliarían. Que mañana será otro día.

Pasaron al ala baja de la casa, que situaba las habitaciones donde quedarían, que daban al jardín. En los cristales de cada ventanal, alto, había figuras dibujadas Eran personificaciones de las cuatro estaciones. Bellas y rubicundas ninfas sonrientes, ornadas por elementos propios de cada tiempo: flores, sol, frutos y nieve. Aquello quería decir algo, y ya lo pensaría. También lo rectangular de aquel cuarto tendría su sentido. No le gustaban las habitaciones con esa forma. Dimensiones de ataúd. Tenía sus razones para sospechar la existencia de un ritmo común lo llamaba así entre los ataúdes y aquella habitación, pese a ser alegre y clara, con el primor de la ornamentación modernista, tan engañosamente vitalista, tan consciente. Porque uno, cuando piensa en la luna, siente de inmediato una imagen de ella. Lo mismo ocurre cuando se ve algo. Al menos a él le pasaba en todos los órdenes de su conciencia y de sus horas. El mundo físico configuraba su mundo síquico. Claro que también ocurría a la inversa. Su mente espiritual se poblaba con símbolos del mundo material. En su simbolismo todo poseía significado, todo es manifiesta o secretamente intencional, todo deja huella que puede ser objeto de comprensión e interpretación. Claro que con esta forma de ver el mundo se podía acabar loco, majareta perdido. Pero el organismo es sabio, y tenía hambre.

Salivilla desplegó el plano. Admirable aquel palacete. Buscó su habitación y las de los otros. Su dedo recorrió el camino seguido hasta llegar allí. Venían escritos los nombres de las diversas dependencias. Menos de una. Le resultó raro el olvido por la esmerada elaboración que tenía el trabajo.

Tumbado en la cama, sin quitarse las botas que ensuciaban el sobrecama, Fárica permanecía en reflexión sobre los diversos y lejanos ruidos que venían de la calle. Motores de autos, pitidos, murmullos, rumor de la ciudad. Claro que todo esto le resultó llamativo cuando se encontró solo. Poco a poco entornó los ojos sobre los que caía la boina

Ni un consuelo ni una condecoración aquella cojera. Tal vez lo mejor que le pudo ocurrir, tal vez. Estaba tan cansado, tan vencido, que más que tener la sensación de hallarse a cubierto del enemigo, se sentía muerto y en alguna dependencia del más allá. Necesita dormir y soñar que vivía, que respiraba, que su cuerpo recobraba el brío de la juventud. Sus años dedicado al estudio, sus desvelos, preocupaciones, eran en esta hora nada, papel mojado que se lleva el viento. El cansancio le llevaba a reflexiones tremendas y derrotistas, que no le convenían en aquel estado.

Por la mañana, así como a las doce, Camarga, Caricato y Afanasol fueron llamados por El Mitra, que los llevó al salón donde habitualmente estaba La Cañon. Sentados todos, El Mitra explicó los trabajos y penurias realizados para salvarlos, los instrumentos y medios para avistar el ataque, el seguimiemto que habían hecho de sus huidas, de sus peligros. Escucharon las quejas de los que tenían la responsabilidad de los grupos de héroes. La tardanza en tener noticias, las angustias consecuentes que sumieron a todos.

Pero La Cañon no pareció dar importancia a aquello. No era una reunión para hacer un repaso de lo acaecido. Tenía otras nuevas más interesantes y vitales. Gracias a las argucias desplegadas por la supina inteligencia de El Mitra y su habilidad, amén de la confabulación del destino, el adversario había sido atrapado. Los tres se miraron asustados, incrédulos, pensaron en lo peor: que El Mitra y la inválida se habían pasado al otro lado. Que no podía ser así. Se equivocaban. LO tenían a buen recaudo en uno de los más grandes salones de la residencia. Y no había peligro ninguno ni había lugar a miedos. Si habían confiado en ellos hasta entonces no tenían motivo para sospechar ahora, una vez que estaban a salvo. Que tenían otra opción: largarse a corretear el mundo, cada grupo a su manera, y que, pasado un tiempo prudencial, soltarían al enemigo para que los siguiera persiguiendo, a fin de dar un sentido a sus huidas. Claro, que si les parecía bien.

Intervino Camarga, que quería verlo. Se animó Caricato, y luego Afanasol. Todo se andaría y la fiera les sería mostrada en su momento oportuno. Ahora se trataba de que tuvieran una comida de hermandad entre todos los héroes fugitivos que habían arribado a la casa. Durante ella explicarían lo que allí se había hablado. Pero sin alarmas infundadas ni miedos vanos, que contaban con ellos para que el pánico no cundiera entre los demás. La noticia era gozosa y de triunfo. No había cuidados. Claro que alguno de aquellos esforzados cofrades tenía sus sentimientos, y Zarrampla podía caer en un tremendo delirio. Convenía estar preparados. También la huida había configurado, en casi todos, ese sentido especial, esa necesidad que un fugado tiene de que alguien amenazante esté sobre él, pendiente de él. Se había establecido ese cariño contra natura, que, falto ya, podía hacer que algunos miembros no encontrasen el sentido de sus vidas, de las vidas de los demás, del mundo y de las cosas. Si perdían el horizonte estaban en un peligro. Claro que también existían héroes, de entre ellos, que pasarían a realizar otras cosas normales en sus vidas, considerando todo aquello como una fugaz y espejeante aventura, donde se jugó el todo y no ganó nada, sino que perdió el tiempo, ese enemigo inmortal e inatrapable. Caricato escribiría sus memorias o las crónicas de los sucesos.

Llegado el momento, pasaron al comedor, donde las viandas esperaban ser servidas. Fue entonces cuando El Mitra avisó e hizo reunirse a todos los escapados.

Cuando se corrió la noticia del cautiverio del enemigo no la creyeron. Hasta que La Cañon se fue encargando de convencer.

Aquel, el más terrible y temible mal, estaba a buen recaudo. Lo verían. Por primera vez sus ojos lo verían cara a cara, como nunca antes ocurrió. Y no morirían por eso. Que la forma de atraparlo había sido bien sencilla. Vino fácilmente, por su propia voluntad, a la trampa preparada. La propia pasión había provocado su encierro, su cautiverio. Un enemigo tan obcecado se volvió ciego, entró al trapo como el toro entra al engaño, y viceversa. Quedó atrapado. Por primera vez en la historia de las persecuciones, el perseguidor había sido atrapado en su ciega furia. No habría más temor y el desarrollo de sus vidas no tenía que estar en función de una persecución, en la fuga continua, en un continuo desasosiego. Ahora venía el reposo, la calma, el disfrute no permitido hasta aquí. Les costaría el cambio. Adaptarse a una normalidad que les resultaría sospechosa, lábil, enclenque. ¿No era todo aquello una trampa inmensa? Tal vez la victoria gloriosa del rival, del adversario. Que lleva el dolor inmenso del engaño más completo. Cómodo triunfo, conquista dada. Por el espacio volaba la sospecha.

La Cañon, en los últimos momentos de la comida, se puso solemne. Invitó al silencio, y en tono y formas poco coloquiales, se explayó:

Señores: verdad son las muchas penurias, los inigualables sinsabores y trabajos que se han tenido, que se han fraguado frente al enemigo común. Pero no en la lucha ni en le combate, sino en el correr delante de él, que es faena fatigosísima. Digna de héroes, de osados y valientes, de esforzados y animosos, de bravos y fuertes. Una hora sólo frente, o mejor, corriendo de la amenaza, iguala a los hechos de cualquier presunto valiente de a antigüedad clásica. No tiene punto de comparación, porque esta realidad es incuestionable.

Vosotros habéis vadeado ríos, corrido campos, franqueado fronteras, cruzado cielos, navegado aguas. Todo lo imaginable que alguien puede o debe transitar en una huida.

Es lógico, resulta comprensible vuestra incredulidad. Creéis que el adversario no ha doblado la cerviz dura. Os equivocáis, y mucho. Seguidamente os lo mostraremos en el lugar en que está a recaudo. No existe peligro, ya que el muro que lo separa de nosotros, la barrera que lo encierra al otro lado, la lisa pared finísima que lo encarcela es infranqueable, salvo por la imaginación o el milagrerío. Pero en la realidad no se puede hacer. Y me refiero a lo que se entiende como realidad de aquí para afuera, claro. Ni el más poderoso podría nunca. Ahora mismo os lo enseñaremos para que salgáis de dudas que ofenderían un poco a mí misma y a mi compañero, El Mitra, si no fuera porque somos comprensivos y tolerantes, sobre todo con vosotros, ínclitos héroes, al fin y al cabo.

Seguidamente los hizo poner en pie y los invitó a seguirla. Fueron por un largo pasillo hasta el final. El Mitra abrió una puerta cerrada con llave. Entró La Cañon y, poco a poco, fueron pasando todos los purificados en la fuga laberíntica, los que se batieron en abierta retirada y los que pasaron las aguas en peregrinación al séptimo cielo.

Era un amplio salón vacío y claro. En la pared del fondo había corrido un inmenso telón, tapando una enorme pantalla. La Cañon se fue a un rincón cercano de esa parte y cogió un cordel que apartaba el telón al jalar del mismo. A una llamada de atención y silencio, cuando más expectantes estaban, tiró la mujer, y el telón se apartó rápido. Ante ellos aparecieron sus imágenes reflejadas en un inmenso espejo que ocupaba toda la pared. Parecía un salón de ejercicios de baile. Caricato, Saxolfeo, Telesforo, Agusa, Pelandrusco, Baruch, Afanasol, Zarrampla, Golimbrón, Camarga, Salivilla, Nerdo, Mondraga, El Mitra y La Cañon se miraban en la superficie plana que los repetía en su juego de inversión total, adversos a ellos mismos. Pero aquello no era real, lo del lado de allá.

Aquí, en la otra parte, está el enemigo mirándonos frente a frente, a los ojos, certero –sentenció El Mitra, lapidario como un notario, veraz y firme.

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